28 de enero de 2020, 9:58:37
Cultura

EL PODER DE LA MIRADA


Augusto o la perdurabilidad del poder



César Augusto, el primer emperador de Roma, es el arquetipo más perfecto del proceso de consecución, aglutinamiento, consolidación, y, sobre todo, de preservación, del poder en los convulsos años que siguieron a la abrupta desaparición de la escena pública de su tío abuelo Julio César. De frágil salud -ligeramente disléxico, no soportaba la luz del sol, con frecuentes catarros y ataques de reuma- y con escasas dotes militares -muy importantes en su tiempo y delegadas en el aguerrido Agripa-, supo sin embargo sobreponerse, con inteligencia y voluntad, a los demás actores políticos del momento: aniquiló a los asesinos de Julio César, terminó con el incómodo Marco Antonio y doblegó a los senadores críticos. Su obra, dos mil años después, nos sigue pareciendo portentosa: puso fin a las guerras civiles, reconstruyó y engalanó la Ciudad eterna, extendió las fronteras del Imperio, estableció una eficaz Administración y aceleró el proceso legal. Roma entraba así en los años de la denominada pax augusta.

Tenía pues todo el derecho, el reformista Augusto, para afirmar con orgullo: “Encontré una Roma hecha de barro, y os la dejo de mármol.. Extendí el territorio de todas las provincias del Pueblo Romano en cuyas fronteras había gente que aún no eran súbditos de nuestro imperium.” ¿Qué como lo logró? Encubrió un gobierno inequívocamente autocrático bajo el mantenimiento de una ficticia Constitución republicana. He ahí su sagacidad política, mientras aún encontraba tiempo libre para escribir algunas obras en prosa -El estímulo de la filosofía o su Autobiografía- y algún poema -Sicilia-. Y eso que en ocasiones se le adormecía el dedo índice de su mano derecha.

El princeps Augusto disfrutaba de convenientes virtudes: inteligente, firme, austero (gustaba de la comida sencilla a base de pan rústico, queso fresco, pescaditos, higos, lechuga, manzanas amargas, y bebía poco), concienzudo, metódico y rutinario, disciplinado al máximo, paciente -no solía perder los nervios- cauto, precavido, astuto, prudente, meticuloso, discreto y tenaz; determinado y dotado de sangre fría, obraba con tacto y responsabilidad, hacía planes a medio y largo plazo, aunque improvisaba bien, gustaba de la incorporación de los jóvenes a la vida pública, era esplendido en las recompensas, pragmático en la delegación de poderes, modesto en sus gustos, leal hasta el final con los suyos, aceptaba con agrado los buenos consejos y sabía retirarse a tiempo si las cosas se torcían.. Además manejaba como pocos la propaganda a su favor, mientras desacreditaba a sus hostes e inimicius. Y, en los momentos difíciles, osado, como cuando desafiaba personalmente a las soliviantadas masas. No se arredraba, si había que arriesgar incluso la propia vida.

Pero al tiempo era implacable, despiadado, cruel y sin escrúpulos a la hora de castigar la deslealtad, dotado de una ira glacial, quebrantaba cínicamente los acuerdos cuando le convenía. Por el contrario, fue un adelantado en la defensa de la libertad de expresión, y un convencido del retorno a los valores morales tradicionales. En resumidas cuentas, la personificación del dios Apolo. Como apunta recientemente la biografía de Anthony Everitt, Augusto, el primer Emperador, “no eludía lo que había que hacer y avanzaba pacientemente de una tarea a la siguiente.” Aunque, como todo hombre, por más que gozara en vida de la habitual deificación, tenía, reiteramos, aspectos menos nobles: supersticioso, promiscuo, gustaba del juego a los dados y canicas y se atemorizaba de los truenos.

Con tales atributos las mayores distinciones estaban aseguradas. Octavio, el nuevo Rómulo, disfrutó de una dignitas, tribunicia potestas e imperium maius inigualables; lo único que sabiamente declinó fue el cargo de dictador. No quería acabar como Julio César. Pero como una imagen vale más que mil palabras, y ésta es una tribuna sobre el poder y el arte, nada cómo acercarnos a la descriptiva imagen de Augusto, esculpida seguramente en el 15 d.C., sólo un año antes de su muerte, y encontrada en la villa de su esposa Livia a las afuera de Roma, en Prima Porta, hoy en el Museo Chiaramonti (Museos del Vaticano).

Tenía pues razón su amigo Virgilio, cuando en la Eneida se refiere a él en los siguientes laudatorios términos: “Y aquí está el hombre, el que se os ha prometido; César Augusto, hijo de un dios, destinado a gobernar.”
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