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    21 de enero de 2017

elimparcial.es > Críticas de Teatro

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El chivato

El pretendido Broadway madrileño, la Gran Vía, cumplió el domingo sus primeros cien años. Casi sin cines ya; sin aquellos lujosos recintos donde se estrenaban las mejores películas y nadie podía entrar sin corbata, la guapa avenida ha sabido resistir a medias el embate de mercachifles nada parecidos a aquellos mecenas que tanto la adornaron de cultura: el maestro Jacinto Guerrero, creador del Teatro Coliseum (1932), o el Marqués de Fontalba, a cuyas expensas se construyó el más lujoso de todos, el Teatro Fontalba (1924), desaparecido como tantos otros por el poderío y la avidez expansiva de un banco que murió de castigo (Coca), ahora, el hermoso vestíbulo y el que fuera confortable patio de butacas están ocupados por una tienda más de ropa barata.
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El chivato

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el chivato

Acaban de publicarse las paupérrimas ayudas al teatro que el Ministerio de Cultura, a propuesta de la Subdirectora General del INAEM, Cristina Santolaria, concede “provisionalmente”.
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Pocas veces se siente la necesidad de aplaudir a un actor que no ha pronunciado palabra durante los primeros seis minutos de la comenzada representación; en un silencio insufrible para el espectador, si el personaje –el actor- no es un virtuoso del gesto, capaz de llenar el escenario con su sola acción. José Luis López Vázquez nos encogió el corazón a los cientos de espectadores que llenábamos el María Guerrero –aun lleno de termitas, en 1982-.
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Decidí aplazar algún tiempo mi panegírico a la memoria de mi amigo Luis Aguilé, conviniendo con Byron en que, “el hombre es un péndulo entre la sonrisa y el llanto” y, desde este no encontraba las palabras. La ley del péndulo, inexorable como es, me trajo al fin a la sonrisa y es desde aquí de donde mejor puedo evocar la memoria de quien fuera un madrileño desde 1963 y español a partir del noventa.
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En el mundo singular del teatro nadie se extraña –muchos se enojan- cuando el representante del jurado de algún premio importante proclama el nombre del ganador. Nombre elegido por prójimos apenas vistos por los teatros, que no suele coincidir con la razón, la ética o la estética. Ocurre con demasiada frecuencia que una joven sordomuda obtiene un premio a su labor como actriz interpretando el papel de sordomuda; se premia a un ciego por representar a un ciego y a un deficiente mental por hacer de sí mismo; o se premiará pronto una obra interpretada por tartamudos, que tratan de reivindicar su derecho a no ser discriminados; pretensión que no conseguirá su propósito desde un escenario, ante un público sufridor al que se le hará patente la tartamudez de todo un grupo de entrecortados que se autoexcluyen a sí mismos
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Resulta que con la tan manida “crisis que no es crisis” nadie arriesgaba un cuarto por el teatro. Dicen que cuando el dinero escasea, el ocio cultural se resiente. Pero… ¡Oh paradoja! El teatro, ese enfermo de crisis crónica desde sus primeros soplos chinos o griegos, no sufre la crisis esa. Desde que comenzó la prometedora temporada actual, muchos teatros madrileños completan a diario sus necesitados aforos. Apenas se diferencia la recaudación de últimos de mes, cuando todos esperamos el día de “Santa Págueda”, con los alegres días del dinero recién cosechado; ese que pensamos que no se acabará nunca.

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