cabecera
    1 de agosto de 2014

CRÍTICA

Roberto Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía

Roberto Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía. Prólogo de J. A Masoliver Ródenas. Anagrama. Barcelona, 2011. 328 páginas. 19,50 €

Los lectores de Roberto Bolaño ya están acostumbrados a las publicaciones póstumas del autor, fallecido en 2003. Los sinsabores del verdadero policía, escrita durante quince años, se inscribe como la tercera novela que se edita después de la muerte del chileno. Notablemente más trabajada, acabada, que la anterior, El Tercer Reich, incluye material de libros como Estrella distante, Los detectives salvajes, Llamadas telefónicas y 2666. Más importante que determinar con exactitud de qué libros se recoge material para esta novela, es saber que estamos frente a una obra inacabada, pero no incompleta, como bien señala su prologuista. Todos los libros, en todos los géneros en los que trabajó Bolaño, son parte de una sola obra, de un solo proyecto, en el que los finales, las conclusiones, no importan, sino el desarrollo de una escritura, de una narración.

Toda su producción se asemeja a un vidrio o a un espejo destrozado en miles de pedazos y repartidos por diferentes territorios, que unen y separan, completan y deforman (forman) su trabajo. “La mirada desesperada de un detective / frente a un crepúsculo extraordinario”, escribe Bolaño en el poema “El trabajo”, incluido en La Universidad Desconocida. Aquellos versos son representativos. El mismo autor señala sobre Los sinsabores del verdadero policía: “El policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada”. Un detective, un policía desesperado, un lector descolocado. O uno de sus personajes, Amalfitano: un profesor de literatura con una juventud y adultez de escapes, exiliándose y saltando una y otra vez de un país a otro, que descubre tardíamente su homosexualidad. Así, el autor lo lleva otra vez a una marginalidad que se parece mucho a la clandestinidad. Amalfitano se enamora de uno de sus estudiantes y es expulsado de la Universidad de Barcelona. El alumno se llama Padilla, un joven poeta catalán, para quien las novelas son heterosexuales y la poesía homosexual. Esta distinción es quizás, otra vez, una manera de llevar al margen al género literario despreciado por el mercado, por la sociedad. La novela como un género muchas veces temeroso, políticamente correcto, legible. La poesía, la verdadera poesía, como una escritura que no admite concesiones, ilegible en algunos casos para el lector no atento, el laboratorio del lenguaje, como suele decirse.

El amor por la poesía, como en gran parte de la obra del autor en cuestión –formado literariamente como poeta-, reaparece otra vez, magistralmente. Tanto en el estilo de escritura como en las referencias, entrelazadas con la poca trama identificable o con la trama un poco más clara, si tomamos cada una de las partes del libro como un relato independiente. Padilla, por ejemplo, descubre que quiere ser poeta, además de actor, después de leer a Rimbaud y a Leopoldo María Panero. En cierto momento, saliendo del cine, le confiesa a su amante -Amalfitano- sus deseos de hacer una película titulada Leopardi, emulando la que hizo John Huston sobre el pintor Toulouse-Lautrec, reservando los papeles principales para diferentes escritores: el conde Monaldo Leopardi para Vargas Llosa; Paolina Leopardi para Blanca Andreu; Carlo Leopardi para Vila-Matas. De cardenales del Vaticano, “temblorosos latinistas, nefandos helenistas” actuarían Camilo José Cela y Juan Goytisolo. O en el capítulo “Notas de una clase de literatura contemporánea: el papel del poeta”, Bolaño juega otra vez con nuestro imaginario, apuntando con maestría: “El que mejor haría de gángster en Hollywood: Antonin Artaud. El que mejor haría de gángster en Nueva York: Kenneth Patchen. El que mejor haría de gángster en Hong-Kong: Robert Lowell (aplausos), Pere Gimferrer. El que mejor haría de gángster en Miami: Vicente Huidobro.”

La hija de Amalfitano se llama Rosa y también ama la poesía, la literatura o, quizás, está obligada a amarla. Su madre, una judía llamada Edith Lieberman, fallecida en Brasil, perdida en una fosa común de Río de Janeiro, le inculcó amor a los poetas franceses, específicamente a los de la antología Poètes maudits d'aujourd'hui (Poetas malditos de hoy): 1946-1970, de Pierre Seghers. “Un ramillete de suicidas y fracasados, de alcohólicos y enfermos mentales. Los poetas de su madre”, escribe un narrador no identificado. Rosa trae encima la vida de sus padres, por ende, la de una época. Acostumbrada al traslado de un país a otro, de una cultura a otra, viaja a la ciudad mexicana de Santa Teresa -escenario bolañiano por excelencia- donde descubre la homosexualidad de su padre. Éste, en la Universidad de Santa Teresa, conoce a Castillo, su nuevo amante. Busca apoyo moral en ejemplos literarios y halla a Thomas Mann, después, como no, a Rimbaud. Amalfitano, nacido el día en que los nazis lanzaron su ofensiva al Cáucaso, un expulsado del Partido Comunista, un profesor que predijo la caída de Allende y que no hizo nada al respecto, no encuentra consuelo, explicaciones.

El misterioso escritor J. M. G Arcimboldi pertenece al mismo mundo y representa –como bien se puede apreciar en los resúmenes de sus libros- el carácter provisional, frágil, efímero, de la literatura. También de la vida. En la última entrevista concedida por Roberto Bolaño a Mónica Maristain, responde a la pregunta ¿Qué es el paraíso? diciendo: “Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.” El autor tiene claro que nada es eterno, y si se suma a lo anterior, estar casi sentenciado a muerte por una enfermedad, la fragilidad se exacerba, provocando una literatura a contrarreloj, donde el foco de la tensión narrativa está en el desarrollo y no en sus conclusiones, lo que requiere, necesariamente, una participación activa del lector, del verdadero policía, del detective frente a un crepúsculo extraordinario y tétrico. Quizás es eso lo que une las cinco partes de Los sinsabores del verdadero policía, novela donde la fragmentación es llevada al límite, ya que para Bolaño, la estructura era la única posibilidad de innovar, de recorrer nuevos caminos en la historia de la literatura. Lo que une, lo que sostiene el edificio no es la trama, como se ha repetido tantas veces, ni del todo los personajes. Probablemente sea ese crepúsculo de violencia, enfermedad e indiferencia, que no tiene nada de extraño ni de invisible como creímos hace no mucho y que algunos filósofos trataron de instalar. El mundo del que todos somos testigos, de una u otra manera. La realidad que vemos y dejamos de ver que habla por sí sola.

Por Gabriel Zanetti

Compartir en Meneame