27 de julio de 2021, 23:15:39
Los Lunes de El Imparcial

CRÍTICA


Alain Minc: Una historia política de los intelectuales


Alain Minc: Una historia política de los intelectuales.Traducción de Mónica Rubio. Duomo. Barcelona, 2012. 487 páginas. 24 €


En su último libro, La civilización del espectáculo (2012), Mario Vargas Llosa diagnostica con precisión el eclipse de la figura del intelectual en la sociedad contemporánea. Este personaje ha existido durante mucho tiempo –siglos o décadas, dependiendo de si partimos o no de la aparición del término, de Grecia o de la Francia de Zola- y, hasta hace pocos años, desempeñó un papel importante en la vida pública. Ha sucumbido, sin embargo, sostiene el reciente Premio Nobel de Literatura, por un par de razones, que cito de menor a mayor importancia: el descrédito que provocó la sumisión de generaciones de intelectuales a los totalitarismos y a las ideas totalitarias, y la poca importancia que el pensamiento tiene en la presente civilización del espectáculo, en la que las imágenes predominan sobre las ideas y en la que se ha perdido el interés por esta figura. Tanto Mario Vargas Llosa como Jorge Semprún se refirieron a ellos mismos, en los últimos tiempos, como “intelectuales dinosaurios”. A diferencia del siglo XX, no parece que la actual centuria constituya un nuevo “siglo de los intelectuales”, para utilizar la expresión que da título al famoso libro de Michel Winock. Vivimos en una sociedad en la que los verdaderos intelectuales escasean, mientras que un montón de advenedizos insustanciales reclaman su condición intelectualoide. La imagen contra el pensamiento, la bufonada histriónica, al fin y al cabo, contra la reflexión.

A la historia de los intelectuales entre finales del siglo XVIII y nuestros días está dedicado el libro Una historia política de los intelectuales, del ensayista y politólogo francés Alain Minc, recientemente traducido a nuestra lengua. En algo más de medio centenar de capítulos, el autor presenta un completo y rico panorama de la intelectualidad francesa, desde los salones aristocráticos hasta el mediático Bernard- Henri Lévy, alias BHL. ¿Por qué solamente la francesa? El intelectual, asegura el autor, es algo muy francés, como los quesos o la pasión por las revoluciones. Una pasión francesa, si se quiere poner en unas palabras requeteusadas en el actual panorama editorial galo. A los pensadores implicados en el debate público en otras partes, aunque solamente a fines del siglo XVIII y en el XIX, se les dedica el capítulo 21.

El libro que comentamos puede considerarse, asimismo, muy francés, o, quizás sería mejor afirmar, plenamente franco-francés, con altas dosis de peculiar ensimismamiento. A pesar de ello, se trata de una obra muy interesante, que destila agudeza, perspicacia y erudición, combinadas con amenidad y con altas dosis de irreverencia. Algunas comparaciones, analogías y genealogías resultan, en ocasiones, forzadas, aunque siempre estimulantes para el lector. Decenas de nombres propios aparecen en las páginas del volumen (la cronología final es útil, pero más lo hubiera sido, en realidad, un índice de nombres). La capacidad de síntesis del autor es, a fin de cuentas, admirable.

Sostiene Alain Minc que el intelectual moderno nace en el siglo XVIII, al escapar a la influencia de la realeza y a la omnipresencia religiosa. La palabra no se usa aún. El libro se abre con los salones y el partido intelectual de los Voltaire, D’Alembert y compañía. Voltaire, en concreto, caracterizado como “tan seductor como cuestionable, tan atractivo como discutible, tan brillante como superficial”, fue “el primer intelectual de nuestra historia” (p. 29). En el caso Dreyfus, Zola imita en buena medida al Voltaire del caso Calas. En el siglo XVIII ya se encuentran, según el autor, casi todas las modalidades intelectuales de las dos centurias siguientes: el intelectual en majestad, como Voltaire, reaparece con Victor Hugo y con Sartre; la posición de D’Alembert, al frente del partido intelectual, es heredada por Guizot, Maurice Barrès, Gide o Pierre Bourdieu. La figura de la gran pareja, representada por Madame de Stäel y Benjamin Constant, se acaba convirtiendo en un clásico de la historia cultural de Francia, como muestran George Sand y Alfred de Musset, Simone de Beauvoir y Sartre o Elsa Triolet y Aragon.

El siglo XIX tiene en Chateaubriand, calificado como un intelectual fantasmático, su primer gran ejemplar, al que siguen, entre otros, Bonald, Guizot –intelectual liberal, político conservador-, Tocqueville, Lamartine, Proudhon, Balzac, Flaubert, Michelet –la Historia va a ser la disciplina reina de la intelectualidad, hasta que la acabe desplazando la filosofía-, Quinet, Comte, Renan, Hugo, Louis Veuillot –la relación que establece Minc con el papa Benedicto XVI me parece fuera de lugar y no exenta de prejuicios-, Flora Tristán, Louise Michel o Zola. Como puede verse, la categoría de intelectual no es para nada restrictiva.

La verdadera acta de nacimiento de los intelectuales se encuentra en el affaire Dreyfus y el “Yo acuso” de Émile Zola. A partir de entonces, escribe Minc, “el mundo intelectual se divide, durante varias décadas, en ejércitos antagonistas con sus generales, sus coroneles y su tropa” (p. 209). Barrès versus Zola, Maurras versus Péguy, entre muchas otras oposiciones simétricas; André Gide, por su parte, es definido como el antiSartre por anticipado. En la primera mitad del siglo XX sobresalen, además de los ya citados, Daudet, Rolland, Barbusse, Breton, Aragon, Drieu la Rochelle, Brasillach, Mounier, Mauriac, Bernanos y Marc Bloch. Este último, fusilado en 1944, ha sido a veces olvidado: “¡Qué injusticia se cometió con ese hombre! En los años 1940-1945 [sic], Marc Bloch debería haberse considerado como el primero de los intelectuales, el más lúcido y más poderoso en el análisis, el más valiente y responsable en la acción.” (p. 331). André Malraux es un caso aparte: Malraux es, por encima de todo, el heredero natural de Chateaubriand, nos dice el autor de Una historia política de los intelectuales.

La posguerra contempla la convivencia e interferencia constante entre el intelectual comprometido y el intelectual comunista. Sartre se convierte en el sumo sacerdote del compromiso, mientras que Simone de Beauvoir interpreta el papel de sacerdotisa. Las rupturas, con unos y otros, son características del magisterio del primero. Una de las más sonadas, con Albert Camus. Se dedican páginas brillantes a un extraordinario intelectual: Raymond Aron, “un monstruo de lucidez” (p. 355), “un intelectual sin igual” (p. 360). Tiene toda la razón. Muchos otros autores son citados: Garaudy y Jorge Semprún, fallecidos últimamente, Foucault y Althusser, Lévi-Strauss y Braudel, Bourdieu y Badiou, Revel y Jean Daniel, Furet y Gauchet, Glucksmann y BHL. Este último, anota el autor, “es el primer intelectual que maneja la televisión con la misma eficacia que lo había hecho, en el mundo de la política, Valéry Giscard d’Estaing” (p. 412). Olvida, me parece, a algunos intelectuales actuales destacados, en especial a Alain Finkielkraut y a Pierre Rosanvallon. Como quiera que sea, la conclusión es clara: la sociedad francesa ya no genera intelectuales a la antigua. BHL es, sin duda, “el último mohicano” (p. 418).

El porvenir pasa, según Alain Minc, por el e-intelectual, lo que abre, en su opinión, un panorama emocionante. A mí, por el contrario, se me antoja como un futuro algo más que desolador.

Por Jordi Canal

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