5 de abril de 2020, 2:07:32
Nacional

TRIBUNA


Bestiario Estival



Si tuviéramos que elaborar una descripción de la presente sociedad española —especialmente en este verano de 2012- a partir de las imágenes e informaciones que nos facilitan la televisión y los demás medios informativos, incluidos los digitales y las omnipresentes redes sociales, el resultado se situaría entre el humorismo más hilarante, rayano muy a menudo con lo histriónico y el patetismo más angustioso y deprimente. Se trata, desde luego, de una tendencia general que se agudiza sobre todo en el periodo estival, en versiones actualizadas y puestas al día de la vieja fórmula de la “serpiente de verano”, con la que los tradicionales medios informativos hacían frente al forzado estiaje noticioso. La gran novedad es que los periodistas ya no se tienen que inventar “la serpiente”, como antaño, porque todo un cortejo de individuos de la más diversa calaña, en busca de la gloria mediática, les dan materia más que abundante. El asalto a los supermercados ha sido la gran novedad de este verano. Presentados, por cierto, en la mayor parte de los medios más como un divertido happening que como una flagrante violación del derecho de propiedad y, en general, del Estado de Derecho.

No hace falta profundizar mucho para concluir que los personajes y sucesos que nutren esas imágenes e informaciones, están en la sociedad, pero no son la sociedad, no la representan ni cuantitiva ni cualitativamente, aunque sí ruidosamente. Son meras excrecencias que tratan de aprovechar, magnificándolas y dramatizándolas, situaciones que, sin duda, existen en la sociedad y que exigen ser abordadas y tratadas pero que, de un modo natural, cursarían por cauces muy diferentes de los desmesurados y no pocas veces disparatados que les imprimen estos “héroes de nuestro tiempo” que ilustran las crónicas agosteñas. El fenómeno no es exclusivamente español, aunque aquí tiene connotaciones muy peculiares.

Este género periodístico -que protagonizan personajes tan diversos como Sánchez Gordillo, el sempiterno alcalde de Marinaleda y su tropa, el etarra canceroso y relapso Bolinaga con sus compinches con sus compinches y, por salir de nuestras fronteras, el caradura de Assange, con el inevitable Garzón al fondo- tiene más que ver con los bestiarios medievales, que narraban increíbles historias de animales fabulosos y fantásticos, que con las informaciones propias de una sociedad libre y moderna que trata de salir de la crisis y seguir progresando. Los especialistas de la opinión pública saben muy bien que la notoriedad es la antesala de la popularidad y que ésta está imbricada con la simpatía y hasta con el apoyo activo. Algunos delincuentes, tradicionales o de cuello blanco, sentenciados y con diversas etapas en prisión han gozado y gozan de una patente atracción entre ciertos sectores del público, por ese frecuente deslizamiento de la notoriedad a la simpatía. Bastaría citar casos como “el Lute” o “el Dioni”. Y en estos últimos tiempos hemos contemplado la bien planificada operación de lavado de imagen, llevada a cabo por Mario Conde, que ha pasado, con enorme habilidad, de ser símbolo de todas corrupciones del “sistema” capitalista a pretendido debelador del mismo “sistema”, en nombre, suponemos, de una democracia más pura y más auténtica.

No hay duda de que los medios tienen la obligación de informar, pero dar demasiada cancha informativa a este tipo de personajes, algunos de ellos delincuentes presuntos o convictos, puede ser legal pero dudosamente se acomoda a las más elementales normas de la ética profesional periodística. Se ha criticado, justamente, que delincuentes declarados sean entrevistados en los vituperados “programas del corazón”, además cobrando. Estas otras comparecencias, como las de Sánchez Gordillo o alguno de sus adláteres, son igualmente detestables, aunque no cobren. La atención mediática que se les presta produce la inevitable consecuencia de animarles a proseguir en su detestable comportamiento. Aparte de que, a juzgar por diversos comentarios digitales, no faltan quienes se sienten fascinados por sus netamente ilegales actividades.

Se habla mucho también de la penosa imagen de España que estas gentes proyectan en el exterior, en un momento en que estamos en plena batalla de recuperación de la credibilidad perdida después de dos legislaturas de retroceso. Pero a casi nadie parece importarles mucho. A ese notorio individuo, que además de alcalde de un pueblo es diputado regional, le siguen en sus correrías un puñado de gentes que todavía creen las cuatro machadas decimonónicas que apasionadamente difunde su cabecilla. Son pocos, con las reglas de medir democráticas apenas representan nada, pero lo insólito de sus actuaciones consigue que —además de páginas y páginas y horas y horas de los medios nacionales- incluso campanudos medios internacionales les presten la primera página. A España se le sigue asignando así, en ciertos sectores, la vieja imagen de país de pandereta donde incluso sigue habiendo comunistas, una especie que ha desaparecido en todos los países civilizados, pero que aquí ocupa escaños en el Congreso. Tampoco puede extrañarnos mucho, claro está, cuando vemos que los amigos de Bolinaga también tienen presencia en ambas Cámaras de las Cortes. Por ahí fuera nadie entiende esta democracia que alimenta a sus más persistentes enemigos.

En este bestiario estival ocupan un lugar preferente “las masas” (palabra de neta raigambre leninista) que forman esos movimientos —más bien aglomeraciones- sociales que utilizan la etiqueta del 15-M, de los “indignados” y otras diversas que tienen como común denominador el de ir contra la democracia constitucional vigente a la que quieren sustituir no se sabe muy bien por qué otro sistema, aunque se percibe en todo ello una fuerte tendencia a favor de lo que Giovanni Sartori denominó el “directismo”, que consiste en estimar que hay que prescindir de la democracia parlamentaria y recurrir al referéndum para casi todo. En plan asambleario como en las universidades de antaño. Como señaló Sartori y otros muchos, antes y después de él, esa democracia plebiscitaria o asamblearia es siempre la antesala del autoritarismo. Ignoran estos críticos de la “democracia formal” detestada por “burguesa” que, por ejemplo, en Alemania, escarmentados del nazismo no se utiliza el referéndum, aunque ahora lo estén pidiendo allí algunos como pretendido remedio contra los despilfarradores del sur. En Italia, otro país con pasado fascista, su constitución prohíbe expresamente el referéndum “para las leyes tributarias y de presupuestos, las de amnistía e indulto y las de autorización para ratificar los tratados internacionales”. Ni al que asó la manteca —como dicen los castizos- se le puede ocurrir hacer una consulta para preguntar al pueblo si quiere pagar más impuestos o si le parece bien que le bajen el sueldo. Pero es que los sindicatos españoles tampoco tienen nada que ver con los de otros países.

El catálogo de quienes por derecho propio forman parte de ese bestiario estival es mucho más amplio. Por ejemplo, se debe incluir -si es que no están inmersos ya en plena actividad circense- a esos grupos que han anunciado que quieren ocupar el Congreso “para disolverlo” en nombre de una inventada “legitimidad social” y no andan muy lejos los sindicalistas que están emperrados en un supuesto referéndum en contra de “los recortes” acordados por votación en Cortes. Y, desde luego, no se puede dejar fuera del repertorio a los nacionalistas que, como los convergentes catalanes, quieren celebrar la próxima Diada con el lema de “Cataluña, un nuevo Estado en la UE”. ¿Cómo se puede propalar tal sarta de estupideces? Se decía antes que el nacionalismo —que no deja de ser una patología socio-política- se curaba leyendo. Pero si lo que lo que se lee son los libros de historia patrocinados por la Generalidad o las inasumibles fábulas sobre las “balanzas fiscales” y otras insensateces del mismo calibre no se va a adelantar nada. Lo dicho, esto parece un bestiario medieval. Y seríamos felices si solo fuera un divertimento estival.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es