cabecera
    20 de octubre de 2014

Estrategia equivocada

Hasta hace bien poco, los árbitros de fútbol venían ocupando el principal papel a la hora de desempeñar el número uno del triste protagonismo de “receptores de insultos”. Aunque es verdad que estos insultos se repetían dentro de una cierta esfera. Bien usando el superlativo de “cabrito”, bien poniendo en duda la conducta moral de sus madres. No había insultos políticos.

Desgraciadamente, esta esfera se ha roto, entrando en la zona política y, sobre todo, usando apelativos mayores para dirigirse a la casi totalidad de personas y por cualquier motivo. Ha tomado el relevo la orientación política: “fascistas”. Es la que más se oye y, por supuesto, la más aleatoria e infundada. La forma utilizada por los gritos contra la reciente sentencia del Tribunal Supremo –por unanimidad y no adoptada por siete indocumentados, precisamente–, es buen exponente de lo que aquí sostenemos. Se puede estar a favor o en contra del contenido de la sentencia.

Pero no es correcto ni que un distinguido político parlamentario pregone que “no acata” dicha sentencia, ni que a través de voces y pancartas se llame a los miembros del Tribunal “fascistas”. Con independencia de la posible orientación política de alguno de los magistrados, el uso de “fascismo” no es aceptable. En este y en otros casos, hay que partir de la objetividad con la que se juzga. Incluso porque, como escribiera previamente Manuel Azaña, en nuestro país nunca ha habido auténtico fascismo, como en Italia o Alemania. Es una vejación que debiera ser intolerable. Quizá, como en otros casos que afectan a personas concretas, los derechos de opinión y manifestación están pendientes de una regulación que concrete la muy generosa e imprecisa recogida en nuestra Ley de Leyes. La democracia no es un arma para cuanto se desee. Al igual que los insultos directos a la autoridad están claramente penados. Y a los magistrados de tan alto Tribunal debieran estarlo mucho más. Este tipo de insultos dañan frontalmente el prestigio de una institución que tiene su base en la misma nación. Para la discrepancia, están los recursos. Mezclarlos con estos calificativos llega hasta romper el mismo supuesto de la independencia judicial, base del Estado de Derecho.

Estimo que nos encontramos ante un tema grave y que requiere pronta respuesta por algunas de las vías posibles. Porque, en caso contrario, este tipo de insultos se está extendiendo a cualquier persona que escriba o diga algo que un público estime que no es “políticamente correcto”. Hay muchas otras formas de expresar la discrepancia. Sobre todo, por la falta de sólidos argumentos que quienes gritan suelen tener.
Compartir en Meneame