27 de julio de 2021, 7:57:30
Opinión


El populismo no es de derechas

Guillermo Ortiz


Los medios de comunicación miran a Francia buscando el espejo en el que reflejarse pero solo encuentran imágenes distorsionadas. Tan empeñados están en buscar indios y vaqueros, buenos y malos, “los nuestros” y “los otros”, que se lanzan a ese forofismo tan español de Pío Cabanillas, un “vamos ganando, pero no sabemos quiénes” que aterra. En efecto, aún no había acabado el recuento de la primera vuelta cuando un periódico tituló en su edición digital –y lo repitió en la de papel- aquello de que el triunfo de Hollande suponía un triunfo de la izquierda europea, sin importarle el hecho de que entre el propio Hollande y el otro gran candidato de izquierdas, el extremista Jean-Luc Mélenchon solo rozaran el 40% de los votos.

Más preocupante me pareció sin embargo que un conocido medio conservador prefiriera narrar la jugada al revés y contar los votos “de derechas” para afirmar el triunfo local en campo visitante. En su recuento, el periódico juntaba los votos de Sarkozy y Le Pen y, efectivamente, el porcentaje le salía superior: por encima del 45%.

Desde hace tiempo, los términos “izquierda” y “derecha” han perdido tanto significado que resultan molestos. Son estrategias de mercado, sin más, maneras de azuzar el odio ajeno y el beneficio propio. Mucha gente está viviendo muy bien de “ser de derechas” o “ser de izquierdas” olvidando por completo las medidas concretas que encierra cada estereotipo. A nadie se le escapa que determinada izquierda lleva enrocada en el “No pasarán” demasiadas décadas sin llegar a preocuparse del todo de quién está dentro y quién fuera de la supuesta muralla.

Así, el propio Mélenchon dejó claro la misma noche electoral que “hay que hacer lo posible por que no vuelva a gobernar Sarkozy”. A mí no me parece ni bien ni mal, pero antes de pedir el voto por Hollande, igual convenía decir algo positivo sobre él. Recuerda a aquel debate en el que Rubalcaba pasó dos horas intentando explicar por qué no había que votar a Rajoy mientras al candidato popular solo le faltaba poner los pies sobre la mesa y abrirse el Marca, encantado de que su contrincante le hiciera toda la propaganda.

La reciente decisión de Izquierda Unida de apoyar a un gobierno socialista con claras y muy recientes vinculaciones con una trama de corrupción masiva y desvergonzada en Andalucía es un ejemplo más del empeño por que las etiquetas estén por encima de la realidad. Ceder el poder de antemano, a cambio de nada, solo por defender “la causa” que supuestamente comparte con el PSOE, es un error tremendo que impide unas negociaciones con posibles contrapartidas para los votantes. Si el PSOE ya sabe que IU le va a apoyar pase lo que pase, ¿por qué introducir modificaciones a su programa de 30 años de gobierno?

Eso sí, consejerías las que quieras. Y ahora te paso un par de números de teléfono.

En fin, quería volver al titular que unía a Sarkozy y Le Pen bajo el epígrafe “la derecha”. Lo hubiera entendido en un medio progresista, es decir, lo hubiera entendido como un insulto. Lo triste es que no lo era. El periódico reivindicaba a Le Pen como parte de la tribu, venía a decirle al lector: “Han ganado los nuestros”. Y entre “los nuestros” aparecía el incómodo apellido de una saga de racistas populistas con una querencia por el fascismo a la vieja usanza que va más allá del tópico: un pueblo, un estado, un líder. O su descendencia.

No. El populismo no es de derechas. Tampoco tiene por qué ser de izquierdas. El populismo es un fantasma que recorre Europa en estos momentos como una amenaza latente. Cuando los partidos de referencia se convierten en cajones de sastre de corrupción y enchufismo, cuando los ciudadanos pierden la confianza en sus políticos porque ven que solo gobiernan para sus ejecutivas y no para sus votantes… es el momento del líder carismático que promete soluciones instantáneas. Estandartes de la masa enfurecida.

Hace mal la prensa conservadora en arrogarse la filiación de Le Pen. Muy mal. Unir el Frente Nacional francés al nombre de Sarkozy es una manera de legitimar su discurso antisistema. Llamemos al populismo por su nombre y protejámonos de él, no vaya a ser que acabemos vagando cuál triste Martin Niemöller repitiendo aquello de “primero fueron a por el enemigo pero a mí me dio igual, porque yo no era el enemigo”, olvidando que sí, que el enemigo, en tiempos de odio, puede ser cualquiera.
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