9 de diciembre de 2019, 13:11:14
Nacional

TRIBUNA


Sobre el arte de la desobediencia



“Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la Insurrección es para el pueblo y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes” (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793) .

Cada día la prensa arroja uno o varios motivos más para la rabia y el descontento: otro caso más de corrupción, otra medida que atenta al bienestar social, una nueva muestra de impunidad por parte de quienes ostentan alguna clase de poder, etc. La reciente decisión de llevar adelante la amnistía fiscal no contribuye a minar esta sensación general de lo que los politólogos denominarían científicamente “cultura política del cachondeo”. Cuando puedes ver a elementos de la masa más tendente al conformismo alzar con tono molesto sus quejas de una forma que jamás habrías imaginado, quiere decir que el descontento social está alcanzando niveles y tendencias difíciles de controlar. Un caso paradigmático de estrangulamiento por parte de la política neoliberal cuya solución fundamental consiste en confiar en la actuación de las fuerzas del orden.

Ya de poco sirve el cliché de la presunción democrática de inocencia (el hecho de que el status quo es justo en tanto que los órganos de decisión han sido elegidos por una mayoría). La democracia liberal no es el gobierno de la mayoría, sino que presume de enarbolar valores como el pluralismo, el diálogo, la inclusión social y el respeto a los derechos civiles, políticos y sociales. Recordemos también que la “mayoría absolutista” que campa a sus anchas en ese burdel de la partidocracia que es el Congreso, tan sólo obedece al hecho de que de forma puntual, en un día concreto, un 23% del total de la población española emitió un voto en apoyo a una formación política concreta (no pasaré ahora a hablar de las diferentes motivaciones del voto ni del bipartidismo propio de una sociedad del espectáculo como la nuestra, pero habrán de tenerse en cuenta).

Es decir, una élite partidocrática, en representación de unos intereses particulares, y bajo la connivencia de la actuación política puntual de menos de la cuarta parte de la población, está imponiendo serias decisiones al resto. Con tal alarde de autocracia se están aprobando unos presupuestos, unas medidas, unas órdenes venidas desde lugares desconocidos (Bruselas, Berlín, París) y por actores desconocidos (los mercados, los inversores).

No cabe duda de que se están cometiendo graves violaciones de los derechos del pueblo. Es de una evidencia doliente saber que una serie de energúmenos se aprovechan del aura que les confiere el poder para encaminar nuestras sociedades en la dirección opuesta al bien común. Logran así garantizar diferentes privilegios inmerecidos que circulan sobre todo alrededor del gran dios dinero. Y es por ello por lo que invito a la desobediencia en todos los frentes que se nos ocurran. En el trabajo, en clase, en las urnas, en casa, en la calle. Pero sobre todo me gustaría que hubiera un deseo real hacia tal desobediencia civil legítima.

Sin embargo, mostrar el descontento per sé no tiene sentido alguno. La desobediencia sin control no sirve de nada. Hemos de estar preparados para lo que se supone que queremos, de hecho tenemos que saber qué queremos. Y eso no se refleja a través de medidas o soluciones a problemas concretos, sino que es fundamental hacer un repaso al tipo de valores que queremos promover con nuestras acciones y nuestras demandas.

Con ayuda de mi humilde voz quiero hacer un llamamiento a la desobediencia. El miedo nos bloquea, no sólo el miedo a las represalias y a lo desconocido, también el miedo a la libertad. Y aun sabiendo en qué dirección se encuentra la justicia, preferimos seguir dejando que se reproduzca sin fin el sufrimiento propio y ajeno. Es la hora del valor y de la rabia.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es