Carlos Floria

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CARLOS FLORIA es doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Profesor consulto en la Facultad de Derecho de la misma y emérito de la Universidad de San Andrés, y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas de la Argentina

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DESDE BUENOS AIRES

¿Factores de cohesión o de dominación?

25-03-2008

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En la política argentina persiste un debate confuso entre conceptos vecinos. Tolerancia y pluralismo, por ejemplo, diferentes pero vinculados. Pluralismo supone tolerancia. La tolerancia respeta valores. El pluralismo afirma valores. El pluralismo no es sólo pluralidad: evoca la creencia en que la diversidad y el disenso enriquecen la relación política. Expresa una realidad compleja y delicada. No es lo mismo que multiculturalismo: el pluralismo contribuye a la “sopa nacional” del melting pot; el multiculturalismo la salad bowl, en la que las verduras no se mezclan: permanecen separadas, según las elocuentes y pintorescas expresiones norteamericanas. El pluralismo evoca consenso sobre las reglas del juego y fundamentales, aunque haya disensos en lo demás. No es el “gran hermano” que postula una visión monocromática del mundo o de la sociedad, ni un “proyecto nacional” que por si lógica interna conduce a alguna forma de autoritarismo. Los regímenes militares, tradiciones peronistas, corrientes diferentes del nacionalismo, propusieron proyectos nacionales hasta convertirlos en posturas absolutas. Esa tentación permanece. Va y viene. Por parte de sedicentes progresistas o de porfiados integristas.

La apelación al progresismo no es desdeñable en cuanto evoca cambios humanizantes, pero necesita de reflexión crítica. En el cristianismo es una antigua cuestión. Integrismo y modernismo, en el medio siglo pasado, eran hermanos enemigos, no tanto sistemas doctrinales como inclinaciones. ¿Cuán progresistas eran, y son, quienes invocan el progresismo?¿Cuán razonables eran -y son- los integristas que se ignoran?

Hoy en casi todo el mundo tiene presencia inquietante el partido de los “puros”, una visión cátara de la política. Si eso es malsano y propicio para el pensamiento mágico, lo es también para el predominio de la psicología del autoengaño, que suele ser la antesala de los mayores errores políticos. La política presente está cayendo en esas tentaciones.







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