24 de agosto de 2019, 15:05:34
Nacional

Tribuna


España y Portugal: no es verdad



En efecto: no es verdad que las relaciones entre España y Portugal, ancladas secularmente en un marasmo de convencionalismo y tedio, hayan visto desplazado en los últimos tiempos su centro de gravedad a horizontes más alentadores. Cuando los corresponsales de los grandes periódicos a uno y otro lado del Tajo acreditados en las dos capitales que rivalizaron un día por marcar la ruta del mundo tienen que dar fe de vida y justificar su misión escriben de los ligámenes cada vez más numerosos y fuertes que entrelazan la actualidad hispanolusitana con una aún más halagüeña proyección hacia el futuro.

Pero, por desgracia, tan idílico paisaje es solo virtual. Las capas de indiferencia cuando no de hastío que las recubren desde casi el afianzamiento de la contemporaneidad sólo modificaron su color al paso de los avance de los medios de comunicación y del fariseísmo generalizado que exige su común pertenencia a la Unión Europea. La actitud social, quizá más que la política de espaldas voltas entrambos pueblos continúa tan roborante como en los días del franquismo y el salazarismo. El progreso espectacular de los contactos viarios no dio paso a un acrecentamiento del diálogo peninsular. Con indudables ventajas de todo tipo para sus usufructuadores, el aumento también exponencial de turismo a uno y otro lado del Duero no se tradujo en iguales términos en la búsqueda y conocimiento del alma y la historia de dos sociedades de envidiable huella en el recorrido de la civilización occidental.

En el plano institucional hallamos idéntico horizonte. Iniciativas sugestivas en diversos campos de la vida universitaria y académica, pronto cayeron, en los decenios últimos, en la rutina y fantasmagoría. Un intenso minifundio de intercambios locales, provinciales y regionales obedeció mucho más a intereses de sus jerarquías docentes y administrativas que a lazos establecidos con rigor y autenticidad. A nivel aún más elevado, se repitió el escenario, no obstante las buenas voluntades y altas cifras económicas que concurrían al éxito de la empresa. V.gr.: enfilamos la recta final del bicentenario de la guerra de la independencia y todavía no se celebró un acto conmemorativo condigno en el terreno cultural de la conjunción de afanes y sueños de los dos países en su cruzada liberadora del ominoso dominio napoleónico. ¿Para cuándo un homenaje verdaderamente nacional en España a las figuras lusas más cimeras en el cultivo de las letras y el sentimiento hispano? ¿Para cuándo, por ejemplo, la publicación en España de una biografía a nivel de los tiempos —cronología y acribia- de D. Cristóbal de Moura, impar paradigma de la hermandad efectiva y posible entre las dos naciones?

Con la consabida retórica de dos diplomacias tendentes a la grandilocuencia, las cumbres anuales entre los gobiernos de Madrid y Lisboa son tal vez las más menguadas en acuerdos prácticos de las mantenidas por sus dirigentes a escala de una Unión Europea, cuyo presente titular de la Comisaría, J. Manuel Durao Barrosoo, no goza en España de la audiencia y reconocimiento que le hacen acreedores sus servicios al hermano peninsular. ¿Habrá muestra más elocuente de un desencuentro tan silente como devastador? ¿Bastarán la saudade de las hazañas compartidas del Quinientos o los efectos de la invasión futbolística lusobrasileña para cambiar panorama tan inerte y estepario?

Por desgracia, la respuesta no está en la Historia.
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