Martín-Miguel Rubio Esteban
MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.
Mirada escolástica
Santificar las acciones corrientes
Ayer se celebró el día del Santo de lo ordinario, el del presbítero San Josemaría Escrivá de Balaguer, de tanto sabor español ( falleció el 26 de junio de 1975 ). El santo del ascetismo sonriente y el sentido deportivo del dolor, “per aspera ad astra”. A los miembros de su Obra les pedía que hiciesen lo que les deise la gana, pues que es la razón más sobrenatural para obedecer. Defensor a ultranza de la libertad individual, no quería obediencia de cadáveres.
Escrivá llevaba siempre dentro la seguridad berroqueña, inconmovible, de quien ha escuchado la promesa de Dios. Y esa seguridad iluminaba los muros de Villa Tevere, por oscura que fuera la época que atravesase el Opus Dei. Su santidad fue siempre de carácter aragonés: hablaba claro, sin rodeos y mirando a la cara. No fue jamás hombre de expresión cejicunta, ni de carácter desabrido, ni de talante malhumorado.
Defendió siempre con ahínco que en el Opus Dei no hubiese grados, ni niveles, ni categorías, ni capillitas privilegiadas.
Se mire por donde se mire, la vida de San Josemaría Escrivá está sellada con el signo de la cruz. La cruz, siempre como signo de contradicción. La cruz como escándalo infame para unos y locura estúpida para otros. La cruz, como paradoja, en un mundo que ha llegado a identificar el bien con el placer y el mal con el dolor. La cruz signó su vida. Parafraseando el “nulla dies sin littera”, de Cicerón, construyó su lema cotidiano: “nulla dies sine cruce”. Un slogan que no es un deseo — San Josemaría no fue un masoquista que buscase sufrir — sino un test verificado, tan infalible como que donde hay fuego hay calor. Pero un slogan alegrado anteponiéndole un sintagma preposicional: “in laetitia”, que denotan un talante, un garbo, una amable música de fondo en el vivir: “In laetitia, nulla dies sine cruce”.
Su intensísima concentración en la celebración de la Santa Misa le hacía experimentar dolor y alegría, y cansancio. Sentía en su carne el agotamiento de un trabajo divino. Llegó a decir: “Todos los sacerdotes, seamos pecadores ( como yo ), o sean santos como son otros, no somos nunca nosotros en el trabajo de la Eucaristía: es Cristo, que renueva en el altar su sacrificio del Calvario”.
Para San Josemaría cada cual debe desempeñar su profesión u oficio con la mayor maestría de que es capaz, sabiendo que ese trabajo es el quicio, el marco y el escenario de su personal santificación.
Cuando algunos sacerdotes de la Obra sean ordenados obispos, San Josenaría hará una indicación muy expresiva: “Al llegar a casa, que guarden en un cajón toda la bisutería..., porque en nuestra familia nadie es más que nadie. Es como si a alguno lo nombran gobernador o ministro en su país: en la Obra sigue siendo tan querido como era, pero no adquiere ninguna preeminanencia en absoluto, ni tiene ningún trato mejor. Son los mismos. Exactamente iguales que los demás. Todos esos honores del mundo, en Casa no tienen ninguna importancia. ¿Está esto claro?”.
Su libro Camino es ya un clásico del ascetismo y la vida interior:
“No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte”.
“Persevera en el bien, y encógete de hombros”.
“No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácer”.
“Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”.
“Estos son los frutos sabrosos del alma mortificada: comprensión y transigencia para las miserias ajenas; intransigencia para las propias.”
“La conversión es cosa de un instante. La santificación es obra de toda la vida”.
“Aconfesionalismo. Neutralidad. Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?”
“El manjar más delicado y selecto, si lo come un cerdo ( que así se llama, sin perdón ) se convierte, a lo más, ¡en carne de cerdo! Seamos ángeles para dignificar las ideas, al asimilarlas. Cuando menos, seamos hombres: para convertir lo alimentos, siquiera, en músculos nobles y bellos, o quizá en cerebro potente...capaz de entender y adorar a Dios”.
“No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate. La murmuración es roña que ensucia, va contra la caridad, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios”.
“Yo soy hijo de la Iglesia”.




