19 de agosto de 2019, 2:12:07
Opinion


Cruz Roja Española pide ayuda para ayudar

Alicia Huerta


Mientras la prima de riesgo sigue subiendo por encima de ese límite que los expertos señalaban como último síntoma para que se intervenga y se salve la maltrecha existencia de un país, sin que pase aparentemente nada, y los políticos continúan a la gresca a cuenta de lo que unos no hicieron y de lo que otros hacen sin que nos luzca el pelo, Cruz Roja Española alza su voz para hacer un llamamiento urgente, de esos que sólo estamos acostumbrados a escuchar después de que suceda un terrible terremoto o una salvaje inundación en algún remoto rincón del mundo. El SOS de la organización humanitaria llega dramático, como dramática es la situación actual de las cerca de 2.100.000 personas que ya están atendiendo desde hace tiempo.

De acuerdo con Cruz Roja, en nuestro país hay 1.729.000 hogares con todos sus miembros en paro, y parece evidente que si la palabra hambruna aún no encabeza muchos titulares es, simplemente, porque todavía nos creemos un país de primera división. Y en los países desarrollados, no se habla de hambrunas. En todo caso, de precarias situaciones. ¿Pero puede un país seguir pensando que es del grupo de los top cuando lo previsible es que la única cifra que siga creciendo sea la de españoles que están cerca de lo que la Unión Europea define como riesgo de pobreza o exclusión social? Las organizaciones humanitarias como la propia Cruz Roja o Cáritas, que también lucha para no verse desbordada por la ayuda que prestan a las cada vez más numerosas personas que llaman a su puerta, saben que su asistencia es vital para que nadie se quede sin algo que llevarse a la boca cada día, pero advierten que esta situación conduce irremediablemente a que aparezcan casos de nutrición inadecuada, pobreza energética – es decir, frío – y la evidente incapacidad para hacer frente a imprevistos. Y más cifras lanzadas por Cruz Roja en este llamamiento que nadie debería de pasar por alto ni un minuto más: el 43,2 % no puede poner la calefacción en invierno y el 26,2% no puede permitirse comer carne o pescado 3 veces por semana.

El agravamiento de esta crisis socioeconómica que no acaba por tocar fondo ha hecho que la organización humanitaria pida más ayudas. A todos. Al menos, para poder atender hasta finales de 2013 a 300.000 personas que ya se encuentran en lo que Cruz Roja ha denominado situación de extrema vulnerabilidad. Parece imposible que a estas alturas haya quien aún mire para otro lado. Sí, es responsabilidad de las instituciones prestar ayuda a los ciudadanos que la precisan, pero ¿justifica eso que los demás no hagamos lo que esté en nuestras manos para ayudar, por muy humilde que pueda ser esa contribución? ¿Se exime uno de apoyar a su hermano por el hecho de que los padres no ayuden, más ocupados en tirarse los trastos a la cabeza que en cuidar de que a su prole no le falte lo necesario? El ejemplo de la familia Larsen sirve para subrayar que es la solidaridad entre los seres humanos de cualquier lugar del mundo lo que jamás debería atravesar una crisis. Igual que si se tratara de una catástrofe producida por las fuerzas de la naturaleza, los Larsen supieron, desde su país, de la trágica situación personal de Azucena Paredes, una española de 30 años que perdía la casa en la que vivía con sus tres hijos pequeños, su madre y su abuela. Impresionados, los Larsen no se limitaron a comentar con horror lo que acababan de ver en televisión, pensando que son tantos los casos de personas que lo pasan mal en el mundo que su ayuda sería como un inservible granito de arena en el hostil desierto. Desde el pasado diciembre, esta familia noruega envía a Azucena 400 euros mensuales, y que le pregunten a la destinataria si sirven o no para algo. El llamamiento de Cruz Roja nos mira a todos a los ojos y nos pregunta qué somos capaces de hacer. Cada uno de nosotros. Porque está claro que hay que seguir mirando con esperanza al futuro, pero sin que ello se convierta de una huida hacia delante en la que dejamos a otros tan atrás.
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