22 de octubre de 2021, 6:16:23
Opinión


La crisis con acento camusiano

Juan José Solozábal


Me empeño en destacar aspectos positivos de la crisis o en no hacer una lectura de la misma que subraye, exageradamente, sus dimensiones catastróficas. También las quiebras de la salud, si son limitadas y temporales, pueden servir, tras la recuperación, para reparar en la precariedad de la vida que disfrutamos, de modo que la valoremos en su auténtico sentido. El dolor, decía Camus, te engancha al presente, exige una lucha que ocupa. La crisis, entonces, sirve para que apreciemos lo que tenemos, lo que está verdaderamente en juego, a lo que hemos de aferrarnos y que no podemos perder.

Lo primero será, y voy a utilizar otro término muy camusiano, comportarnos en nuestros juicios, con mesura. Esto es, no exagerar. Constitucionalmente hablando estamos en tiempos difíciles, si quieren incluso de excepción, pero dentro de parámetros admisibles. Los indicadores de la situación son el resalte del ejecutivo frente al parlamento, que lleva a una utilización sobresaliente del decreto-ley como instrumento normativo de actuación; la adopción de determinadas medidas que cuestionan la actuación normal del estado social a que estábamos acostumbrados; o el constreñimiento de límites presupuestarios a las Comunidades Autónomas, en una línea de conducta que parece amenazante para las bases de nuestro sistema de descentralizacion territorial. Todo este tipo de medidas, de entidad considerable, además, no se adoptan en virtud de consideraciones de política nacional, según un programa de gobierno sobre el que se pronunciaron los electores, o en consecuencia de una decisión explícita de rectificación de las Cortes, sino que resultan inducidas, con frecuencia inopinadamente, por organismos europeos, cuya dependencia de la voluntad democrática nacional es ciertamente algo remota.

Sin embargo, y a pesar de que su recurrencia aumente su gravedad, pues el recurso a tales instrumentos es frecuente desde Mayo de 2010, tales medidas se han adoptado de acuerdo con previsiones de nuestro ordenamiento, que asegura suficiente habilitación al Gobierno para responder a las necesidades de la dirección política del Estado, y, a mi juicio, en unos términos compatibles hasta ahora, con el reparto competencial de las funciones públicas y con la mínima protección exigible en el plano asistencial a los ciudadanos. Si esto fuera así, la práctica de nuestro sistema político, frente a lo que a veces se afirma, no habría experimentado una regresión que permitiera hablar de mutación constitucional, esto es, un cambio cualitativo de nuestro Estado sin reformar la Ley fundamental. Tampoco, creo, tendría sentido el ataque de las normas de las que se sirve el Estado ante el Tribunal Constitucional, sin violentar el sentido de los recursos de inconstitucionalidad que son medios de defensa jurídica de la Constitución, y no oportunidades de prolongación del debate político de las medidas de gobierno, que tiene su sitio en la arena de la opinión publica o en la confrontación parlamentaria. Sin embargo la legitimidad del afrontamiento de la crisis para nada lleva a ignorar que estamos ante una situación grave de excepción , que impone la restauración de la plena normalidad constitucional cuanto antes, pues los poderes en la crisis siempre han de considerarse limitados, tanto en un sentido material como temporal, sin oclusión de la confrontación y la crítica, especialmente necesarias cuando el Gobierno dispone de la comodidad institucional de la mayoría absoluta parlamentaria.

Pero, insinuaba, que la crisis no solo podría servir para que tomásemos la verdadera medida de nuestro sistema constitucional, que como nuestra salud pondría a prueba su resistencia en la enfermedad o en la adversidad. La crisis podría servir asimismo para reforzar las mismas bases de la comunidad, comprobando la firmeza del soporte de su solidaridad. No puede haber salida de la crisis sin un esfuerzo común, verdaderamente nacional. La gravedad del momento presta especial obscenidad a algunas muestras de egoísmo social o territorial que ya hemos presenciado.Por ejemplo con el oportunismo más descarado la izquierda abertzale ha declarado que "España es nuestra ruina", mostrando que es posible ser reaccionario desde el ventajismo fiscal. Con parecida confusión desde otros parajes se compatibiliza la solicitud de ayuda con la reclamación de la autonomía financiera.

Veamos también en la crisis, por último, una oportunidad para la rectificación en la moral pública española de actitudes de ostentación y despilfarro, que hasta ahora han predominado. Mejor, en la jerarquía ética que preferimos, la contención y la ayuda entre todos. Después de todo, solidaridad es el nuevo nombre para la vieja pero revolucionaria palabra de la fraternidad.
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