Andrea Donofrio
ANDREA DONOFRIO es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
Los subterráneos
Semana de reflexión
El próximo domingo, los italianos acudirán a las urnas en uno de los períodos más difíciles para su país: el escándalo de las cuentas bancarias en Liechtenstein, la grave crisis de Alitalia, la emergencia de la basura, la mozzarella con dioxina, el Brunello envenenado, la casta política y, sobre todo, una larga crisis institucional generan una sensación preocupante y alimentan el sentimiento antipolítico. Con estos elementos, era lícito esperarse una campaña electoral caracterizada por la confrontación: un debate áspero, basado en una estrategia conflictiva y belicosa, con una actitud enérgica, dentro del marco de las reglas democráticas. Paradójicamente no ha sido así, sino una campaña electoral ambigua y poco interesante que ha encontrado con dificultad y tardíamente un tema capaz de animarla, Alitalia.
Alitalia se ha convertido en el claro ejemplo de los males que afligen a la Italia actual; en su parábola están presentes los gérmenes de las enfermedades que afectan al país: imprudencia, falta de coherencia, prácticas clientelares, huída de las responsabilidades y, finalmente, el recurso de la picardía que frecuentemente confluye en el mal gusto. En la que ha sido definida "una destrucción planificada de un empresa pública", la culpa recae sobre la entera clase política italiana que en los últimos veinte años ha considerado Alitalia como una empresa en "desmovilización", sin preocuparse de contrarrestar la crisis o plantear una estrategia industrial nueva. En lugar de programar el "relance de la compañía", las discusiones sobre el futuro de Alitalia han sido siempre trasformadas en un tema de especulación política: lo mismo ha pasado en estos días donde al populismo carente de credibilidad de Berlusconi se ha opuesto el silencio de Veltroni.
Finalmente, en lugar del tradicional cara a cara electoral, Italia mostró su enésima anomalía y un debate ficticio: el pasado martes, los dos principales contendientes, Veltroni y Berlusconi, se han enfrentado por separado, contestando a preguntas preparadas por varios periodistas. El formato elegido y los temas tratados no han parecido suscitar gran emoción entre los telespectadores y tampoco haber movido mucho la gran franja de indecisos que según los sondeos representa hasta un tercio de los votantes.
Concordando con Sartori en que "los programas sirven para ganar, lo que no implica que sirvan para gobernar bien", estamos asistiendo a una extraña campaña electoral, de contenidos modestos, con pocas diferencias entre los programas políticos, tachados por la prensa de "similares y no suficientemente valientes". Resultado de ello es la personalización de la carrera, un peculiar narcisismo de los candidatos, que buscan consenso alrededor de la propia imagen y carisma; lamentablemente parece un intento de esconder un manifiesto déficit programático, la falta de ideas políticas y respuestas concretas a problemas reales. La desafección, el sentimiento antipolítico y la sensación gatopardiana del que "todo cambie para que todo siga igual" podrían favorecer el voto a partidos pequeños y sobre todo el abstencionismo. Faltan sólo siete días para votar, probablemente muchos años para cambiar.


