17 de agosto de 2019, 20:09:58
Opinion


Abuso policial en la cultura del registro

José María Zavala


Parece que el gran público acaba de descubrir la brutalidad policial y la violencia gratuita. Pero qué inocentes que sois. Periodistas aguerridos y recién incorporados manifestantes muestran de forma ligeramente ridícula su asombro al ver que si se acercan a un agente de la UIP se pueden comer una hostia sin motivo justificado. ¿Y qué esperabais, un juicio justo? ¿Un protocolo previo? ¿Hablarlo como personas? ¿Os habíais tragado la gran falacia esa del Estado de Derecho?

Un ejército de ciudadanos-cyborg con cámaras incrustadas asalta las calles logrando que de repente los medios se llenen de vídeos y fotos sobre algo que no es nada nuevo, pero que logra una mayor amplificación mediática y que podría afectarle a usted, o cuanto menos, a alguno de sus hijos. ¡Quién lo iba a decir, si somos gente normal! Con YouTube como único intermediario, ya no siempre vemos cristales rotos, ni cócteles Molotov, ni fuego. Y los enmascarados ahora llevan porras.

Al poder le sale el tiro por la culata. Desde que empezó el 15-M apenas han ardido un par de contenedores si se tiene en cuenta la continua sucesión de manifestaciones, los numerosos momentos de tensión y la violencia vivida. No me extraña, si se piensa en el grueso del movimiento, a veces tan inclusivo que despierta la desconfianza y la decepción de quienes suelen satisfacer a los medios con destrozos inútiles. Así que cada vez es más difícil ofrecer un contexto que pueda justificar que aquellos a quienes se les ha otorgado algo tan delicado como el monopolio de la violencia física se comporten como vulgares adictos a la ultraviolencia.

Nunca me gustó generalizar. Sin embargo, las imágenes que vivo y veo me hacen pensar que los miembros de dicha unidad no son más que perros adiestrados. A ello hay que añadir los comentarios que quedan registrados en algunos vídeos. Con situaciones como las ocurridas en el último año, cuesta evitar creer que desde el Ministerio del Interior se sigue una burda estrategia de represión a base de porrazos hacia gente desarmada y arrestos más bien indiscriminados.

Es por ello de máxima urgencia la necesidad de identificación acompañada de mecanismos que puedan ajusticiar a quienes practican la brutalidad policial. Si tan seguras están nuestras Fuerzas de Seguridad de sus actuaciones y su proporcionalidad, ¿por qué iban a temer llevar su número de placa bien visible? Si tan bien realizan su “trabajo”, ¿no deberían estar orgullosos y exigir ellos mismos lucir la identificación? Esta reticencia me hace pensar que precisamente la posibilidad de rendir cuentas podría tener efectos adversos en una estrategia que consistiese en soltar a una panda de matones para que disparen a bocajarro y golpeen a todo lo que se encuentren por el camino. Claro que, en un país de la Unión Europea sería impensable que Interior adoptase unas políticas de actuación tan poco refinadas.

Pero no nos engañemos. El macarrismo barato podemos encontrarlo a ambos lados del cordón policial. Esta parte del conflicto callejero no está exenta de gente descabezada o histérica, que ayuda a crear un “efecto espejo” a través de la provocación y el deseo de humillación. Lamentablemente, he sido testigo del deseo de ponerse por encima, de resaltar una alteridad artificial, de la necesidad de tener enemigos a los que poder insultar y menospreciar. Y lo más triste es que mientras en las calles la gente concentrada vocifera y descarga contra los uniformados, en lo más alto, los poderosos gozan impunes.
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