6 de diciembre de 2019, 0:23:54
Opinion


¿Una nueva era en Egipto?



Mohamed Mursi, secretario general del Partido Libertad y Justicia -brazo político de los Hermanos Musulmanes- era nombrado oficialmente ayer domingo nuevo presidente egipcio. Con un 51,73 por ciento de los sufragios frente al 48,27 por ciento de los obtenidos por su rival, el ex primer ministro Ahmed Shafiq. Musir se convierte así en el primer presidente civil de Egipto, tras 60 años de mandatarios procedentes de las filas del Ejército. Hace bien poco, algo así habría sido poco menos que impensable. Naguib, Nasser, Sadat y Mubarak, amen de detentar el poder durante las últimas décadas de modo totalitario, reprimieron duramente al partido ganador de los últimos comicios.

La victoria de los Hermanos Musulmanes no es casual. Más allá de irregularidades -en ambas candidaturas, dicho sea de paso-, lo cierto y verdad es que los integristas egipcios han sabido llegar a un amplio espectro de un electorado con una acción política y social notable. Médicos, abogados, estudiantes, desempleados y gran parte de la población rural conforman un todo uniforme con el fundamentalismo islámico, presentado inicialmente de manera moderada ante los electores, como nexo común. Frente a ello, los partidos de un corte algo más liberal -todo lo que se pueda en un país musulmán- apenas han obtenido representación parlamentaria, fruto de su escasa implantación en una sociedad a la que nunca han conseguido atraer.

Y ese es ahora uno de los retos más importantes del mundo árabe: no cambiar unos tiranos por otros. Al Qaeda se infiltró entre los rebeldes libios que querían acabar con Gadafi, y otro tanto sucede ahora en Siria. También pasó en Yemen, lo que demuestra que si bien el fundamentalismo islámico pareció ir con el pie cambiado durante los inicios de la “Primavera Arabe” -o quizás fue una meditada estrategia de puesta en escena para occidente- ahora marca el paso de un modo cada vez más firme hacia un islamismo radical. Y ha de haber un término medio entre tiranía del pasado y la Sharia que podría venir. De momento, Mursi ya ha pronunciado en más de una ocasión la palabra “moderación”, al tiempo que manifestaba su intención de tender la mano a otras fuerzas políticas. Ojalá sea así, aunque dentro de las filas de su partido hay otros que piensan que la permisibidad en creencias y opiniones es síntoma de debilidad e incluso podría ser considerado un desacato a los principios coránicos.

Democracia sólo hay una, y es algo más que la mera concurrencia a unas votaciones. Se trata, fundamentalmente, de garantizar una serie de derechos erga omnes e irrenunciables, entre otros, las libertad religiosa, de expresión y reunión. Sin esos derechos fundamentales, habrá votaciones pero no elecciones porque, sin libertades fundamentales, no hay capacidad para elegir. En su mano está llevar a Egipto por los derroteros que llevaron a la “Primavera Arabe” como un espíritu auténtico de aperturismo y pluralismo político, o caer en la tentación de utilizar la religión como forma de control total.
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