23 de septiembre de 2021, 22:18:59
Mundo

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL


Hoy se celebran elecciones presidenciales en Egipto



En relación con los levantamientos populares que surgieron no hace más de quince meses en varios países del mundo árabe, con su repercusión y eco en la opinión pública española, cabe esquematizar lo que sigue.

Recordemos el saludo caluroso -hasta vehemente en algunas firmas- que se dispensó a la “primavera árabe” en sus dos versiones norteafricanas: la tunecina y la egipcia. En principio, se depositó un caudal político esperanzador en la capacidad regeneradora que introdujeron los movimientos anti-autoritarios escenificados en el Bulevar Bourguiba de Túnez-capital y en la Plaza de la Liberación de El Cairo. El País ha sido el periódico más significado en apostar, aunque comedidamente, por los beneficios que del cambio político en el norte de África pueden derivarse. En cambio, diarios más conservadores como ABC y El Mundo, sin dejar de celebrar aquellos levantamientos, han manifestado algunas reservas en relación con el protagonismo de los partidos políticos de signo confesional musulmán, que se han visto favorecidos por el respaldo popular en las urnas.

La primera de las dos posturas a las que se ha apuntado aquí, parece haber suavizado su fervor inicial hacia las revueltas árabes durante los tres últimos meses transcurridos. Por el contrario, aquéllos que ab initio mostraron ciertas reticencias sobre las consecuencias y resultados de la “primavera árabe” (manipulando, como es de rigor, el recelo islamófobo común a una cierta Europa), han entrado últimamente en fase de alarma ante la perspectiva electoral que se avizora en el horizonte inmediato de las presidenciales en Egipto.

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Las próximas elecciones del 23-24 de mayo en Egipto vienen gobernadas por una ordenación que premia al candidato que obtenga más del 50% de los votos emitidos por la población del censo con derecho a sufragio; sin embargo, de no darse este caso, la ordenación reguladora establece una segunda vuelta, aunque sea exclusivamente entre los dos candidatos más votados en la primera ronda.

El cuadriunvirato que más polariza el favor de los egipcios está integrado por:

- Arm Moussa, un veterano político en plenas facultades, a pesar de sus setenta y cincos años de edad. Sectores liberales, aunque de orden, le son favorables incondicionalmente. No es malquisto en Washington DC.

- Otro presunto candidato es Mohamed Morsi, hombre de significación islamista, marcada por el respaldo que le viene prestando la Cofradía musulmana de Los Hermanos, pero un tanto debilitado a lo largo de los dos últimos meses desde dentro de la Cofradía.

- Aboul Fotouh (Abdel Moneim) jugaría el papel de “tercer hombre” en este reparto, estelar donde lo haya actualmente en Egipto. Como se ha comentado con anterioridad en EL IMPARCIAL, se trata de un fiel creyente de estirpe islamista que ha ido evolucionando hacia posiciones aperturistas a la modernidad; hasta tal punto que ha sido aborrecido por los suníes más ortodoxos y la corriente salafí en alza.

- No habría que descartar, por último, a un veterano oficial de las fuerzas aéreas egipcias, Ahmed Shafiq, que ejerció de primer ministro (efímero) a la caída de Hosni Mubarak en febrero de 2011. Los partisanos de un presidente “fuerte” a la cabeza de la segunda república egipcia, lo tienen servido en bandeja, aunque una importante mayoría de la población no desea recordar los decenios del abominado dictador.

- Aunque la fortuna es veleidosa, los otros siete candidatos a ser coronados por el voto popular no cuentan con mucho respaldo popular, insuficiente, al menos, para hacerle sombra al cuadriunvirato que encabeza la relación de ganadores más sonada hasta la fecha en los medios y redes egipcios.

Emocionante, sin lugar a dudas, es la liza electoral del 23 de mayo en el país del Nilo debido al concurso de factores concomitantes que concurren en Egipto: tales como el peso histórico de sus civilizaciones; la aureola religiosa e intelectual de su impronta (en la Umma); la importancia estratégica de su emplazamiento geográfico; el hecho de ser el país más poblado del mundo árabe (unos ochenta y dos millones de habitantes, de hecho); y las relaciones tortuosas que ha mantenido con Israel, a pesar de la firma de los Acuerdos de Camp David en 1978.

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Ahora bien, indistintamente de a quien sonrían las urnas, el primer presidente de la segunda república de Egipto se enfrenta a un desafío de calibre considerable. Así lo resume, comprimidamente, el semanario británico The Economist: “Los 15 meses que han transcurrido desde la caída de Mubarak han asistido a una hemorragia de 2/3 de las divisas con que contaba la nación; la tasa de desempleo ha subido a cerca del 13% y el déficit del presupuesto gubernamental ha escalado hasta el 10% del PIB, financiado merced a préstamos sometidos a un tipo de interés que linda con el 17%”. Ante la evidencia de estos datos, no es envidiable la situación del candidato que salga electo en la primera vuelta de las presidenciales egipcias y -en caso de necesidad- en la segunda y última, cuya fecha de celebración se sitúa entre el 16-17 de junio próximo.

A nadie se le escapa que a orillas del canal de Suez, se iniciará en breve una jornada política trascendental para el mundo árabe, e islámico, también.
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