28 de enero de 2020, 15:50:29
Opinion


La reina Isabel II en su jubileo

Juan José Solozábal


El jubileo de diamantes de la Reina Isabel II está sirviendo de ocasión para llevar a cabo un inventario cuidadoso de la monarquía británica. Después de todo, y frente a lo que ocurre en otros países, los británicos miden la historia por los reinos de sus monarcas. Cierto, no se han cubierto las expectativas de Winston Churchill que en 1952 saludaba la ascensión de la segunda Reina Isabel al trono inaugurando “una nueva era isabelina”. Más bien hay que conceder que Isabel II ha sido la reina “de una nación en declive”. Pero con todo y con ello no es poca la ilustración, y quien sabe si enseñanzas, que el modelo británico monárquico ofrece.

David Gerber presenta en el último número del Times Literary Supplement una review de los cinco libros que han aparecido, principalmente en inglés, referidos a la figura de la Reina. Más allá de algún deje hagiográfico, inevitable seguramente, en ellos se plantean algunas cuestiones interesantes desde el punto de vista político o constitucional. Así se destaca en buena parte de los libros de referencia el esfuerzo de la Reina por crear una “monarquía social (welfare monarchy) con la familia real desempeñando el papel de trabajadores sociales en el sector público y el voluntariado, actualizando la tradición de la benevolencia y el paternalismo de la realeza. Se destacan las capacidades de la Reina en el terreno político, sea cuando se trata de solemnizar la intervención del Estado , por ejemplo en su visita a Dublin “envuelta en el traje verde esmeralda” encarnando el espíritu de la reconciliación anglo-irlandesa, o bien en las relaciones con los Estados del Golfo donde los gobiernos han utilizado a la Reina para proyectar el “soft power” británico, toda vez que, como es sabido, los emires prefieren tratar con sus pares de sangre azul antes que con políticos comunes. Gerber parece referirse a las ocasiones en las que Walter Bagehot, el analista constitucional del siglo XIX,
pensaba que correspondía al Rey “advertir” en el ejercicio de sus funciones. Repasando las relaciones de la Reina y los once primer ministros que ha habido durante su reinado deja apuntado que el estilo socrático de la conversación de la Reina ha provocado más de una vez un cambio de actitud en el jefe de su gobierno.

Nada parece permitir alinear a la monarquía británica con las insignificantes monarquías “en bicicleta”(bicycling monarchs) del norte de Europa. La dedicación de la Reina a la Commonwealth ha subrayado el vacilante europeismo británico. El respeto alemán hacia la Reina , “no sabríamos vivir sin los Windsor”, denota más que una dependencia del lustre mediático, un reconocimiento del papel de la reina, en correspondencia al ascendente hanoveriano de la dinastía, en el término del aislamiento alemán tras la segunda guerra mundial. Interesante también el testimonio en la bibliografía de referencia de las duras negociaciones entre los sucesivos gobiernos y el palacio de Buckingham sobre el Presupuesto real y el gasto de la Corte.

Lo que estos libros ponen de manifiesto es la dificultad de la Reina por desempeñar unas funciones que van, sin duda , más allá de sus atribuciones como poder del Estado. La reina es la cabeza tanto del Estado como de la Nación. Las obligaciones jurídicas de la Reina son relativamente fáciles de desempeñar, pues se encuentran establecidas en el derecho constitucional británico, a través de leyes y convenciones. Las obligaciones con la Nación son de tipo moral y requieren un compromiso de ejemplaridad que fija la ética y exige la opinión pública. Isabel II las asumió claramente en su discurso radiado el día de su veintiún cumpleaños cuando dirigiéndose a toda la Commonwealh, declaró: “dedicaré a vuestro servicio toda mi vida, sea larga o corta.. Que Dios me ayude a cumplir mi promesa”.

Parece que lo está logrando. Al menos la reseña de David Gerber no deja rastro de demanda alguna de abdicación de la Reina del jubileo.
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