20 de septiembre de 2021, 12:48:24
Opinión


La disolución de la responsabilidad y Borat



La responsabilidad es lo más duro de todo. Aceptar las consecuencias de las acciones propias implica una capacidad de autoconocimiento y autoanálisis grande. Sin estos dos ingredientes la responsabilidad no existe. Curiosamente, la capacidad de autoconocimiento y de autoanálisis es una consecuencia directa del paso de la oralidad a la escritura. En las culturas orales casi no existen estas dos facultades. En la oralidad, la individualidad se funde en una voz común del grupo y el mensaje se hace efímero, circunstancial. Los programas de debate (en contra de lo que aparentan) y de cotilleo de la televisión, los mítines políticos también, son pequeñas fiestas de la oralidad, ritos de grupo en los que casi no existe el autoanálisis y la conciencia del yo. La escritura, por el contrario, nos lleva al análisis, y de ahí al autoanálisis solo hay un pequeño paso. Una de las culturas mas dadas a la práctica de la responsabilidad es la protestante. Los protestantes saben que la responsabilidad es lo más duro de todo. Los orientales también.

El ser humano tiende a eludir la responsabilidad. Un niño, un ser oral, oculta por sí solo las consecuencias negativas de sus actos. Alguien podría decir que seguramente ya ha sufrido una enseñanza, una primera diferenciación entre consecuencias buenas y malas, y que ese niño ya está, por tanto, aleccionado, que sabe que si hace algo bueno lo premiarán y si hace algo malo lo castigarán, y que por tanto huye del castigo mediante el engaño. Es muy posible que sea así, y que la responsabilidad sea un ente secundario, construido sobre el sutil (o no) mecanismo de premio/castigo, de forma que para tener responsabilidad haya que comprender el valor del otro, del “externo”, del no yo. Mi yo se construye a base de la conciencia del yo ajeno. Mi responsabilidad es una cuota de mi egoísmo y mi capricho que cedo a los demás. El autoanálisis, en definitiva, tiene que considerar al otro como parte de la ecuación.

En una sociedad adulta, alfabetizada, con un alto desarrollo del yo, y democrática, es decir, con el otro como parte de su ecuación, lo lógico es que sus integrantes desarrollen el sentido de la responsabilidad. Pero ¿qué ocurre si los integrantes de esa sociedad son secretamente orales, si la escritura y sus consecuencias no han calado en la cultura, si su formación ha consistido en la repetición y memorización (recursos orales) y no en la comprensión real de los textos que ha repetido frente a algún tribunal?; ¿si dentro de cada adulto sigue habiendo un niño dentro, más o menos proustiano, que anhela la libertad del yo, con sus egoísmos y sus caprichos? Seguramente ocurrirá que esa sociedad tenderá a la disolución de la responsabilidad. ¿Y cómo disolverla?

Lo ideal sería que la responsabilidad fuera como un redoxón, (el compañero de muchos niños españoles de los 70), y que se disolviera en unos segundos con burbujas, un color atractivo y unas consecuencias posiblemente buenas para la salud. Pero la responsabilidad no es un redoxón, y su disolución es más compleja. Para ello, hacen falta algunos elementos boratianos o chaplinescos, lo que implica un pequeño o un gran teatrillo compuesto por las siguientes acciones: a. Ocultar las consecuencias negativas de las acciones propias, b. Si las consecuencias negativas afloran, señalar a otros como culpables c. Si no queda claro que otro ha sido culpable, y la culpa recae sobre uno, eliminar los posibles mecanismos de castigo. En definitiva, si uno es un político democrático, la evasión de responsabilidades (algo muy diferente a la evasión de capitales, pero en la práctica íntimamente relacionado) implica: a. ocultar las consecuencias de las acciones propias, es decir, no favorecer la transparencia, b. decir que uno no ha hecho nada de lo que ha llevado a esa situación, sino que lo ha hecho otro (demonizar la oposición), c. neutralizar la justicia (con un control total como forma ideal; si no, con alianzas, creación de dependencias, ataques, etc.)

Chaplin entendía estos mecanismos muy bien, sabía que funcionan individual y políticamente, y los puso de manifiesto con humor en muchas de sus películas. Rever a Chaplin en verano es uno de los placeres de la ociosidad. Borat, el británico bufo con ese gusto picaresco por el truco de la falsa apariencia, también conoce el mecanismo de disolución de la responsabilidad y lo pone de manifiesto en “El dictador”, esa ópereta de la política española que convive este verano en las ciudades ibéricas con el sol y sombra de las aceras. Sí, no se equivoquen, de la política española. Porque si de algo nos habla el discurso de Aladín frente a la organización de las naciones unidas en la película, ese discurso invertido tan chaplinesco, es de la España actual. Démosle un giro e imaginemos que el dictador dice: “Abominemos de nuestro pasado, de su falta de transparencia, de los privilegios de sus dirigentes, de su tendencia a culpar a sus rivales de las consecuencias de sus errores, y de la neutralización del principal órgano auto-punitivo, la justicia”. ¿De qué estaría hablando? ¿De una dictadura de tiempos remotos o de la España actual?
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