Francisco Parra
FRANCISCO PARRA es Profesor de Ciencia Política y de la Administración, Universidad de Murcia. Doctor en Gobierno y Administración Pública.
El tintero
Petróleo o muerte
Para muchos mexicanos la privatización de PEMEX es un asunto que podemos resumir a la ecuación petróleo o muerte. Así de simple y de complicado a la vez. No se trata de una distinción chovinista que caracterice la conducta de los mexicanos, ni tan siquiera hace referencia a una expresión xenófoba respecto a los intereses privados provenientes del exterior. No, el petróleo en México es algo que no se puede explicar en un artículo periodístico, es, sin exagerar, el alma que mueve un nacionalismo nacido de aquella legendaria revolución que hoy huele a decadencia, a retroceso, a rancio y antimoderna. Pero, y esto es importante, el nacionalismo revolucionario ha sido el garante que le ha permitido a México sortear momentos dificultosos en sus doscientos años de vida independiente. Esto último no podemos negarlo, la Historia no lo permitiría.
Hoy, sesenta años después de que el General Lázaro Cárdenas expropiara la industria petrolera, el presidente Felipe Calderón se atreve a proponer una iniciativa de Ley que permita la participación del capital privado en PEMEX. Es una propuesta atrevida y valiente que intenta paliar la exigua resistencia de la empresa estatal para subsistir a un contexto de corrupción sindical, administraciones ineficientes, prevaricación de funcionarios de alto nivel, como se ha podido constatar con la reciente publicación de los negocios de la familia del Secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y un largo etcétera.
Sin embargo, la batalla que tendrá que librar el presidente Felipe Calderón para alcanzar la aprobación de la reforma de PEMEX se pronostica ardua y azarosa. Andrés Manuel López Obrador y el PRD ya avisaron que la iniciativa no prosperará bajo ninguna circunstancia. Mientras que el PRI deshoja la margarita pensando en las elecciones presidenciales de 2012. Lo cierto es que sin reforma la política energética está condenada al fracaso, pero tampoco México tiene que ajustarse a la exigencia de las grandes petroleras que sin decir ni una sola palabra esperan agazapadas al acecho.




