19 de septiembre de 2021, 1:41:12
Opinión


Disparates autonómicos

Manuel Ramírez Jiménez


En estas últimas fechas se ha evidenciado algo que algunos veíamos llegar desde antaño. Desde la misma forma en que se reguló la sin duda necesaria descentralización que debiera romper el centralismo de centurias. El problema regional, así entendido, tenía no pocas vías de solución. O, en el peor de los casos, no tenía ni tiene una fórmula de arreglo que contente a todas las partes implicadas. No se olvide que por este segundo camino fue el mismísimo Ortega durante su brillante discurso en las Cortes de la Segunda República.

Pues bien, en nuestra hora y por requerimientos de algunas instancias europeas para ayudarnos en la actual crisis económica (dudo que si no fuera por este motivo nadie habría osado ni tocar el tema), parece que estamos llegando a la grave afirmación del fracaso del llamado Estado de las Autonomías, manoseado en nuestra actual Constitución. Desde la infeliz incorporación del término “nacionalidades” hasta el establecimiento de dos vías de acceso a la autonomía. Y todo ello, y como casi siempre, con la vista vuelta al pasado.

Y ante esta penosa situación en cuya solución no creo para nuestra actual forma de gobierno, las respuestas se amontonan con mayor o menor eco en el seno de la opinión pública. A mi entender, cobra especial interés por lo disparatada la formulada por Duran, por lo demás ilustre parlamentario que es buen orador en nombre del grupo de CiU. Para él, la solución pasa por reconocer la plena autonomía en las regiones de Cataluña, País Vasco y Galicia y luego, una descentralización al resto del país. Es difícil lanzar un disparate mayor. Por este camino, cae en el olvido de la misma Constitución y la posterior legislación que reguló el tema en toda su extensión. La necesidad de una nueva Constitución se haría imprescindible.

Pero, al margen del terreno jurídico, hay otro aspecto que puede ser hasta peor. No podemos negar que somos el país de la envidia (“envidiable” decimos de lo que ha comprado el vecino). ¿Tolerarían las regiones distintas a las tres citadas su situación de clara u oculta inferioridad? Y por qué no. Miremos ese pasado que parece que lo inventó todo. Sencillamente, los casos de Cataluña y País Vasco fueron duramente criticados (repárese en el libro de Azaña sobre las causas de la Guerra Civil). Y en cómo además había ya en “lista de espera” otras regiones (Aragón, Valencia, Andalucía, por ejemplo) que si no llegaron a plebiscitar sus Estatutos de Autonomía fue, sencillamente, por el cambio de régimen que se produjo en 1936. ¿Es que hay que esperar a que se repita la jugada? Sinceramente, la misión de un buen político está también en anticiparse al devenir de los acontecimientos. Y en el caso planteado en estos breves párrafos, esto último no ha estado presente que digamos.
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