16 de abril de 2021, 23:20:37
Opinión


Moscú: una vida a la velocidad de la Formula 1

Irina Bulgákova


Cuando uno va de viaje a su país natal después de llevar un año en el extranjero, suele estar más atento a las cosas de su alrededor, el ojo es más agudo y capta inmediatamente varias peculiaridades de la vida en una gran ciudad a las que no prestaba su atención cuando vivía ahí.

En los tiempos que estamos viviendo del desarrollo rápido, la globalización, la aceleración permanente de la vida, parece que ya nada nos puede asombrar. No obstante, la ciudad como Moscú rara vez deja de sorprender por la grandeza y la abundancia de cualquier cosa que contiene. La longitud de las calles, la multitud de la gente y los coches, la magnificancia de los rascacielos, la variedad de los centros comerciales y los restaurantes para todos los gustos, son las piezas inherentes de la capital rusa.

Moscú es una ciudad que tiene sus propios rasgos. En los museos pasan los trenes (se refiere al metro moscovito destacado por su belleza singular, por lo cual ha obtenido su fama mundial). Los golpecitos suaves en el hombro para pasar el dinero al conductor en los taxis urbanos, una costumbre rusa para pagar por el viaje en el transporte público. La gran mayoría de los supermercados y restaurantes moscovitos están abiertos hasta las 23:00 o 00:00 horas de la noche y no se cierran al mediodía. Y aún más, paseando por las calles ví una sucursal bancaria abierta el domingo.

Desde luego, en los tiempos de crísis en las que todos los países parecen estar sometidos según mi percepción propia en Moscú no hay crísis y espero que no haya. Es verdad, que Moscú nunca duerme y se vive ahí con la velocidad del paso de los coches de Formula 1.

Hasta el cambio de las estaciones del año sufren esta rapidez asombrosa. En efecto, el tiempo se cambia con los pasos bien avanzados acercando la ciudad hacia la primavera. Cuando llegué, el calendario indicaba el 8 de abril y los porteros recogían con afán la nieve derretida, pero trascurridas dos semanas los mismos porteros ya pintaban las barandillas de los jardines urbanos de color verde y amarillo. El tiempo primaveral se instaló con una rapidez admirable.

La vida cultural también brota a raudales llenando el aire mosovito de la atmósfera bohemia. Los conciertos, las presentaciones del libro, los estrenos teatrales y los musicales con nueva fuerza se apoderaron de la capital. Entre las sorpresas más agradables se encuetra la apertura del Teatro Bolshói después de seis años de obras. No pude pasar sin pararme delante del cartel “La Magia del baile popular. España y Rusia” puesto en la cartelería de la sala de conciertos del Kremlin, un recuerdo de España en pleno centro de Moscú.

Frente a la Biblioteca Estatal Rusa descubrí una nueva librería, abierta hace poco, que dispone de cafetería, un espacio donde cada visitante puede disfrutar de un café leyendo un libro. Y a partir de las 17:00 horas de la tarde empiezan las presentaciones de las nuevas obras literarias. Rusia siempre se distinguía por su número de lectores y el sitio público más destacado, además de las bibliotecas, era el metro. Ahora, como nunca antes, predominan los E-Books, los libros digitales. Seguramente, dentro de poco tiempo, será más raro ver a una persona leyendo el libro en papel que en el formato electrónico.

En mi último día de estancia en Moscú, antes de mi regreso a Madrid, decidí darme un paseo más por el centro de la capital. Tenía la sensación de ser la única moscovita, perdida entre los grupos de turistas, mayormente extranjeros, haciendo las fotos en la Plaza Roja, frente a la Catedral de San Basilio y al Museo Estatal de la Historia. Y, atrapada por el bullicio urbano pensé que una persona puede vivir en cualquier lugar del mundo, pero cuando regresa a su ciudad natal siempre se encuentra acogida por un cariño familiar y un sabor muy agradable, algo que, le hace sentir que esté donde esté, siempre lo llevamos en nuestra corazón.
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