20 de noviembre de 2019, 5:32:00
Críticas de Teatro

Reflexión sobre la cámara y la conciencia


La piel en llamas, de Guillem Clua, el ojo de la Historia



La piel en llamas, de Guillem Clua
Director de escena: José Luis Arellano
Escenografía: José Luis Raymond
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Intérpretes: José Luis Alcobendas, Helena Castañeda, Chani Martín y Marina Seresesky
Lugar de representación: Teatro María Guerrero. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

El drama de Guillem Clua nos sitúa ante un dilema moral que todos hemos experimentado en los cómodos sofás de nuestras casas: ¿cuál debe ser nuestra reacción ante el sufrimiento ajeno, cuando los medios de comunicación nos muestran las atrocidades inauditas que se cometen a diario en las innumerables guerras del mundo? A nadie se le oculta que esas imágenes cotidianas del horror transfiguran el sufrimiento de los otros en un espectáculo que nos estremece solo durante unos minutos –agitando en nosotros, quizá, un morboso apetito por contemplar calamidades, amortiguado por un contrario sentimiento de compasión-, nos distrae un breve lapso de tiempo y nos devuelve de nuevo a una confortable indiferencia. Comprometerse, desde nuestra pequeña vida, con tan gigantescos acontecimientos sería un empeño imposible. Pero, al mismo tiempo, no ver, o no comunicar esas imágenes del terror sería igualmente inaceptable porque son un testimonio de lo que está ocurriendo que no tenemos derecho a soslayar ya que no podemos cerrar los ojos a la verdad. Hasta el punto de que Matthew Brady, dueño de la casa fotográfica que registró las brutalidades de los combates durante la guerra de Secesión de Estados Unidos, sentenció con absoluta exactitud que: “La cámara es el ojo de la Historia”. Un ojo que jamás se debe cerrar. Un auténtico dédalo, por lo tanto, de contradicciones para nuestra ética.

En La piel en llamas, Guillem Clua se adentra en este laberinto moral haciendo que un reportero de guerra occidental, Frederick Salomon, se vea obligado a retornar a un inconcreto país del Tercer Mundo en cuya guerra civil, veinte años antes, captó una espeluznante fotografía que le hizo célebre. Es un acierto que su protagonista pertenezca al fotoperiodismo, por más que las imágenes que habitualmente consumimos nos lleguen a través de las pantallas televisivas o de Internet. Pero la fotografía de guerra, sin embargo, atesora sin duda una contundencia y una capacidad de síntesis de lo cruel imborrables, tal como lo glosó Susan Sontag al meditar sobre lo singular de la foto: “El conjunto de imágenes incesantes de la televisión, el vídeo y las películas constituye nuestro entorno, pero a la hora de recordar, la fotografía cala más hondo. En una era de sobrecarga informativa, la fotografía ofrece un modo de comprender algo y memorizarlo. La fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio.” Y la fotografía que convirtió en una celebridad a Frederick Salomon poseía todas esas cualidades en su máxima expresión. Su instantánea había recogido el momento en el que la explosión de una bomba de la aviación hacia saltar por los aires a una niña solitaria en una plaza pública, con la piel de su espalda en llamas y una mirada extraviada pidiendo ayuda a la cámara que apuntaba hacia ella. Pero el Ojo de la Historia está capacitado solo para capturar una espantosa verdad y no para dispensar protección o auxilio.

A su regreso al lugar de los hechos veinte años después, Salomon será entrevistado, en la habitación del hotel donde se aloja, por una periodista local, Hanna, que desata toda la virulencia, perfectamente viva, que su fotografía trae consigo. La foto lo libró del anonimato, puso en marcha los mecanismos de la fama y el dinero. El dolor ajeno promocionó al testigo imparcial. Nunca ayudó a aquella víctima, jamás supo más de ella, ni su nombre ni su destino. Aunque el hostigamiento de Hanna saca a la luz cuestiones aún más ocultas: el sentimiento de culpa de Salomon, sus heridas físicas y psicológicas, el dolor destructivo de una fama obtenida a costa del sufrimiento de los inocentes, que hace añicos su inestable existencia.

Creo que no es casual que Gillem Clua designe a su periodista como: “Salomón”, pues ese nombre indica un bautizo irónico. Salomón quiere ser ecuánime, imparcial, dar un testimonio neutral, “salomónico”. Pero las consecuencias no fueron jamás salomónicas. Sus fotos ayudaron a un bando en la contienda y perjudicaron irreversiblemente al otro, así como su vida no salió indemne, pues no solo quedó en deuda sino que fue profundamente herido de los modos más imprevistos. Aunque use guantes de latex para no contactar con la realidad, su objetividad salomónica estalló hace mucho tiempo, al unísono que estallaba el artefacto explosivo de su instantánea. Teatro en estado puro si entendemos por teatro un conflicto puesto en escena, pues los golpes y los contragolpes entre Salomon y Hanna se suceden sin respiro, batiendo sin clemencia a su oponente, desplegando con ferocidad sus puños dialécticos y sus estrategias para imponer sus objetivos sobre el contrincante. Momento antes, en la misma habitación, se está desarrollando otro despiadado combate entre un delegado de Naciones Unidas y una chica del país hundido en la miseria. Ambas mujeres llevan la piel de la espalda quemada por el fuego de las llamaradas de la guerra.

La máxima virtud teatral exhibida por Guillem Clua en La piel en llamas es el implacable ritmo de la confrontación verbal y psíquica que los cuatro contendientes llevan a cabo sin tregua en el escenario, atrapando al espectador con una fuerza hipnótica. La dirección de José Luis Arellano ha entendido esa esencia despiadada e inexorable de este durísimo texto, proporcionándole una impecable articulación, en la que los actores responden como piezas infalibles. El mecanismo diabólico que enlaza el sufrimiento de la guerra con la información, el dinero y la celebridad, se acopla a la perfección con el dispositivo no menos maquinal y diabólico de la lucha a la que se ven abocadas estas cuatro existencias.

El interrogante moral que explora Guillem Clua gana muchos enteros al eludir planteamientos maniqueos. No se trata de Occidente sacando partido de las desdichas en naciones tercermundistas. El fotógrafo Salomon tiene su cuota de víctima, tanto como Hanna posee su cupo de arribismo, del mismo modo que la historia paralela nos ilustra sobre el grado de crueldad sin sentimiento de culpa que florece en la impunidad, a la vez de denunciar que las auténticas víctimas caen por el terrorífico sumidero de la degradación, la humillación aceptada y la muerte anónima cuando no hay testigos. Las entrañas del dédalo moral abiertas sin tabúes a nuestra conciencia.
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