Carlos Loring Rubio
CARLOS LORING RUBIO es abogado y doctorando en el departamento de Derecho Privado del CEU-San Pablo, diplomado en Estudios Avanzados en Derecho Mercantil, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE).
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Español y antitaurino
Las personas creemos tener un sólido y bien estructurado conglomerado de principios. Éstos, creemos saber, provienen de un lento y meditado proceso de discernimiento sobre lo que está mal o bien. Sin embargo, la base sobre la que se asientan nuestros más elaborados pensamientos está cimentada sobre sentimientos irracionales. Ya sea por evitar el engorroso trance de establecer un criterio propio, delegando está función a otros a los que hemos confiado la función de discernir, para más tarde adherirnos a todas sus conclusiones, o ya sea por tratar de encajar lo mejor posible dentro del grupo en el que establecemos nuestra relación social, el individuo suele desarrollar un elaborado camuflaje de discreción como adaptación al medio en el que subsiste.
De esta manera, la sociedad actual ha desarrollado una serie de paquetes ideológicos, a los cuales cada persona debe adscribirse, para ser plenamente identificado como perteneciente a un clan determinado. Si alguno osara compartir criterios de diferentes compartimentos estancos, sería convenientemente apartado, relegado, menospreciado, tachado del extremismo contrario al que pertenece el observador. Nada hay más amenazador que un sujeto al que no se puede clasificar de forma precisa. Por lo tanto, si el díscolo no es capaz de insertarse, el grupo lo hará por él. Y aunque el rebelde perjure no pertenecer a la línea de pensamiento que se le ha adjudicado, la manada, ya tranquila, habrá puesto fin al dislate.
Mañana el Parlamento de Cataluña decidirá si se prohíben o no las corridas de toros en su suelo. En tanto que las corridas de toros parecen ser un tema de identidad en Cataluña y en el resto de España, creo que el debate está lo suficientemente adulterado como para abordar el asunto con la debida distancia. Yo, por mi parte, no puedo llegar a entender, y eso que lo he intentado, dónde está el arte en un ritual de tortura y muerte de un animal, en el que el que víctima y verdugo, o mejor, ambas víctimas son contempladas en pintoresco espectáculo para deleite de los aficionados. Al llegar a esta conclusión, comprendí, que por percibir de esta manera a la tauromaquia, no dejaba de ser igual de español como el que más.
Muchas veces se utiliza la cultura para defender actitudes inaceptables. La tradición evoluciona como lo hacen el resto de las cosas, y emperrarse en defender la crueldad a costa de las más elementales reglas de la compasión humana, me resulta intolerable. El hombre que se ha hecho fuerte en los medios más hostiles, se diferencia del resto de la naturaleza por su piedad con sus semejantes, así como con el resto de los animales. Debo haberme convertido en un peligroso ecologista, no lo sé. Pero creo que hacer sufrir a un animal sin razón y disfrazarlo de cultura o incluso de símbolo de la unión de la nación es un chantaje emocional inaceptable.



