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Cristianos asesinados

Cada cinco minutos se asesina un cristiano en el mundo y la suerte de las comunidades de Oriente Medio no parece preocupar a los gobernantes de Europa y América, continentes cuyas Historias - quiérase o no- están unidas indisolublemente a la del cristianismo. El ciclo de revoluciones en países islámicos que estamos viviendo desde Túnez hasta Siria y Yemen plantea varios desafíos a la comunidad internacional y a los Gobiernos de esos países. Tras el optimismo de las primeras semanas, han ido creciendo la preocupación y la incertidumbre. Mientras la represión se mantiene en Siria, siguen sin estabilizarse las situaciones de Egipto, Túnez, Yemen y Bahrein. En Libia, los gadafistas agotan sus últimas municiones y el Consejo Nacional de Transición va gozando de reconocimientos internacionales. Las empresas reactivan sus planes de inversión y tratan de acomodarse a la nueva situación. La caída de gobernantes corruptos y de tiranos es, en principio, motivo de alegría pero no legitima a cualquiera que los suceda. La suerte de los cristianos es poco afortunada.

Por eso, uno de los criterios para valorar la legitimidad de los nuevos Gobiernos en países islámicos será el respeto de la libertad religiosa y, en especial, de los cristianos, que ahora son los más perseguidos. Es conocido -aunque no lo suficiente- el drama de las comunidades iraquíes, que van menguando y sólo se sostienen por la fuerza de la fe frente a los ataques terroristas y el hostigamiento de los islamistas. A ellos, la liberación que se pretendía en 2003 aún no les ha llegado. También los coptos de Egipto sufren amenazas y atentados por el solo hecho de la religión que profesan; la preocupación por su destino va creciendo día a día. En El Líbano, los cristianos se mantienen en un delicado equilibrio que depende más de la benevolencia de Hizbulá que de la firmeza de las instituciones. Cuando estas sociedades se deslizan hacia el islamismo, lo suelen pagar los judíos -si es que quedan- y los cristianos. Aún no se han borrado los terribles recuerdos de Argelia y los crímenes del GIA para albergar falsos optimismos.

La persecución a los cristianos no distingue entre chiíes y sunníes. Tómese el caso de Pakistán, donde cada cierto tiempo estallan oleadas de violencia, o el de Irán, que ha condenado a muerte a Yusef Nadarjani por el crimen imperdonable de haberse convertido al cristianismo y haberse hecho pastor de una iglesia. Las agresiones van desde la destrucción de templos hasta el asesinato de religiosos, catequistas y creyentes a quienes Occidente llora mucho pero no ayuda lo bastante. Nadie ha preguntado seriamente qué sucedería con los cristianos árabes en el Estado palestino cuyo reconocimiento pretende Mahmud Abbas en las Naciones Unidas. Si vemos el precedente de Gaza, el pronóstico es desolador: cada vez quedan menos cristianos allí. La falta de libertad religiosa impuesta por los islamistas aboca a las comunidades cristianas árabes a la desaparición incluso sin violencia. Basta dejarlas languidecer y morir: la violencia acelera el proceso pero no es su única causa. La emigración, el envejecimiento de los fieles y la falta de horizonte harán el resto. La libertad religiosa no comprende sólo el derecho a profesar una fe sino a predicarla, difundirla, transmitirla; es decir, todo eso que el islamismo impide hacer.

He aquí el desafío para Occidente y para el mundo islámico. Los Gobiernos que surjan de la llamada Primavera árabe deberán legitimarse siendo mejores que aquellos que los precedieron. Esto comprende el respeto, la aceptación y el aprecio de la diversidad humana y, en especial, de los cristianos que viven en cada país desde hace siglos. En algunos casos, las comunidades cristianas ya eran muy antiguas cuando advino el Islam. La Unión Europea, los Estados Unidos y, en general, lCas democracias deben exigir ese respeto, que no es una concesión de los Gobiernos sino un derecho humano que precede a la existencia de los Estados.

Algunos abogan por un Islam ilustrado o de las Luces. Sin duda, en el seno del pensamiento islámico existen profundos debates en torno al diálogo de la fe del Profeta con la modernidad, el Estado de Derecho y la libertad individual. Sin embargo, el tiempo pasa y las suertes de las comunidades cristianas de Oriente Medio no puede estar subordinado a la lentitud de ciertos cambios culturales. La libertad religiosa de los cristianos que viven en países de mayoría islámica deben estar garantizados por los Gobiernos nacionales y por la propia comunidad internacional.

El siglo XX ya vio la desaparición de comunidades judías que, como las de Irak y el Yemen, tenían dos milenios a sus espaldas. Apenas quedan más de una decena de judíos en Bagdad, que contó con una comunidad floreciente durante siglos. Podría decirse que eso se debió al nacimiento del Estado de Israel y las guerras libradas contra él, pero los ataques contra los judíos se remontan muy atrás en el tiempo. En el futuro, lo mismo podría decirse de los cristianos, que corren idéntico peligro.

Ojalá lo evitemos.
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