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Israel: un lugar por descubrir

El sambenito que tienen determinados lugares hace que se conviertan en grandes desconocidos, por mucho que creamos saber de ellos. Como muestra, Israel. Política aparte, asomémonos a un país sorprendente.

Para empezar, Tel Aviv. Sin tener monumentos vistosos, llama la atención por su vida nocturna y su ambiente cosmopolita: Hayarkon street, con sus hoteles a pie de playa (playa, por cierto, con chiringuitos al más puro estilo "chill out" ibicenco) y restaurantes de todo tipo, bulle al atardecer. Es aquí donde uno toma contacto por primera vez con la realidad de las gentes de este país, y al punto surge una palabra: alegría. Cuesta creerlo, pero no hay como estar allí para ver que, puestos a elegir entre el temor a sufrir un atentado o derrochar ganas de vivir, aquí eligen lo segundo.

Seguimos camino a Jerusalén, donde perderse por la Ciudad Vieja es transitar por siglos y siglos de historia. También, el Monte de los Olivos. Al anochecer, desde allí oiremos al muecín de la mezquita de Al-Aqsa (con la dorada cúpula del Domo de Omar como testigo) llamando a los fieles a orar. O deambular por la Vía Dolorosa hasta llegar a la Basílica del Santo Sepulcro, destruida y reconstruida infinidad de veces. O enfundarnos una "kippa" e inclinar la cerviz frente al Muro de las Lamentaciones. Y todo emociona.

Pero también cabe lo mundano. Podemos optar entre recorrer el zoco, increíble, o las coquetas tiendas de Ben Yehuda street, ya extramuros. Y a pocos kilómetros, bañarnos en el Mar Muerto (con Jordania en la otra orilla). Imposible hundirse en el lugar más bajo del planeta: casi 400 metros por debajo del nivel del mar.

Autor: Antonio Hualde
Fecha publicación: (13-02-2008)
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