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    22 de noviembre de 2014

CRÍTICA

Miguel Caballero Pérez: Las trece últimas horas en la vida de García Lorca

Miguel Caballero Pérez: Las trece últimas horas en la vida de García Lorca. Prólogo de Emilio Ruiz Borrachina. La Esfera de los Libros. Madrid, 2011. 226 páginas. 20 €

Miguel Caballero Pérez (Málaga, 1959) pertenece al Instituto de Estudios Históricos del Sur de Madrid Jiménez de Gregorio. No es esta la primera incursión de Caballero en el tema lorquiano, pero lleva camino de ser la definitiva. En portada se señala: “El informe que da respuesta a todas las incógnitas sobre la muerte del poeta: ¿quién ordenó su detención? ¿por qué le ejecutaron? ¿dónde está su cuerpo?” Y efectivamente es así. El asesinato de Federico García Lorca ha hecho correr ríos de tinta. Tanto Ruiz Borrachina, en su excelente prólogo, como el autor tienen palabras encomiásticas para la labor de Ian Gibson, con los antecedentes de Gerald Brenan, Agustín Piñón y Eduardo Molina Fajardo. Miguel Caballero y Pilar Góngora irrumpieron luego en el tema con La verdad sobre el asesinato de García Lorca. Historia de una familia (2007). La crítica que puede hacerse a la labor de Gibson es haberse fiado demasiado de los testimonios orales y de las entrevistas. Caballero, por el contrario, ha recopilado todos esos datos, pero, y ahí está la clave de su labor rigurosa, los ha contrastado con fuentes documentales irrefutables.


Tras el prólogo, Caballero da inicio a su labor con la “Introducción. Antecedentes de un asesinato” en la que aclara varios aspectos: Federico no fue un político partidista ni por ideología ni por acción. Fue, eso sí, amante de las libertades y afecto a la República. Las motivaciones del crimen no fueron totalmente políticas. Jugaron en el mismo un papel importante las rivalidades entre la familia de Lorca y las de otros dos clanes de terratenientes granadinos, los Roldán y los Alba, enfrentados por razones económicas relacionadas con la producción de azúcar de remolacha. Hubo contra Federico, naturalmente, acusaciones políticas, como haber sido secretario personal de Fernando de los Ríos. Y aspectos literarios que levantaron ampollas como el “Romance de la Guardia Civil Española” de su Romancero gitano y, sobre todo, la lectura, días antes del asesinato, de La casa de Bernarda Alba, especie de venganza contra la familia rival. Tanto Bernarda como Pepe el Romano se sintieron aludidos e intentaron, sin éxito, una rectificación. Toda la familia había sido puesta en entredicho. Cuando Bernarda dice a sus hijas: “siempre fuisteis mujeres ventaneras”, las está tildando de mujerzuelas: “Mujer en ventana, puta u holgazana” dice el refranero. También confluyeron rivalidades políticas entre la familia Lorca y los partidarios de la CEDA, como Ruiz Alonso.


Un primer capítulo, brevísimo, “Agosto de 1936” da paso al II, “El que ordena la detención” (Día 16 de agosto, antes de las 13.00 horas), en el que se analiza la actuación de Nicolás Velasco Simarro y de José Valdés Guzmán desde el Gobierno Civil de Granada. En el caso de estos dos personajes, al igual que sucederá con los que les siguen, Caballero nos ofrece una biografía detallada. El capítulo III, “Los que efectúan la detención” (Entre las 13.00 y las 13.30 horas del día 16 de agosto de 1936), añade al nombre bien conocido de Ramón Ruiz Alonso, los de Federico Martín Lagos y Juan Luis Trescastro Medina. Minuto a minuto, hora a hora, el autor va desgranando la trama del crimen. El IV nos habla del lugar donde tiene lugar la detención: “Casa de la familia Rosales. Calle Angulo número 1” (Sobre las 13.30 horas del día 16 de agosto de 1936), dando cuenta de la actuación de los cuatro miembros varones de la familia: José, Luis, Miguel y Gerardo. El V, “Los que se encontraban en el Gobierno Civil” (Día 16 de agosto de 1936), nos describe la composición del núcleo duro de la represión, instalado alrededor del comandante Valdés Guzmán: Julio Romero Funes, José Mingorance Jaraba, y los abogados hermanos Jiménez de Parga: José, Antonio y Manuel.


Hagamos aquí un inciso para reseñar que, como cuadernillo central, se ofrece al lector una importantísima documentación gráfica, iconografía fundamental para conocer a los dramatis personae de la tragedia. El poeta es sacado del Gobierno Civil y trasladado. El capítulo VI, “Los que le trasladan a Víznar" (Entre las 22.00 y las 22.30 horas del día 16 de agosto de 1936), nos da noticia de sus actores: Rafael Martínez Fajardo, Antonio González Villegas. El VII nos informa de aquellos que vieron a Federico horas antes de su fusilamiento: “Víznar” (Los que se encontraban en Víznar y vieron al poeta entre las 23.00 y las 23.30 horas del día 16 de agosto de 1936.) Testigos de su estancia fueron José María Nestares y Manuel José Martínez Bueso, cuyo papel de ejecutor es indiscutible. El VIII, “Los vigilantes exteriores de la Colonia” (Aproximadamente entre las 23.45 del día 16 de agosto y las 3.30 horas del día 17 de agosto de 1936.) La Colonia, antiguo molino harinero y más tarde lugar de veraneo de niñas granadinas, estaba vigilada por miembros de la Primera Bandera de Falange Española, al mando del capitán Nestares: Eduardo González Aureoles, Pedro Cuesta Hernández y José Jover Tripaldi. Y llegamos al trágico final IX, “Los ejecutores” (Antes de las 04.00 horas del día 17 de agosto de 1936.) El pelotón de fusilamiento estaba comandado por Mariano Ajenjo Moreno, sargento de la Guardia de Asalto, y de él formaban parte Antonio Benavides Benavides, autor del tiro en la cabeza de Federico, guardia de asalto habilitado tras su paso por Falange Española, Salvador Baro Leyva, del cuerpo de Vigilancia y Seguridad, Juan Jiménez Cascales, Fernando Correa Carrasco y Antonio Hernández Martín, también del mismo cuerpo, y el guardia civil Salvio Rodríguez García. Se ha señalado también como jefe de la escuadra de ejecutores a Antonio Ayllón Fernández, lo que no es cierto pues llegó al frente de Víznar el 26 de agosto.

Y llegamos al final X, “Posible lugar de ejecución y enterramiento” (Historia de una búsqueda en el Peñón Colorado.) Poco aporta este capítulo a lo ya descrito por Molina Fajardo. Hay unos pozos secos y un pequeño llano frente al cortijo de los Llanos de Corbera donde seguramente las ejecuciones se hacían a la luz de los faros de vehículos que habían transportado a las víctimas. Pero el lugar donde se encuentran los restos de Federico continúa siendo una incógnita. No lo es lo terrible de su asesinato. Parafraseando la cínica frase de Talleyrand tras el fusilamiento del duque D’Enghien: “Más que un crimen fue una torpeza.” Y terminar con otra frase, esta vez de Shakespeare: “El mal que hacen los hombres permanece y el bien se entierra a menudo con sus huesos.”


Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
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