19 de noviembre de 2019, 22:12:35
Economía

PASO CAMBIADO


Ya no es una crisis económica; es una crisis del Estado



El original hallazgo del Estado Autonómico, jamás aplicado por nadie salvo por la imaginativa España de la Transición, está a un paso mismo del desmoronamiento. La roussoniana idea de la cooperación de instancias políticas regionales para configurar un todo estatal, basado en la buena voluntad de éstas, fracasa a marchas forzadas.

En casos muy significativos se percibe que no hay interés colectivo, sino particular, región a región. Más aún, que ese interés se transforma en conflicto con una facilidad cada vez mayor. Basta con que la Comunidad agraviada (que son todas) no tenga un delgado hilo de conexión con el conjunto nacional como pueda ser la pertenencia a un partido común en el Gobierno central. Cuando no es así, cuando la Comunidad está gobernada por la Oposición al Gobierno, o por ideologías soberanistas, el conflicto surge en toda su crudeza.

En realidad, el propio ser autonómico no es el Estado, sino vive del conflicto con el Estado. Cuando el dirigente autonómico de turno se siente personalmente parte del conjunto nacional, el roce institucional se suaviza. Cuando no, se exacerba. Porque lo que falla es el entramado; y las personas, los dirigentes, pueden compensar el problema estructural o avivarlo, pero sólo de acuerdo con sus principios o sus intereses, no porque esté claro que el Estado agregado que es el Autonómico sea realmente un Estado común.

Estamos en el conflicto de las partes del Estado contra el Estado compuesto por ellas. Las piernas luchan contra la cabeza, y el brazo izquierdo contra el derecho. Cuando se convoca un esfuerzo del cuerpo en su conjunto, todo se hace estrábico, un pie corre para adelante y otro hacia atrás, el corazón odia al hígado y las manos se golpean en la boca. Más aún, los miembros se sienten víctimas por el maltrato que les propina su cuerpo, y el cuerpo es impotente porque no puede controlar el equilibrio.

Lo mejor de todo es que en esa demostración de lo inviable del modelo, cada Autonomía profundiza más y más, sin pudor alguno. Si alguien tenía dudas sobre las dificultades de éxito futuro del Estado Autonómico, después del Consejo de Política Fiscal y Financiera las habrá despejado.

Porque el Estado se reúne en Consejo, y el brazo catalán se queda en casa, que a los nacionalistas de Más no les va el asunto estúpido de organizar la salida común de la crisis. Para ellos, lo importante es la demostración del agravio, a ver si convencen a sus electores de que el cuerpo estatal les odia, y que les convendría la amputación. Y la pierna andaluza da la espantada, porque con seguridad sería también más feliz sola. Con la graciosa peculiaridad de que justamente esas dos Comunidades rebeldes son antagónicas en sus intereses: para los Gobiernos catalanes, Andalucía es el paradigma de la España que les roba, para quedarse con el fruto del trabajo catalán para que se aprovechen vagos subvencionados. Y, para el Gobierno andaluz, las exigencias catalanas son el colmo de la insolidaridad, auspiciada por Gobiernos centrales débiles y pactistas asustados por la amenaza rupturista de Cataluña.

Los representantes andaluces y catalanes aciertan en una cosa: los ajustes son demoledores para ellos... como para los demás. Sin embargo, en ambos casos se presentan como las únicas víctimas de la malvada derecha, en un caso; y, en el de CiU, como es más de derechas que el Gobierno, desde la opresión centralista.

Hubiera sido extraordinario que ambas comunidades no hubieran tenido la deuda que tienen. Lástima que no haya sido así, porque cuando tienen que recortarla (y solo lo pueden hacer gracias al Estado, ya que son incapaces de financiarse por sí mismas) tienen que aguantar la tijera de Montoro. ¿Qué esperaban, que les dijera que ellos, precisamente ellos, puede dejar de pagar lo que deben?

Una pregunta imprescindible es si estamos en un teatro en el que los dirigentes andaluces y catalanes saben que tienen que ajustarse como el propio Estado para impedir su quiebra, y su indignación es para su propia galería, para que sus electores pasados y futuros vean lo duros que se ponen con el Gobierno.

Pero, realmente, hay otras posibilidades. Que no se enteran que estamos en el abismo, y que no saben que hay unos señores de negro esperando en la puerta para decirles lo que vale un peine; o que lo saben perfectamente, pero quieren pasarle a otros el marrón del desgaste, en un caso del PP y en el otro de la propia España. Eso sí, con los mismos argumentos ambos: a ellos se les exige más que a los demás. En eso están de acuerdo entre sí, con los asturianos y canarios y, aunque no lo sepan, con todos los demás (del PP), que hacen de tripas corazón para evitar que se incendie definitivamente el chiringuito español.

Alguien está dinamitando este Estado, por cortedad de miras o por deseo de fractura nacional. Y está a punto de conseguirlo, lo que no sé si derivará en otro modelo, por ejemplo federal o confederal, o justo lo contrario: un Estado más coordinado en el que todos remen en la misma dirección con una misma dirigencia.

Es probable que el Gobierno no esté negociando bien, pero es seguro que los interlocutores antecitados han decidido una sola vía de discusión: pedir ayuda con una mano y abofetear con la otra, lo que es una forma muy inteligente de llevarse bien con otro.

La irritación de todas las partes es ya indisimulable. Algunos en el Gobierno de Rajoy hablan ya de aplicar los mecanismos de control del artículo 155 (que incluye la suspensión de una Autonomía) o el cambio en el reparto de la recaudación tributaria (quitársela a una Comunidad, para decirlo claro).

Por el otro lado, a las amenazas sempiternas del Gobierno catalán se une la revuelta popular andaluza, recordando aquel momento de afirmación nacionalista en el referéndum durante la etapa de UCD.

Tenemos el asunto servido: a la crisis económica y financiera; a la crisis social y del empleo; a sus derivadas, la crisis del orden público y las protestas callejeras, vamos a sumar la crisis institucional y del Estado. Vamos bien, por tanto. Rousseau, 0; Hobbes, 1. No se puede fiar la estabilidad del cuerpo estatal a la generosidad altruista de sus componentes.
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