8 de diciembre de 2019, 20:39:21
Opinion


¡"Pintas como Rafael"!

Pedro González-Trevijano


¡“Pintas como Rafael”! He aquí una expresión habitualmente utilizada no hace demasiados años, cuando se quería resaltar la habilidad técnica y el mejor dibujo de los aspirantes a pintor. Rafael de Urbino pasaba a ser, y todavía hoy lo es para muchos aficionados e historiadores del arte, el ejemplo referencial de la pintura de factura clásica. Un artista extraordinariamente representado en el Museo del Prado. Cuando se inaugura el Museo del Prado, la sala central, hoy dedicada a Velázquez, estaba ocupada, precisamente, por el finísimo artista italiano.

La Exposición, en colaboración con el Museo del Louvre, es sin duda más que digna. Se aprovechan gran parte de los fondos de nuestra pinacoteca, se intercambian gratuitamente piezas con el Louvre, ¡estamos en plena crisis!, y se confecciona un interesante catálogo de la misma. A lo largo de sus dos salas se realiza un recorrido por el hacer artístico de los últimos siete años de Rafael. De aquí su título: El último Rafael, cubriendo un fecundo periodo que va de 1514 a 1520. Un tiempo en el que los encargos se acumulan y donde el pintor, que no desea renunciar a ninguno, goza de un amplísimo taller con que hacer frente a una amplia y variada demanda. Para Rafael, imbuido de un platonismo militante, lo relevante era la idea, más que su concreta ejecución. Lo que explica la distinta calidad y factura de las composiciones. Entre sus más sobresalientes discípulos y colaboradores sobresale, no como se suele decir, dos, sino uno. Hablo de Giulio Romano (1499-1546), un artista de primera clase, toda vez que Gianfrancesco Penni (1496-1528) me ha parecido siempre muy inferior. De Giulio Romano se puede afirmar, aunque no dispusiera de la mano del maestro, “¡que pinta como Rafael!” Un artista con personalidad propia que en los años venideros finalmente se emancipará. Ahí queda su mejor manierismo (La lapidación de San Esteban).

Tanto de Romano como de Penni, la Exposición muestra un amplio espectro de obras suyas, algunas catalogadas, hasta no hace demasiado, como del mismísimo maestro. Amen de la detectable presencia de ambos en muchas de las más conocidas representaciones de Rafael, ocupándose de los fondos de los lienzos (las arquitecturas propias de Romano) o de las vestimentas (Penni). Hasta el extremo de que es difícil distinguir muchas veces las autorías. Unas semejanzas que explican el por qué de la copia que de La Transfiguración, realizada por Rafael para la catedral de Narbona, realizan conjuntamente Romano y Penni.

La Exposición recoge, como decíamos, los últimos años de la vida de Rafael. Aún siendo todavía un hombre joven, nuestro artista ha desplegado ya, sirviéndose de su infatigable obrador, una labor creativa ingente en cantidad y calidad. Pintor de frescos, autor de los más bellos retablos, diseñador de cartones para tapices, pinturas de toda clase, al fresco o al óleo, y motivo. Aunque será su mejor blasón la realización de las pinturas para las Estancias de la Signatura del Vaticano en tiempos del Papa León X (de quién realizó un maravilloso retrato ya de anciano). Rafael debió pensar entonces que había ganado el Cielo en la Tierra. Y, seguramente, tenía razón. Rafael era ya un genio. Un genio que había aprendido como nadie los secretos de sus admirados Sebastiano del Piombo, pero, sobre todo, de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti. Ambos reproducidos en su composición La Escuela de Atenas.

La muestra es más que amplia: obras de altar -ejecutadas para el mercado de Bolonia, Nápoles y Palermo principalmente, sin olvidar los encargos del rey de Francia, Francisco I-; Vírgenes y Sagradas Familias, tanto grandes (Santa Cecilia) -tratando de armonizar la presencia de figuras distintas en la composición- como pequeñas -a las que el artista prestó en cambio menor atención-. Por tanto es comprensible la diversa calidad de las obras expuestas, con la excepción, quizás, de los dibujos, ya sean de Rafael, Romano o Penni, todos ellos maravillosos. La insita dulzura y la elegante naturalidad de Rafael nunca es alcanzada por sus discípulos, ni siquiera por Romano. Su donaire y gracia, apuntaba Giorgio Vasari, eran inigualables. Al tiempo que se visualiza la diferente participación del maestro en cada una de las grandes o pequeñas obras. Es evidente. No es lo mismo un lienzo de indiferenciado encargo, que la de los poderosos y, sobre todo, de sus amigos. El mejor ejemplo es el extraordinario retrato de Baltasar de Castiglione. Es imposible pasar a la posteridad, debió pensar el autor de El Cortesano (1519), de manera mejor que con la mano de Rafael. Un cuadro que justifica por sí sólo nuestra presencia en el Prado. Todo un testamento artístico: un dibujo soberbio, una paleta bellísima, unos ojos increíbles, un tocado conseguidísimo y un fondo monocromático, ¡qué fondo!, que recuerda a Velázquez y se adelanta a Manet. Aunque tampoco me quiero olvidar de otra obra maestra: Sagrada Familia con San Juanito, conocida como La Perla (1519-1520), adquirida por Felipe IV tras la venta de la almoneda de Carlos I de Inglaterra.

La Exposición tiene, además, hasta testamento. Un testamento, lógicamente al hablar de un pintor, artístico. Es el Autorretrato con Giulio Romano (1519-1520), donde un prematuramente avejentado Rafael cede el testigo de su magisterio, colocando su brazo izquierdo sobre el hombro de su querido discípulo. Un testigo de su magisterio, sí, también de afecto, pero un testamento hasta de la nueva forma de pintar que se avecina, alargando, como un manierista más, el brazo de Romano. Lo afirmado: ¡quién pintara como Rafael!
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