Escrito Fundacional

EL IMPARCIAL del siglo XIX nació independiente porque fue el primero en España en romper con la costumbre de hacer diarios de partido político. Fue una empresa periodística independiente, por eso tuvo un éxito espectacular. Cuando por altruismo, pero por error, quiso ayudar a una facción del partido Liberal (en 1906) o a un monarca como Alfonso XIII, tergiversó su propia semántica, arruinando su empresa sin servir a la libertad. Para el siglo XXI, queremos, además de un diario que recobre y conserve una distancia higiénica con los partidos y el poder político, un periódico que rompa con la dependencia de nuestro tiempo: la de hacer una prensa al servicio de grandes grupos de interés. No se nos encontrará, pues, en la gestión de concesiones porque el nuestro será el negocio de la verdad: de la verdad de los hechos confirmados, de su interpretación responsable y de su análisis profesional objetivo. Queremos ser sencilla y exclusivamente lo que proclamamos querer hacer: un diario liberal e independiente al servicio de la información y el análisis.

El Imparcial nació en la primera gran oleada de globalización de la segunda mitad del siglo XIX. Consciente de su tiempo, dejó sentado que un periódico en la época del ferrocarril, la navegación de vapor y el telégrafo, no podía ser sino políticamente liberal y técnicamente vanguardista. Nuestro Imparcial del siglo XXI, que renace en un mundo plenamente internacionalizado, debe retomar una tradición liberal que, en nuestro idioma y en ambos hemisferios, cumplirá pronto doscientos años. Así mismo, para continuar y reafirmarse en una línea técnica de vanguardia, nuestro Imparcial tiene además que configurarse como un periódico digital en formato PDF, en donde una actualización contínua de la información y su disponibilidad en la red pueda compatibilizarse con una lectura impresa.

El Imparcial del ochocientos fue el primer periódico en contar con una red de corresponsales profesionales dentro y fuera de España. Nuestro Imparcial será ahora la primera empresa mediática en español fruto de la colaboración y esfuerzo conjunto entre un grupo de experimentados periodistas y un núcleo de académicos internacionales. Queremos ofrecer una plataforma para que la mejor inteligencia académica salga de aulas y seminarios y preste su capacidad a la sociedad. Por eso nuestro periódico contará con un acervo particularmente significativo de análisis y debate. Procuraremos, pues, hacer un medio donde se reflexione más que se opine. La independencia y la objetividad son también un estilo. Y el nuestro será sobrio, escueto e informativo, preciso en la descripción, contenido en la adjetivación. Profiláctico con la opinión, vamos a ver si somos capaces de evitar la dolencia más común de los diarios en español, en los cuales los juicios de valor empiezan ya por contaminar los titulares. Porque no buscamos conformar la opinión de nuestros lectores sino contribuir, con informaciones contrastadas y análisis solventes, a que ellos se formen su propia opinión. Una opinión a la cual, con la información, debemos servir los términos del debate de los temas de nuestro tiempo.

Información objetiva y análisis riguroso es la única combinación con que podemos y sabemos ayudar a reorientar y serenar una deriva alarmante. Al contrario de lo que opina el grupo mediático más poderoso de nuestra lengua, no creemos que la democracia española pase precisamente por su mejor momento. Antes al contrario. Vivimos malos tiempos filosóficos. Presenciamos el asalto de un pensamiento progresivamente estridente, a la par que poco riguroso y desordenado, cuando no banal, vaporoso e insustancial. En este panorama, no debiera sorprendernos, aunque si inquietarnos, que los “encuesteros” hayan sustituido a los políticos, los sondeos precedan a las ideas y el diseño ocupe el lugar de los proyectos. La derecha, que en España había sabido retomar su travesía democrática haciendo posible la transición, no termina de librarse aún de ciertos hábitos hoscos y gestos destemplados, que ni distinguen ni matizan porque todo lo ensombrecen, o de algunas propuestas incoherentes que parecen querer convertir determinados derechos individuales en obligaciones sociales. El “sostenella”, en lugar de admitir los errores en que se haya podido incurrir, está lejos de resultar la política más adecuada para la funcionalidad del sistema, en la medida que contribuye a anclarnos en debates del pasado escamoteándonos el presente y hurtándonos el futuro. Los profesionales de la izquierda, por su parte, parecen querer recobrarse del estupor que les ha producido el colapso de tantos muros en el diván de un radicalismo intrascendente –para halago de algunos, irritación de bastantes e indiferencia de muchos- en combinación con un insólito shock de psicoterapia nacionalista e identitaria pre-ilustrada que han precipitado a la izquierda española en una sima filosófica de baja condición intelectual, extraña a sus orígenes y fundamentos ideológicos, hasta arrastrarla a confundir –en palabras de Fernando Savater- el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos.

No es, pues, extraño que, a pesar de una bonanza económica generalizada, la democracia en español –hecha salvedad quizá de algunas excepciones notables, como Chile- se encuentre en una situación delicada y degradada. En demasiados lugares que se expresan en nuestra lengua la seguridad jurídica no existe. En algunos de nuestros países, la división e independencia de poderes casi ha desaparecido y el parlamento se ha eclipsado hasta producir sistemas políticos que plebiscitan –como vaticinara lord Hailsham- dictadores por elección. En otros lugares, como en México, que habían logrado transitar a la democracia de forma mucho más suave, responsable y exitosa que lo hiciera la Europa continental en los años treinta, han amagado con un retroceso de casi un siglo, cuestionando lo que había llegado a ser uno de los comicios más fiables del planeta. En la Argentina se ha abierto un ajuste de cuentas –manipulado por empresarios de la política pero marginando a los historiadores profesionales- con un pasado reciente de pesadilla que parecía superado. En España, también asistimos estupefactos a la demolición, sin el menor rigor histórico, de una transición ejemplar y a la deformación cainita y maniquea, para su reventa política, de los rancios y sangrientos modelos excluyentes de 1936 que los hijos de los injustamente vencedores y de los justamente vencidos -en palabras de Julián Marías- habían creído superados para siempre. Y, en ambos países, se reeditan proyectos políticos hegemónicos, con su séquito de satanización y marginación del rival, que, si bien parten de orígenes, tradiciones y estilos muy diferentes, tienen un destino común funesto. Se trata, en suma, y para utilizar un giro porteño, de películas que ya hemos visto y ya sabemos que terminan mal. Debemos, pues, ayudar a retomar la senda sensata de nuestro never again. “Nunca más” dijeron los españoles de la transición y repitieron los argentinos al recobrar su democracia. Y así debe ser. Si pudo hacerlo Indalecio Prieto en tiempos tenebrosos, con mucha más razón hoy deberá El Imparcial resistirse a ser arrastrado por el séquito horrendo de las deudas de sangre. Por eso, será inútil buscar en nuestro periódico una cosechadora fantasmagórica de argumentos contrafácticos. Ni nuestro aliento es resentido ni nuestra tarea consiste en reponer las tristes batallas del pasado, fabricándole a la tragedia un desenlace invertido de ficción. Más bien estamos en proponer ideas y sostener métodos que nos eviten volver a librarlas. Nuestra política se hará con el presente y se proyectará hacia el futuro que no con estériles debates sobre el pasado, un juego siempre de suma cero.

Es preciso que El Imparcial ayude a situar el debate político entre parámetros razonables, evitando que la desmesura sirva para fabricar una caricatura como antifaz. Sin necesidad proclamar que el nacionalismo proteccionista va a arrasar y arruinar países como Venezuela, Ecuador o Bolivia, puede argumentarse la probabilidad de que contribuya a empobrecerlos, en la medida que necesitan atraer capital en lugar de ahuyentarlo. Sin tener porque vociferar para exagerar –o ridiculizar para disimular- con que España se rompe puede serenamente pensarse que la suma de las partes valdrá menos que el todo o certificar el hecho incontrovertible que hay industriales del nacionalismo que, ni en el gobierno del Estado, han renunciado a un maximalismo secesionista fileteado con el bisturí de etapas autonomistas. Es inútil buscar la tranquilidad pretextando un giro retórico. Porque las palabras condicionan las vidas y,a veces, de mala manera, nos advierte Félix Ovejero. Las ideas no son inocuas. Tienen consecuencias, como nos recordaba Hayeck. Y a la vista están. Hemos iniciado un viraje romántico, neo-medieval y premoderno, sustituyendo el lenguaje de los derechos por la mitología de las identidades como mortaja de la definición de la nación en términos de individuos, ciudadanos libres e iguales, para sustituirlo por un baratillo de territorios, y ya nos encontramos produciendo textos con vocación constitucional que “blindan” ríos y hasta manifestaciones folklóricas para esos condados o principados de opereta histórica –que diría Clarín. El recurso que pretende ignorar lo que se nos viene encima como grotesco es un pobre y engañoso consuelo. Porque, a la postre, lo grotesco es precisamente la manifestación de una realidad deformada. Y, en El Imparcial, nos interesan más las medidas áureas de la democracia que las deformaciones de la patología identitaria.

Es perfectamente legítimo, y puede que hasta acertado, remodelar un estado según un patrón semifederal con la mecánica de descentralización más breve e intensa que se ha conocido en Europa desde el Imperio de las Dos Coronas, pero no parece razonable que asistamos impávidos a desmontar quinientos años de historia con dos o tres golpes de estatutos a los que apenas han votado el 40% de su electorado autonómico. No hace falta sobreactuar el drama ni tampoco escamotear una realidad preocupante con el recurso de la caricatura para concluir que la situación es inquietante y merece nuestra atención. Algo habrá que decir al respecto. Y El Imparcial tiene el propósito firme de acudir a una cita de tanta trascendencia. La realidad es tozuda. Terminará por emerger en la superficie como un corcho –la expresión es orteguiana- más allá de mordazas del poder o malabarismo profesional de unos medios sesgados y partidistas. La tarea de El Imparcial está precisamente en anticiparla y ayudar a desvelarla, exponerla y analizarla con objetividad y responsabilidad. Juicio y valoraciones quedarán para nuestros lectores.

El privilegio de un periódico consiste en elevar a la categoría de noticia una ínfima parte de lo que acontece diariamente. Hay, pues, que elegir. Y elegir es renunciar también para El Imparcial. La pequeña historia de los políticos profesionales o empresarios del poder y las miserias de las querellas políticas de parroquia y campanario –que empequeñecen a nuestros países e irritan o deprimen a una parte sustancial de los lectores- serán sucesos pero no se encontrarán entre las noticias de El Imparcial. Por el contrario, daremos especial importancia y cobertura a temas que nos parecen más generales y transcendentes, de mayor vuelo y mejor sustancia. Asuntos que, por lo general, tienen en español un desarrollo más bien escaso y pobre de contenido o se encuentran muy desenfocados. La globalización ha hecho que ya nada humano nos pueda ser ajeno. El futuro de España –y de la América que habla nuestro idioma- está ya fuera de España. El “ensimismamiento”, que siempre fue una patología cultural, es hoy un suicidio político. Por ello, queremos que la proyección y la cobertura internacional sea una seña de identidad de nuestro periódico: en su aspecto político, económico, social, educativo y cultural. Noticias sobre Corea o la India, compartirán espacio con una crónica que nos explique las consecuencias de un movimiento corporativo en Japón y un análisis de la política argelina tendrá un tratamiento destacado, lo mismo que la política educativa en Finlandia, la crítica de una exposición en Venecia, a la par que un “Rigoletto” en el Covent Garden. El Imparcial, qué duda cabe, prestará una cobertura destacada, pero serena, a los dramas y tragedias de nuestro tiempo. Sin embargo, no olvidará la sensata y verificable constatación que nos hizo Popper antes de morir: nunca antes las cosas han ido mejor ni el futuro ha sido más promisorio. El Imparcial, pues, será un periódico con sentido de la perspectiva y ánimo positivo: un lugar, en suma, donde las buenas noticias –que, en español, son más que las malas- tengan un espacio relevante.

El castellano no es todavía una lengua internacional pero es desde luego un idioma universal. La segunda lengua occidental y el cuarto idioma más editado del planeta. Su fuerte crecimiento, su extensión entre más de 400 millones de habitantes y su elección por extranjeros como segundo o tercer idioma, convierten a las disputas de aldea que su enseñanza suscita en España en un hecho, además de irrelevante, patético a la par de sonrojante. El español es fundamentalmente un idioma americano. Y América no sólo estará muy presente como una realidad propia, es que El Imparcial será un periódico, en buena medida, hecho por americanos, un diario, pues, en español, más que un periódico español. Aspiramos a que la realidad americana se vea reflejada en Europa y que lo haga en versión original, de mano de los propios americanos. Pero queremos también que la realidad europea e internacional tenga su proyección en América y España con acento occidental. Porque nos preocupa que, por lo general e incluso a pesar de su calidad profesional y aporte informativo –y esto es lo más inquietante- la marginalidad y el desenfoque de los periódicos en español en el tratamiento de temas internacionales sea tan llamativa. Un poco de atención a los medios extranjeros de primer nivel, bastará para convencernos que nuestros periódicos –independientemente de su tendencia- no están en el debate ni emiten en la misma sintonía que sus homólogos occidentales. La distancia entre el discurso mayoritario –aunque no por ello menos marginal y tercermundista- en español y la realidad política internacional es considerable, casi abismal cuando se tratan cuestiones relacionadas con los EE.UU. de Norteamérica. Y lo más chocante es que, con frecuencia, se toman prestadas, para su difusión y propaganda, posiciones contrarias a los intereses objetivos de nuestros países. El asunto es serio, en algunos aspectos, urgente y alarmante. Porque los lugares que se expresan en español, por razones varias y complejas, están dejando de ser una colección de países irrelevantes. México, por su frontera norte, por sus dimensiones físicas y realidad bi-oceánica abierta al Pacífico, por su proyección demográfica, es el país de habla española llamado a entrar en el restringido club de países continentales. Tendrá, le guste o no, que desempeñar un papel internacional en consonancia con una relevancia creciente. España, que en el último medio siglo ha sabido manejar su propia catástrofe con discreción, se ha integrado en –y convergido con- Europa de forma espectacular, hasta ocupar un lugar entre las ocho economías más grandes del planeta, con un producto mayor que el de Brasil o Canadá. Pero está por demostrar que los españoles sean capaces de asimilar las consecuencias de su éxito con la misma mesura que su fracaso y de comprender que, sus nuevas dimensiones, y su posición estratégica entre dos continentes y dos océanos, plataforma entre el Hemisferio Occidental y el Medio Oriente, presenta oportunidades en la misma medida que riesgos.

Para aprovechar las unas y afrontar los otros, los hispano-hablantes tendrán que sustituir el complejo de culpa por la voluntad de razonar, la moralina por el pensamiento, juicios de valor por análisis y evaluaciones. Es inútil que los españoles miren con añoranza a la molicie aislacionista de un pasado reciente irrelevante. Va a resultar más realista que se reconcilien con el crecido volumen de su nuevo cuerpo y que sean ellos mismos, en lugar de otros, quienes elijan su propia indumentaria internacional. Son ya demasiado grandes como para esconderse. Demasiado importantes como para “recogerse”, que decían los conservadores en el último cuarto del siglo antepasado. Deberán, pues, contener su miedo escénico y salir al estrado internacional. Entre otras cosas, porque, volens nolens, como a los actores primerizos, les van a empujar a las tablas sus propios compañeros de reparto, ya sea en el papel de aliados o de villanos. No les van a dejar en paz. Les sacarán a la palestra, aunque sea a bombazos. Y lo cierto es que ya lo han hecho. Desde El Imparcial reorientaremos nuestro foco internacional para evitar que los españoles confundan pretextos con causas y, en lugar de flagelarse con exorcismos meaculpistas judeo-cristianos, como dice André Glucksman, se cuestionen racionalmente si los terribles ataques que sufrieron ayer -y los que les amenazan hoy- son la respuesta aleatoria de a dónde fueron, o más bien la consecuencia estructural de dónde están (en Andalucía y en el Estrecho) y de cómo son (occidentales). En sus páginas internacionales, pues, nuestro periódico deberá contribuir a que los españoles recompongan la mala relación que han tenido con la realidad y, empezando por diferenciar lo que les gusta de lo que les conviene, miren su mapa –histórico, cultural, lingüístico, económico y geoestratégico- y dejen de jugar con el tablero internacional en clave ideológica o en función de colores y aficiones. En sociedades plurales como las nuestras, gustos e ideas son variados; valores e intereses nos unen a todos porque son semejantes. Será tarea de El Imparcial reflejar la diversidad de la primera pareja sin erosionar la integridad de la segunda.

Los Lunes del Imparcial fue el suplemento cultural más importante en lengua española durante décadas. En un proyecto como el nuestro, en que el componente académico está presente en el origen y en la elaboración del producto, la aventura cultural es un derivado, más que obligado, casi natural. Pero nuestro nuevo periódico tiene que competir en un medio de muy buen nivel y no sólo en España, también en la Argentina, México y Colombia. El Imparcial tiene que destacarse aportando la variedad, profesionalidad y universalidad de nuestros académicos. Una vez más, debemos ser capaces de aportar un tono internacional en la selección de colaboradores, en los libros escogidos y en las manifestaciones artísticas elegidas, de modo tal que nuestros lectores se sientan conectados con el ancho mundo en español y en sintonía con los centros de cultura y pensamiento de mayor relevancia universal.

Ahora… operibus credite et non verbis, nos recomendaba El Sol en su estreno editorial de diciembre de 1917.