Aurora Nacarino-Brabo
AURORA NACARINO-BRABO es periodista.
Avería y redención
Volver a casa
Era domingo. Se despertó en una ciudad que no era la suya y, sin embargo, le había visto amanecer más veces que nadie en los últimos tres meses. Seguramente, se frotó los párpados y, aún con los ojos guiñados, comenzó a dar torpes pasitos por la habitación. Apuesto a que le costó no pocos esfuerzos abrirse paso hasta la ventana, mientras con ambas manos se rascaba enérgicamente la piel de lija que recubría sus huesos. Era el mismo balcón por el que había visto caer tantas lluvias, aquel que invariablemente le devolvía la imagen de un ejército de nubes negras amenazando desde lo alto, y que, probablemente, ya había comenzado a salpicar monótonamente el cristal tembloroso. Tal vez, se quedó mirando a través de él durante algunos segundos, intentando acostumbrarse a que la dichosa ventana mostrara, día tras día, un cielo gris sin fisuras, en lugar del deslumbrante sol que debería presidir las mañanas del mes de julio. No erraré si aventuro que la mañana era fría, pero, paradójicamente, el cuerpo le pedía más un chapuzón en la piscina que un jersey de lana.
Son las cosas de vivir lejos de casa. Aunque más de dos meses de rutina londinense le han permitido adaptarse, al menos en apariencia, a su nueva vida, su conciencia aún amanece muy lejos de allí, entre las sábanas de una litera estrecha e incómoda que nunca pensó que pudiera echar de menos. En realidad, echa de menos más cosas de las que, antes de dejar Madrid, hubiera estado dispuesto a admitir. Él solía decir que la patria no es más que una pamplina, que lo único que se añora es a las personas. Sin embargo, después de tanto tiempo viendo llover, se ha permitido dudar: quizá eche un poco de menos España, como echa de menos su cama y su Nesquick con Chocos del desayuno.
Cuando la nostalgia le invade el alma, siempre acude a Internet, que es el mejor remedio contra la morriña de que disponemos en este siglo nuestro. Se conecta a la Red, digo, y visita algunos periódicos españoles para cerciorarse de que, más allá del Mar del Norte, a los pies del Mediterráneo, continúa existiendo un país llamado España. Comienza a leer: parece que el PP continúa sumido en su “crisis”, y que la economía nacional no logra remontar la grave “desaceleración”. Respira aliviado: “parece que todo sigue igual”, se dice confiado. Pero, entonces, un poco más abajo, le asalta una visión inquietante: su hermana mayor le mira desde la pantalla del ordenador. Su foto aparece publicada junto a una columna de opinión que firma ella misma. Más grave aún: en el diario dicen que es periodista. Es evidente, deduce, que el país ha perdido el norte en su ausencia. No se lo piensa. Es hora de volver a casa.




