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Cartas al director
Rajoy y Churchill
Carta abierta al presidente del Gobierno.
Sr. Rajoy:
Yo soy de su cuerda, Sr. Rajoy. En los duros años posteriores al 11-M- 2004 mis amigos peperos no se cortaban en críticas a su persona:
“¡Pero, por Dios, si cuando le oyes hablar no entusiasma, no convence, no arrastra! ¡Necesitamos alguien con garra que saque al PP de esta penosa situación ...!”
Y yo, créame, siempre le defendí:
“Amigos míos, Rajoy, cuando le toque, será un buen gobernante. Puede que le falte garra en el discurso público, puede que le falte la capacidad de arrastrar a las masas con palabras incendiarias, pero eso, más que un defecto hay que considerarlo una virtud. Los últimos incendiarios que recuerdo fueron Hitler, Mussolini y Castro y no me parece que sean ejemplos a seguir”.
Ante estos argumentos, mis amigos solían mencionar a Churchill, pero se equivocaban. Churchill fue, por supuesto, un gran estadista y un magnífico parlamentario, lleno de ingenio, sagacidad y respuestas vibrantes, pero su discurso público no destacó especialmente. De hecho fue bastante parecido al suyo, Sr. Rajoy, que es muy bueno en el Parlamento (sin llegar a los niveles excelsos de Churchill) y más bien modesto ante el gran público.
Sirva este preámbulo para poner de manifiesto que soy de los suyos y que las críticas, más o menos veladas, que descubra a continuación, no proceden de ningún izquierdoso de toda la vida con ganas de jeringar.
He conocido hoy 30 de Diciembre, los primeros acuerdos de su Consejo de Ministros. Como era de esperar, Ud. se ha encontrado con un 2% más de déficit bajo la alfombra y no ha tenido otra opción que hacer, entre otras cosas, lo que dijo que no quería hacer: subir los impuestos. Aplaudo su coraje y el de su equipo y mucho me temo que esto sea sólo el principio de un largo rosario de otras duras medidas. Pero si hay que tomarlas, hay que tomarlas.
Y ahora vienen las críticas. También he conocido que han recortado en el 20% las subvenciones a partidos políticos y “agentes sociales”, vulgo, sindicatos y patronales.
Le confieso Sr. Rajoy, que a mí la palabra subvención me produce escalofríos epidérmicos y espasmos gastro-intestinales. ¿En virtud de qué el Gobierno concede subvenciones con nuestro dinero? El Gobierno no está para eso. Si alguien quiere una ayuda que me la pida a mí y yo la estudiaré y decidiré.
Si los Sindicatos imparten cursos homologables con la educación pública, que los pague el Estado, pero eso no son subvenciones. El resto de sus gastos a escote entre sus sindicados.
Si la Iglesia Católica cuida de un inmenso patrimonio histórico y cultural, eso hay que pagarlo, pero eso tampoco son subvenciones. Si mantiene hospitales y residencias para el cuidado de niños y ancianos, también el Estado debe contribuir, pero tampoco son subvenciones. El resto de los gastos de la Iglesia deben ser provistos por las aportaciones de sus feligreses (y conste que yo soy un decidido contribuyente).
Si los partidos políticos desarrollan alguna acción que ahorre gastos al Estado, adelante con el pago. Y si no, a recaudar cuotas entre sus afiliados.
Si alguna ONG se hace cargo de ciertas obligaciones del Estado, hay que acudir en su auxilio. Si no, a vivir (mientras pueda) de las contribuciones de sus generosos simpatizantes.
Esta es la opinión de un servidor, de firmes convicciones liberales. Pero es que además creo que también opinan lo mismo el 80% de nuestros conciudadanos.
Si su primer Consejo de Ministros hubiera anunciado que suprimía el 100% de las subvenciones a Sindicatos y Partidos, que proponía un plan para la completa supresión del Senado y de las Diputaciones, del 30% de las Embajadas y Consulados y del 40% de los funcionarios del Estado y Autonomías, Ud. habría escuchado una explosión de alegría en las calles que hubiera dejado en caricatura el 15-M. Y también habría encontrado una admirable disposición entre los contribuyentes, dispuestos a dejarse esquilmar por papá Estado, mientras con aire de resignación murmurarían: “Esto ya es otra cosa. Al menos no me crujen para seguir subvencionando a tirios y a troyanos”
Y, de momento, esto es todo, Sr. Rajoy. A lo mejor en otro momento le escribo sobre la Reforma Laboral, la del Estado de las Autonomías y la de la Ley Electoral, que son asuntos más enjundiosos y de los que, por ahora, no toca hablar. Y, por cierto, es por ahí donde Ud. debiera dar el Do de pecho, porque frente a esos temas, todos los demás (incluidas las subvenciones) no son más que juegos florales.
Churchill fue un extraordinario parlamentario y un gran estadista. A lo mejor, cambiando el orden de los adjetivos, tenemos en Ud. un gran parlamentario y un extraordinario estadista.
¡Adelante, D. Mariano! ¡Leña al mono hasta que aprenda inglés!
Francisco Canales, Pamplona
DNI 13558728K



