19 de septiembre de 2021, 6:23:19
Opinión


Ortega, Calvino y el pacto de la ficción

David Felipe Arranz


Hay lectores trabucaires que son capaces de vivir sin el auxilio de la ficción, algo completamente comprensible: a veces uno sospecha si el relato de los medios de comunicación –que ha entrado en la barrena de la prima de riesgo y el rescate– no será otra ficción en sí, muy bien urdida en los gabinetes de comunicación ministeriales, de la banca y en los think tanks, siempre tan turbios y envueltos en manejos propagandísticos de carácter orwelliano.

El caso es que la literatura en particular y el humanismo en general han sido propugnados desde tiempo inmemorial como el fundamento de la renovación y salvación de una Europa desgarrada. Qué duda cabe: vivimos un nuevo siglo de hierro, cuyo epicentro es la cuna de Platón, en el que el viejo continente vuelve a anunciar que, de no cambiar el panorama, pronto se convertirá en sepulcro de pueblos y en la pesadilla de las clases medias, merced a ese nuevo fenómeno que Ignacio Ramonet ha bautizado como sadismo económico. En los gestores de las cajas de ahorros y de los bancos que han vendido tanto producto basura falta la pasión política, sobra la codicia de los bienes ajenos –los de las ayudas públicas del FROB–; nos asiste, pues, la sensación apocalíptica de que las familias se encuentran vendidas a los mercados. ¿Y quiénes son? ¿No es una manera de ocultar bajo esa nebulosa indefinida de “los mercados” unos cuantos nombres propios, no demasiados? En palabras de don José Ortega y Gasset, “mientras lo imaginario era por sí mismo poético, la realidad es por sí misma antipoética”.

Es indudable que la producción cultural de un país produce una riqueza tangible, a pesar de lo que interesadamente den a entender las élites del poder, tan despreocupadas por que el ciudadano se empape de conocimiento como pendientes de los movimientos bursátiles de sus inversiones. El mecenazgo de las artes proveniente de iniciativa privada es prácticamente inexistente. La literatura, por ejemplo, deja de ser en nuestros días ese bosque narrativo, profundo e infinito, por el que se puede pasear y transitar –como decía Umberto Eco–, ese microtexto de riqueza ingente… para convertirse en un pasatiempo residual para minorías eclécticas que disponen de unos ratos de ocio tan laxos como para poder dedicarse a la lectura. La clave de ese beneficio descansa en el pacto de ficción entre autor y lector, entre narrador y narratario, entre emisor y receptor, que atañe a la “verdad” de la literatura. Se trata de una de las cuestiones fundamentales de la teoría de la recepción.

Ortega, que sabía mucho de la España invertebrada, en Meditaciones del Quijote –un librito de lectura obligada–, califica la primera novela moderna como “selva ideal”, un caso paradigmático de profundidad en el que “La mente sana queda, a lo mejor, sobrecogida en sus lecturas o en la vida por la sensación de una absoluta superioridad –quiero decir, halla una obra, un carácter de quien los límites trascienden por todos lados la órbita de nuestra dominación comprensiva–. El síntoma de los valores máximos es la ilimitación”. Y, apostilla el filósofo madrileño que, “Del mismo modo que hay un ver que es un mirar, hay un leer que es un intelligere o leer lo de dentro, un leer pensativo”, morosidad que hemos de procurar en el encuentro con el texto, en pugna con el ritmo inhumano de producción y de ocio consumista que se nos ha impuesto, en el que los euros que gastamos en el esparcimiento vuelven de nuevo al tejido económico de las grandes multinacionales.

¿Por qué necesitamos del auxilio la ficción en nuestra vida? ¿Por qué incluso le exigimos cierta calidad y una dosis de estilo y de acción y reflexión altas, cuando nuestra cotidianidad la mayor parte de las veces está exenta de ellos? ¿De dónde proviene el placer de leer y de enfrentarse al texto? Afirma Ortega que “El arte es un hecho que acontece en nuestra alma al ver un cuadro o leer un libro”. La ficción es esa linde que permite a ambos mundos, el real y el imaginario, entrar en contacto; o, por mejor decir, es la arista que, por su naturaleza fronteriza, permite al receptor escapar al otro lado, al poético. En esto Ortega, parafraseando a Platón, tenía razón: la ficción le es natural al hombre precisamente porque el ser humano posee esa misma naturaleza lindante. Es la capacidad de trascender los límites del crudo realismo la tentación que nos brinda la excelencia cultural –la gran literatura, el buen cine, el arte ante el que nos extasiamos durante horas–, arriesgándonos a caminar por la senda y los paisajes pintados por Rubens, Velázquez, Goya o Turner, de nuevo los paisajes narrativos tan queridos por Eco. Y es que, siguiendo a Ortega, “la realidad entra en la poesía para elevar a una potencia estética más alta la aventura”, a la vez que podemos ver “la realidad abrirse para dar cabida al continente imaginario y servirle de soporte”.

La ficción, como realidad y fruto de la mente humana que es, posee su verdad. En ciertos países del Islam, como en la República del Sudán, todavía hoy el narrador se dirige a su auditorio con estas palabras: “Voy a contarles un cuento: no todo es verdad, pero no todo es mentira”. Tras el “engaño” de la ficción, emisor y receptores irán juntos en busca de una verdad escondida, que alienta en la estructura profunda del texto: es el lugar santo de la fábula. Diderot, por poner un ejemplo, solía incluso dirigirse al lector en sus obras para tejer otra trama intelectual en paralelo, de carácter omnisciente y al margen de la trama de la historia contada. Es un procedimiento cervantino. Entonces, emisor y receptor crean algo nuevo, diferente al texto impreso, que salva el abismo del tiempo. Y es que el narrador, como afirmaba Gérard Genette, además de la función propiamente narrativa, organiza internamente el texto, se comunica con el lector –a través de las funciones fática y conativa–, establece una relación afectiva y moral con él y genera ideología y pensamiento.

En eso consiste precisamente el pacto narrativo, en la aceptación de unas reglas del juego entre autor y lector a través de la intermediación visible de la obra. Italo Calvino con Si una noche de invierno un viajero construye una metanovela sobre el placer de leer novelas en la que el protagonista absoluto es el lector, que incluso se ve zarandeado en ese acto de leer por vicisitudes ajenas a su voluntad. Como en Niebla o Cómo se hace una novela de Miguel de Unamuno. Son estas obras las que precisamente nos confieren un crecimiento en gusto y en desarrollo personal como seres que nacemos en cada nueva aproximación al texto, en presencia de otros libros, de ese placentero cortejo que nos hacen cada vez un poco mejores.

Probablemente, los señores de los mercados –igual que hay señores de la guerra, que por cierto a veces coinciden en oficio con aquellos– no comprenderán del todo que se necesite de este apasionamiento del que nos hablan Ortega y Calvino, de un asidero de ficción que aporte perspectiva y sentido a nuestro perpetuo afán por la ficción. Ellos canalizan ese deseo en la acumulación de divisas; otros derivamos la pulsión hacia la conquista intelectual de nuevos territorios cognitivos que nos llevan a ensanchar nuestro conocimiento y a invertir nuestro tiempo y nuestros esfuerzos en ese país bendito que se llama cultura y que constituye, mal que les pese a muchos, el fundamento de los pueblos.



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