Edward Malefakis

EDWARD MALEFAKIS es catedrático emérito de Historia Contemporánea y Universal en Columbia University y otras universidades norteamericanas de prestigio. Ha trabajado en temas sobre España desde el año 1961 y entre sus publicaciones destaca Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX

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TRIBUNA

Elecciones primarias en Estados Unidos

21-02-2008

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Las campañas electorales en las primarias de este año han sido las más sorprendentes en la historia de los Estados Unidos. En sólo un mes y medio, del 3 de enero al 12 de febrero, el panorama político norteamericano se ha revolucionado. La única expectativa anterior que todavía sigue en pie es que, después del lamentable historial del gobierno Bush (el más desastroso de los 43 gobiernos federales que han existido desde que George Washington inauguró el ciclo hace 219 años), el partido demócrata entra en la contienda con mayores probabilidades de éxito que el republicano. En todo lo demás, hemos tenido sorpresa tras sorpresa.

Entre los republicanos, el gran favorito de los últimos dos años, Giuliani, fracasó totalmente en Florida, la primera campaña en que se dignó a entrar, una retribución justa por su húbris habitual. La secuela también era sorprendente. El candidato que quedó más beneficiado por la implosión de Giuliani, no fue Romney, como muchos esperaban, sino McCain, cuyas perspectivas durante la segunda mitad de 2007 parecían tan negras que estuvo a punto de renunciar a su candidatura en varias ocasiones.

En el partido demócrata, las sorpresas han sido aun mayores. Hillary Clinton, la supuesta "candidata inevitable" de los demócratas desde finales de 2004, empezó mostrándose incapaz de ganar la primaria inicial, en Iowa. Sus partidarios se relajaron algo unos días más tarde cuando ganó en New Hampshire. Pero en las semanas siguientes, con derrotas en Carolina del Sur y en la mayoría de los estados del Supermartes (5 de febrero), quedó patente que su campaña estaba en apuros graves. Lo peor estaba por llegar. La semana pasada, con la campaña de Hillary paralizada de facto y tras ocho victorias consecutivas a lo largo de la nación de su oponente, Barack Obama, la situación previa parece haberse invertido radicalmente. Hillary ya no es el candidato inevitable. Y si algo así existe entre los demócratas, es ahora Obama, con casi la misma certeza con la que McCain gusta entre los republicanos.

La máquina política del dúo Clinton creo que ha parado finalmente sus motores. Es una pena dadas las numerosas y útiles contribuciones de Bill en los asuntos mundiales durante su presidencia así como los avances protagonizados por Hillary en las cuestiones de igualdad de género tanto como primera dama como siendo candidata. Por otro lado, los problemas actuales de Hillary son en parte una consecuencia de su arrogancia, que ha sido su bestia negra desde su entrada en política en 1993. Ésta se manifestó de nuevo en su presunción de que como ella contaría con la nominación atada para el Supermartes, no sería necesario gastar tiempo ni recursos hacienda campaña en todos los estados que tuvieran sus primarias después del 5 de febrero. Bastaría concentrar sus esfuerzos en Texas y Ohio, sus supuestos bastiones. Pero éstos, dados los acontecimientos recientes, ya no parecen ser capaces de frenar la arrasadora ebullición de la campaña de Obama.

En los últimos dos meses, los Estados Unidos se han visto transformados por una serie de acontecimientos sorprendentes y en gran parte gratificantes. El más sorprendente y potencialmente gratificante de todos ellos ha sido la extraordinaria ascendencia de Barack Obama. Para un negro convertirse en el líder de uno de los partidos mayoritarios de América es un logro casi increíble en sí mismo. Pero, además, que lo haga un inexperimentado joven de Illinois es acercarse por fin a la cima del proceso de democratización que otro desconocido e inexperto joven de Illinois, Abraham Lincoln, comenzó hace ciento cincuenta años. Sé que ésta es una comparación atrevida, pero, como Ted Kennedy, Toni Morrison y otros observadores perspicaces también han dicho con otras palabras, Obama parece tener profundas y misteriosas cualidades, entre ellas una sutil sabiduría que lo eleva por encima de lo ordinario. Si es capaz de continuar y consolidar su camino actual, demostraría tener el más poderoso de los rasgos del liderazgo, el carisma. Si lo tiene de veras, y sabe usarlo de forma positiva, le ayudaría a guiarnos alejado de los desastres del pasado y hacia un futuro más brillante. Ésta es una carga muy pesada para imponer a cualquier persona. ¡Ojalá él se muestre capaz de soportarla!







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