21 de septiembre de 2021, 2:10:23
Nacional

DESDE OTRA ORILLA


Hablemos de (la Agencia) EFE



Hubo un tiempo en mi vida de relación internacional en que, bien fuera la Asamblea Parlamentaria del Atlántico Norte, o la de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, o la Internacional Democristiana, me llevaron a lugares de pelaje más o menos exótico pero alejados de lo que normalmente se entiende por los sitios frecuentados en el tráfico exterior. Pienso en ciudades como Yerevan, en Armenia, o Bakú, en Azeirbajan, o Tiblisi, en Georgia, o Almaty, en Kazakstán. O Pristina, en Kosovo, o Skopie, en Macedonia. En todas ellos, y por razones que escapaban a mis previsiones, solía venir a mi encuentro, solo o junto con periodistas de los medios locales de información, un representante de la Agencia española de noticias EFE. Eran aquellos, tiempos en que la diplomacia española no había llegado tan lejos y en que la noción de lo español era por demás lejana. De hecho, los que en diversas maneras trabajaban para EFE —y la mayor parte de ellos, sino todos, lo hacían de manera ocasional, alternando sus obligaciones hacia la agencia española con otros menesteres- no eran españoles y solían tener una noción remota de nuestro idioma. Pero todos sin excepción alardeaban con orgullo de su relación con la Agencia y pude comprobar que cumplían con su trabajo con la minuciosidad y la eficiencia de buenos profesionales. Era aquella una excelente demostración de lo que más tarde se ha venido en llamar “diplomacia pública” practicada por gentes que solo tenían con nuestro país una lejana relación contractual a través de lo que se me aparecía como la benévola, universal y omnipresente presencia de la agencia estatal de noticias, la Agencia EFE.

Quizás no sean estos los momentos más adecuados para cantar las excelencias de lo “publico”, cuando tantos desmanes se han practicado en su nombre, pero absurdo seria someter al mismo rasero lo bueno y lo malo que en ello tiene su origen. Y de entre la abundante paja desechable retengamos al menos, y entre otros, el grano de la ingente contribución que la Agencia EFE, veterana ya de tantas lides, ha realizado, realiza y puede seguir realizando a los mejores intereses de España y de lo español. Incluyendo en ello naturalmente al mundo hispanohablante americano.

En muchos sentidos EFE es por antonomasia la agencia informativa que mejor y más adecuadamente sirve las necesidades comunicativas del universo que utiliza nuestra lengua. Constituiría un suicidio cultural, político e informativo que en la urgencia de la racionalidad económica EFE sufriera mas allá de lo que fuera imprescindible para mantener su viabilidad y su vigor. Tanto más cuanto que su alcance y su impronta no tienen nada que envidiar a proyectos similares que con los mismos orígenes se mueven en universos lingüísticos diferentes. Repárese en los instrumentos franceses, británicos, italianos, portugueses, polacos o rusos para comprobar la veracidad del aserto.

Claro que ahora, cuando el desánimo cunde ante la parvedad de nuestra situación financiera y económica, los arbitristas habituales pretenden recurrir a la magia de la imagen -la “marca España” le llaman- para paliar las insuficiencias de nuestra realidad y algunos pudieran estar tentados en incluir a EFE entre los elementos aptos para facilitar la manipulación. La desnuda verdad es que EFE ha ganado su bien adquirido prestigio sobre la calidad imparcial de sus informaciones y la profesionalidad intachable de sus trabajadores, al servicio de una buena información en español. La desnuda verdad es también que los servicios prestados por la Agencia, a los que diariamente se suman otros que la necesidad y la imaginación crean, pueden llegar a tener un razonable nivel de rentabilidad económica, que una dirección atenta a la creativa austeridad que los tiempos imponen puede significativamente multiplicar. EFE merece la atención y el cuidado que su larga y positiva trayectoria tiene más que merecidos. No para convertirse en instrumento de propaganda —lo que nunca fue- sino para seguir certificando con veracidad y en español lo que ocurre en España y fuera de ella. Y en la medida en que nos toque seguir practicando el acreditado y provechoso deporte de viajar por el cada vez más ancho y menos ajeno mundo, sepamos que en cualquier rincón de su variopinta faz nos podemos habitualmente encontrar con alguien que con tanta modestia como determinación, allí cuando ningún otro acude a recibirnos, nos dice orgullosamente ser el delegado, corresponsal o simple encargado de la Agencia EFE, “para servir a Dios y a Vuestra Señoría”, como una vez me dijo en Puerto Rico, con suave cadencia caribeña, el representante local de su servicio informativo.

Por la Agencia EFE y desde su creación, hace ya cerca de 75 años, han transitado algunos de los nombres más ilustres del periodismo español, como fueron los de Jesús Pabón, Pedro Gómez Aparicio, Manuel Aznar, José María Alfaro, Alejandro Armesto, Carlos Mendo, Carlos Sentís, Luis María Anson, Ricardo Utrilla, Alfonso Palomares, Miguel Ángel Aguilar, Miguel Ángel Gozalo o, ahora mismo, José Antonio Vera. Todos ellos han dejado una impronta digna de ser mantenida y cultivada: la de la invariable calidad profesional e informativa de la primera agencia de noticias en lengua española. La que hoy hablan quinientos millones de habitantes. Como quien no quiere la cosa.
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