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LA CONSOLIDACIÓN DE UN JOVEN AUTOR

[i]En la luna[/i], de Alfredo Sanzol, una insólita mirada a la Transición

En la luna, de Alfredo Sanzol
Director de escena: Alfredo Sanzol
Escenografía: Alejandro Andújar
Iluminación: Pedro Yagüe
Intérpretes: Juan Codina, Palmira Ferrer, Nuria Mencía, Luis Moreno, Jesús Noguero y Lucía Quintana.
Lugar de representación: Teatro de La Abadía. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

PIE DE FOTOAlfredo Sanzol, en su todavía breve trayectoria como dramaturgo, ha logrado cincelar un estilo propio de hacer teatro que hoy por hoy lo hace singular e inconfundible y cuyos ingredientes emocionales ya estaban perfilados en el título de su primera obra Risas y destrucción. Esa misma combinación encontramos en su última pieza, producida por La Abadia: En la luna, constituida por una cadena aparentemente deslavazada de sketch cuyos diálogos suscitan nuestras carcajadas, aun sabiendo que bajo ese humor sucede siempre algo triste, nostálgico a veces, cruel y siniestro otras muchas, sin que en ningún momento la risa se apague en nuestro labios. En la luna sobrevive esa sabia aleación de “risas” y “destrucción” con que Sanzol iniciaba su trayectoria teatral aplicada ahora, aparentemente, a una rememoración de la infancia del autor en el transcurso de la Transición política española tras la muerte del dictador general Franco.

Es cierto que En la luna encontramos mencionados lo que hubieran sido los treding topics de nuestra Historia más reciente, los grandes acontecimientos que han marcado los hitos que nos sirven de referencia colectiva: la propia muerte del Generalísimo, el golpe de Estado truncado, a la vez que Tejero secuestraba el Parlamento, las Olimpiadas de 1992 –estas, en realidad, ya a extramuros de la propia Transición… Pero que nadie espere, en el teatro de Alfredo Sanzol, una recreación histórica de aquella época, ni tan siquiera una evocación costumbrista de la intrahistoria de ese periodo tan etiquetado.

El título de la obra resulta bastante orientativo: estamos En la luna, a mucha distancia de la Tierra, sin tener los pies en la tierra, con arreglo al modismo “estar en la luna”, es decir, estar distraído, estar absorto, estar en Babia, encontrarse ensimismado en esos recuerdos o fantasías inconexos que pasan por nuestra mente, dejándonos enfrascados en su inconexión y su aparente sin sentido. Cada sketch de En la luna es como una de esas fragmentarias historias medio reales medio absurdas que atraviesan nuestra imaginación con la velocidad y el fogonazo de un relámpago, dejando nuestra mirada cautivada y atónita. Este es el clima emocional de los quince incidentes de Sanzol, expuestos en una escenografía de Alejando Andújar que evoca perfectamente un desamparado paisaje lunar.

Ninguno de estos episodios tiene una estructura realista ni tampoco una clara transcripción lógica, pero sí están emparentados por un clima emocional y unos retos análogos que dan otra unidad, más profunda que la argumental, al conjunto de la obra. Por ejemplo, el miedo. El miedo del protagonista del primer sketch a ser insuficientemente franquista en vida del dictador que se transtoca en el miedo a parecer demasiado franquista tras la muerte del mismo dictador. Un miedo que se reitera como un eco angustioso en sketch de policías atracadores, o de parados de larga duración, o de niñas que bailan claqué y son abandonadas por su familia, o del desconcierto de un niño que puede ver por un telescopio a su madre haciendo el amor con un desconocido y el terror íntimo que le impide mirar ese hecho… Toda esa amplia gama de miedos que Sanzol sabe evocar con una magistral destreza están íntimamente relacionados con el temor a crecer y la necesidad, pese a todo, de asumir ese peligroso crecimiento. Pocos sketch sugieren con tanta precisión el dolor y el desamparo de madurar que el de ese hombre solitario que debe vender el cochecito de su infancia a unos desaprensivos que se burlan de él. O bien la recreación adulta del cuento infantil de Perrault El lobo y los siete cabritillos –aquel donde el lobo enseña la patita blanca cubierta de harina para comerse a seis de los cabritillos, excepto al más pequeño, que se esconde y termina salvando a los demás-, ahora reconvertido por Alfredo Sanzol en un relato saturnal donde los seis hermanos mayores venden al más pequeño al lobo para salvarse. El final feliz de muchas historias oficiales esconde otra historia más real y más siniestra, donde la lucha por sobrevivir implica sacrificar al más débil. El miedo al crecimiento está plenamente justificado porque en más de una ocasión se caerá en las fauces depredadoras del Lobo de turno.

Desde este punto de vista es como quizá mejor debamos abordar las alusiones a la Transición española. Además de configurar una íntima mitología personal del autor, la Transición no está vista como un acontecimiento político, sino que representa una metáfora del cambio, del crecimiento, de la maduración, con los miedos y peligros que conlleva, y con la necesidad de asumirlos como parte de la libertad. No hay, pues, en esta obra ningún costumbrismo de la Transición y estamos a años luz de esas operaciones de nostalgia a que nos tiene acostumbrados Televisión Española en programas y series con el estilo “cuéntame como pasó”. Sanzol no nos cuenta cómo paso, solo la impronta de las fuertes y contradictorias emociones íntimas mientras pasaba aquello: el cambio, la transformación, el abandono de antiguos refugios y el crecimiento hacia un territorio nuevo.

Los relatos de los sketch del autor de Risas y destrucción arrancan siempre con un principio que sugiere una fábula moral, pero antes de que el espectador pueda hacerse una composición de lugar lógica, esa aparente fábula queda rota y abierta, para dar comienzo a otro relato con un inicio fulgurante. El extraordinario elenco de actores, dirigidos por el propio Sanzol, imprime al comienzo de cada nueva historia un brío tan hipnótico que nos hace olvidar al instante el final abierto o enigmático del incidente anterior. Estamos, pues, muy lejos de modelos teatrales que han ejercido una formidable influencia en la escena europea en general, y muy particularmente en la española, como pudiera ser el teatro épico de Bertolt Brecht La sucesión de sketch no tiene aquí, como en teatro del fundador del Berliner Emsamble, una configuración cerrada, ni una lectura expresamente política. Tampoco contiene una verdad absoluta de apariencia objetiva. El estilo propio de Sanzol trabaja sobre sketchs abiertos, dirigidos antes a la emoción que al raciocinio del espectador, a quien golpea sentimentalmente y le dificulta el distanciamiento intelectual necesario para sacar una conclusión unívoca, menos aún política.

Un espectáculo teatral como En la luna es un collage de emociones donde los sentimientos actúan en perfecto contrapunto mutuo: la risa unida a lo siniestro, el humor junto al vértigo, la ternura entroncada con la destrucción, componiendo una pesadilla risueña que nos desconcierta tanto como nos absorbe y asombra con su insólita mirada a nuestro pequeño mundo.
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