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concebida por Klaus Michel Grüber

Estreno de la ópera [i]Elektra[/i]: noche de sangre en el Teatro Real

Por ALICIA HUERTA
La de anoche fue una velada de sangre en el escenario del madrileño teatro de ópera. Sangre derramada que clamaba venganza, lazos de sangre entre los protagonistas de la obra y sangre implorada como única vía de expiación y resurgimiento, de descanso. Pero hubo también sangre entre los espectadores, la suya propia, que se helaba sin remedio en los momentos más trágicos e intensos de una ópera que, a pesar de sus complicados inicios en 1909 con críticas que la tachaban de ruidosa e indecente y un público que salió del espectáculo, cuanto menos, aturdido, se incluye con asiduidad en los repertorios de los principales templos líricos del mundo. Y es de justicia que así sea, porque en la Elektra compuesta por Strauss, con libreto de Hugo von Hofmannsthal basado en la obra homónima de Sófocles, se encuentra lo grandioso de la tragedia clásica, lo monumental de una orquestación voluminosa en la que abunda la percusión y una letra inteligente colmada del dolor más lacerante que existe: el que se infligen entre sí los miembros de una misma familia.



En la producción presentada anoche en la capital se interpreta la partitura con la orquestación original, lo que ha obligado a “sacrificar” las dos primeras filas del patio de butacas para dar cabida en el foso a los 110 músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real, bajo la dirección de Semyon Bychkov, por primera vez en Madrid. Se trata probablemente de uno de los más grandes retos a los que se ha enfrentado la Orquesta Sinfónica de Madrid y del que claramente ha salido airosa, como ya nos anunciaba el prestigioso director de orquesta norteamericano de origen ruso, cuando explicaba días atrás los numerosos y exigentes ensayos a los que se habían estado sometiendo, “con el corazón y la cabeza”, durante las últimas cuatro semanas.

Pero, sin duda, las grandes triunfadoras de esta impactante velada han sido las dos voces femeninas protagonistas de la obra que encabezan el primer reparto. Elektra y Chrysothemis, o lo que es lo mismo, Christine Goerke y Manuela Uhl, se llevaban los “bravos” del público que había permanecido en vilo, completamente silencioso y transportado al epicentro de la brutal tragedia, y que después de dos horas y cincuenta minutos ininterrumpidos de espectacular belleza vocal e interpretativa, parecía reaccionar y aclamaba a una Elektra grandiosa. Aparecía completamente sola tras caer el telón, como la propia Elektra confesaba estar al principio del psicodrama, para cosechar el fruto de lo que había ido sembrando con su actuación continuada, sin abandonar la escena ni un segundo durante todo el transcurso de la obra. De la soprano norteamericana que debuta el papel de Elektra ya decía estos días el director artístico del Real, Gerard Mortier, que había constituido un gran descubrimiento y que se convertiría en una de las grandes Elektras de los próximos 15 años. Y ayer pudimos ver los primeros y seguros pasos de ese camino de expresividad llevada al límite.



Por su parte, la soprano alemana Manuela Uhl, en su también exigente papel de Chrysothemis, la hermana de Elektra que aún no ha perdido la esperanza y “prefiere morir a seguir viviendo sin vivir”, se llevaba asimismo las merecidas aclamaciones de “brava” que salían de las gargantas de los espectadores, a quienes la sangre ya se le empezaba a descongelar y corría de nuevo por las venas. Uhl, con un timbre exquisito y un fraseo impecable, ofrecía además una actuación actoral que superaba a la de la protagonista, a quien se podía ver, en alguna ocasión, demasiado errática en lo errático de su continuo vagar, sucia y envuelta en harapos, por el hermético escenario.

Junto al elenco femenino del primer reparto completado por la mezzosoprano Jane Henschel, potente en su papel de perversa Klytämnestra, destacó la interpretación del bajo-barítono Samuel Youn como el amado Orestes, reaparecido para ejecutar los planes de venganza que su hermana Elektra no ha dejado nunca de albergar, muerta en vida y enclaustrada en un palacio que la escenografía creada por el artista alemán Anselm Kiefer nos presenta como una colosal estructura con una inclinación del 5% que abarca la totalidad del estático escenario en cuatro alturas. En él predomina el blanco, un blanco sucio, rugoso, pesado como las emociones, los sueños y los pensamientos de los personajes allí encerrados y cuya inmutabilidad podría parecer, en principio, que en nada ayuda a la difícil interpretación del drama. Sin embargo, es precisamente ese inmutable contraste entre el interior que permanece oculto y el exterior, la parte menos noble, donde se desarrolla la acción y “reina” la perturbada Elektra, el que logra que todo lo que allí acaece nos llegue aún con mayor impacto, reconcentrado, sin necesidad de añadir ningún otro ingrediente a la intensidad de las salvajes emociones.


* Fotos de Javier del Real.

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