14 de noviembre de 2019, 5:36:14
Nacional

TRIBUNA


[i]Rajoy y el sitio de España[/i]



Les molesta mucho a los socialistas que desde el Gobierno y sus aledaños se hable de “la herencia recibida” y, de hecho, ellos se comportan como si fueran nuevos en la plaza y no tuvieran nada que ver con el pasado. Un admirable y envidiable prodigio de buena conciencia (o, más castizamente, de desvergüenza y caradura). No se han enterado todavía de que, de acuerdo con el derecho de sucesiones, ellos son los muertos que dejan la herencia. ¡Menudo testamento! J.F.Revel hablaba de los tres “enemigos” a los que un Gobierno suele atribuir sus dificultades, el interior, el exterior y el anterior y aunque aconsejaba no pasarse en esas acusaciones, reconocía que hay situaciones en las que la herencia (el “enemigo anterior”) es tan pesada que no queda más remedio que recordarla cada poco. Recientemente un senador popular se refería al VHR, aclarando al final que con esas siglas aludía al “virus de la herencia recibida” que, guste más o menos, explica muchos de los problemas que afectan a nuestro país. Los discípulos de Derrida hablan mucho del concepto fundamental aportado por este filósofo francés, la desconstrucción, que tiene diversos derivados, alguno de los cuales ha pasado hasta a la gastronomía, como vemos en las cartas de ciertos restaurantes que nos ofrecen platos “desestructurados”, como esa ya famosa “tortilla española desestructurada”, que viene a ser la variante postmoderna de los más clásicos “huevos rotos con patatas”. Pues bien, lo que han hecho los socialistas durante su largo y desgraciado septenato, es todo un alarde de desconstrucción: Nos han dejado una España hecha una tortilla tan desestructurada que no tiene ni huevos ni patatas. O, como decía aquel rústico, se han llevado el pan…y se han ciscado en el morral.

Una de las más notables hazañas del zapaterismo —con la ayuda impagable de ese genio de la diplomacia que era Moratinos- ha sido su política exterior, si es que se puede utilizar ese noble sintagma para el aventurerismo internacional del socialismo zapamoratinesco. Cogieron un país respetado y situado en un dignísimo primer plano y lo dejaron hecho unos zorros, convertido en el hazmerreír de las cancillerías, haciendo pachas con compadres de la catadura de Castro o Chávez. Bastaron unas cuantas históricas meteduras de pata para que España perdiera el crédito y el prestigio que había acumulado desde el principio de la democracia. “Lo foto es lo importante”, dijo en cierta ocasión Zapatero. Y tan importante: Más de una vez se le vio en los foros internacionales aislado y alejado de sus homólogos e incluso dormitando mientras los otros trataban de arreglar esta complicada Europa.

A Rajoy le ha tocado (aparte del marrón del paro, del déficit, de la deuda y tantas otras heredadas tropelías) devolver a España al lugar que le corresponde en eso que antes se llamaba “el concierto de las naciones”. Un concierto, la verdad, que ahora suena bastante desafinado. Especialmente en España que recibe una herencia tan desconcertada como desconcertante, en caída libre, la España de la rendición preventiva antes todos los dictadorzuelos, del abandonismo en Gibraltar, de las alianzas con lo menos civilizado del planeta. Frente a la desidia exterior de su predecesor, la semana pasada hemos visto a un activo Rajoy que de Chicago a París y a Bruselas se ha visto con todos los grandes de este mundo defendiendo los intereses y la credibilidad de España. Una credibilidad que se perdió en muy poco tiempo pero que cuesta mucho más recuperar. El daño que le hizo a la “Marca España” la incuria socialista requiere toda una compleja operación que no ha hecho más que empezar. Durante un tiempo los directivos de nuestras multinacionales disimulaban la identidad española de sus empresas, porque era una pésima carta de presentación. Ahora hemos visto cómo los principales empresarios españoles defienden la solvencia de nuestro país y no ocultan su identidad. Pero es difícil y ya hemos visto el cachondeo internacional con motivo del asunto Bankia.

A Zapatero muchas veces ni se le invitaba a las reuniones de los tres o cuatro grandes de la UE. Había que ver los esfuerzos de la diplomacia zapateril para justificar esos cortes de manga, con el pretexto de que eran “informales” o “no oficiales”. Los buenos diplomáticos españoles lo hacían lo mejor que podían, pero su tarea era muy difícil porque faltaba el impulso político indispensable. Ahora España vuelve a su sitio. Rajoy, es decir España, asistirá a la cumbre sobre el crecimiento del próximo mes de junio, con Alemania, Francia e Italia. Es lo normal porque somos la cuarta economía de la zona euro. Lo anormal era lo de antes, que no tenía más explicación que la “insoportable levedad” de quien nos representaba.

Y Rajoy no irá de vacío porque su preocupación por el crecimiento no viene de Rubalcaba (aunque, a veces, trate de apuntárselo) ni de Hollande. Ya el 20 de febrero de este año, Rajoy firmó la llamada Carta de los Doce, dirigida a van Rompuy en la que se decía que “la crisis que afrontamos es también una crisis de crecimiento” y expresamente se afirmaba: “Necesitamos restablecer la confianza entre los ciudadanos, las empresas y los mercados financieros, en la capacidad de Europa para crecer fuerte y sostenidamente en el futuro, manteniendo su participación en la prosperidad global”. Y se analizaban “ocho claras prioridades para fortalecer el crecimiento”. Ya hace tiempo que en Europa se sabe que la necesaria austeridad hay que conjugarla con el crecimiento. Y, como es lógico, España no puede ser un invitado de piedra y, menos aún, un no-invitado, como en el pasado.
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