EPPUR SI MUOVE
Yo acuso

Francia, 1894. El Caso Dreyfus sale a la luz, y se acusa al capitán Alfred Dreyfus, judío y alsaciano, de alta traición. Pese a las declaraciones de inocencia del acusado (declaraciones que no se hacen públicas), es condenado a cadena perpetua. Dos años más tarde, aparecían nuevas pruebas que exculpaban por completo a Dreyfus, pero las autoridades francesas procuraron silenciar el caso.

Aquel día, entre los asistentes a la degradación pública del capitán Dreyfus en el patio de armas de l’École militaire de París, se encontraba un corresponsal húngaro, de nombre Theodor Herzl. De vuelta a Viena, lugar donde residía, publicó Der Judenstaat -“El Estado Judío”-, opus magna del sionismo moderno. Pasaría más de medio siglo para que su sueño se hiciera realidad. En 1948 nacía Israel como estado independiente, tras siglos de dolorosísima gestación. Pero aún hoy en día, mezclar política y religión resulta espinoso. De hecho, entre los propios judíos –algunos ultraortodoxos-, hay quien no cree en un estado de Israel así concebido. Ya no digamos entre los árabes. De todos modos, el tema viene de antiguo. Más concretamente, 606 AC, fecha del primer exilio o diáspora judía, cuando los babilonios conquistaron el Reino de Judá, derrumbando el primer templo y trasladando a los líderes judíos a Babilonia. Desde entonces, el pueblo judío ha venido sufriendo todo tipo de calamidades.

Sobresalen tres. La primera, su penoso deambular por medio mundo, sin ser precisamente bien tratados. La segunda, crudelísimas persecuciones durante siglos, destacando la expulsión de España en 1492, las acometidas de la Inquisición por toda Europa, y finalmente, el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, donde más de 6 millones fueron exterminados de la forma más inhumana posible. Pero hay una tercera que aún sigue latente, y desde luego, vigente y dañina: la desinformación. Nadie en el mundo tiene peor prensa. Y con tal contumacia. No todos los argentinos son prepotentes. No todos los irlandeses empinan el codo más de lo debido. Y en España se hace algo más que comer paella y bailar flamenco. Un mundo tan globalizado como el nuestro debería cuestionarse determinados estereotipos que siguen muy anclados al pasado, sin que se atisbe intención alguna de corregir siglos de injusticia. Y de mentiras.

En Israel no sólo viven judíos. Es un país moderno y cosmopolita. Su gente es amable y cordial. Sus paisajes, su historia y sus encantos quedan permanentemente eclipsados por un conflicto viciado por falsedades interesadas. Por ejemplo, que los árabes fueron expulsados de su tierra. A finales del siglo XIX, de los 40.000 habitantes que tenía Jerusalén, 30.000 eran judíos. Y desde entonces, gentes de todo el mundo emigraron en pos de una idea que se antojaba peregrina -nunca mejor dicho- y claramente incierta. Trabajaron la tierra, adquirieron propiedades, y crearon el germen de un estado que vería la luz pese a la hostilidad de sus vecinos árabes. Jordania, Siria, Líbano, Irak, Egipto... todos han ido alguna vez contra Israel -y a ninguno le ha ido bien, por cierto-. Hoy, el gobierno con sede en Tel Aviv rige los designios de un país próspero -ocupa el puesto 23 de 177 países valorados en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, lo que lo sitúa en el puesto más alto de Oriente Medio-, cuyo único deseo es vivir en paz sin que nadie le ataque por ello. ¿Es mucho pedir?

Autor: Antonio Hualde
Fecha publicación: (11-04-2008)
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