Entre adoquines
A 2.000 euros el riñón

Aprovechando estas fechas, voy a apelar a su espíritu navideño para que me perdonen si la columna de hoy les resulta demasiado sensiblera. Reconozco que siempre he sido de lágrima fácil, tanto, que cuando era pequeña, para hacerme de rabiar, mi hermano me cantaba la canción de Raphael titulada “Llorona”. Era escucharla y ponerme a berrear, aunque un minuto antes hubiera estado de juerga. Y no digamos cuando salía del cine después de haber visto alguna película del estilo de El Hombre Elefante. El resto de los espectadores miraban con preocupación a los padres de esa niña asfixiada por el hipo y se preguntarían si, además, se habría ganado un merecido cachete en la oscuridad de la sala. Menos mal que entonces no había jueces que dictaran órdenes de alejamiento por una simple torta.

Con la edad y los trastazos de la vida, me he ido recubriendo, como todos, de esa capa de frío impermeable que resguarda de tanta tragedia y, a veces, hasta insensibiliza. Sin embargo, llega la Navidad y, a pesar de que el encendido de las luces, los atascos y los anuncios de perfumes y muñecas evitan que me pueda pillar desprevenida, siempre acabo cayendo en una suave melancolía que casa muy mal con las ganas de fiesta de la mayoría. No es que me ponga a pensar y a echar de menos a los seres queridos que ya no están. No, no es eso. Al contrario, de quien me acuerdo es de los seres no queridos que sí están, esas personas que recorren el camino de la vida en soledad y a quienes, especialmente estos días, se les recuerda, da la impresión de que con saña, que si no tienes con quien cenar el 24 de diciembre es que no vales nada.

No hay que irse muy lejos para encontrar a personas cuya desesperación no conoce de treguas navideñas y, por eso, sus historias son noticia, aunque sólo sea por el breve espacio de tiempo que ocupamos en leerla. William Carrillo es un boliviano de 43 años, periodista de profesión y, por supuesto, sin trabajo, que llegó a España hace 5 años después de que su familia se rompiera. Vino ya cargado de unas deudas que, con el tiempo, lo único que han hecho ha sido multiplicarse. Y estos días sorprendía al mismísimo Defensor del Pueblo solicitando amparo para poder vender legalmente algunos órganos de su cuerpo. Quería que sus riñones, algún trocito de su hígado y la médula fueran el remedio para no quedarse sin techo y pagar a los que debe. Su intención no es, desde luego, nueva. Sabemos que hay mucha gente que lo hace en el mercado negro de la red, donde se anuncian riñones de calidad a 10.000 dólares la pieza, pero él lo que quiere es que se reconozca el derecho que tiene a hacer con su cuerpo lo que le parezca. Para eso es suyo, argumenta.

Un terrible debate en el que pocos quieren entrar en este mundo globalizado en el que los traficantes de órganos acosan, por ejemplo, a jóvenes egipcios de las callejuelas más oscuras de El Cairo para intentar persuadirles de vender un riñón por 2.000 euros. O donde los investigadores de las desapariciones de niños a los que parece haberse tragado la tierra, apuntan, cada vez más, a este mercado particularmente negro, como causa del secuestro de pequeños sanos en cualquier lugar del planeta, aunque, claro está, que con mayor índice en las deprimidas poblaciones de África y Sudamérica.

Autor: Alicia Huerta
Fecha publicación: (24-12-2008)
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