14 de octubre de 2019, 19:51:55
Mundo

DESDE OTRA ORILLA


Mitt Romney, candidato sin fisuras de la unidad republicana



La Convención del Partido Republicano en Tampa ha cumplido sus objetivos litúrgicos, confirmando a Mitt Romney y a Paul Ryan como candidatos respectivamente a la presidencia y a la vicepresidencia de los Estados Unidos en las elecciones que tendrán lugar el próximo 6 de Noviembre. Ha cumplido también sus objetivos mediáticos, desarrollando ante la opinión pública un espectáculo perfectamente orquestado, al que su carácter previsible no quitaba un ápice de la emoción y la espectacularidad con que los americanos adornan este tipo de eventos. Y desde luego ha completado las expectativas políticas del partido al constituir en la realidad y en la plástica un mensaje de unidad personal y programática: en Tampa estaban los candidatos que duramente habían competido con Romney para obtener la nominación —Newt Gingrich, Rick Santorum, Michelle Bachman, incluso el libertario Ron Paul-; la Convención reivindicó el legado de los Bush, padre e hijo, con la presencia de Jeb Bush, el hermano pequeño y ex gobernador de Florida; recuperó a Condoleezza Rice, la primera mujer afroamericana que llegara, bajo George W. Bush a ser Secretaria de Estado; ofreció sus momentos de protagonismo a John McCain y a Sarah Palin, el tandem derrotado en las presidenciales de 2008; mostró ampliamente el elenco femenino e hispano de la formación política, con las destacadas presencias de Susana Martínez, gobernadora de Nuevo Méjico, la primera mujer hispana en alcanzar un puesto de gobernador, y del Senador Marco Rubio, cubano americano de una arrolladora capacidad retórica; e incluso consiguió con la presencia de Clint Eastwood, que realizó una descarnada caricatura de Barack Obama y de sus incumplidas promesas, quebrar la imagen de que Hollywood sólo apoya a los candidatos “progresistas” del Partido Demócrata. Todo ello adornado, a diferencia de lo que ocurriera hace cuatro años, con el perceptible entusiasmo de una formación política enfervorizado por sus expectativas ante la visible pérdida de velocidad del adversario, un Presidente Obama que llega a los comicios en situación muy lejana a la del éxito que le llevó a la Casa Blanca en 2008, comido por la incertidumbre económica, la persistencia del desempleo, la magnitud de la deuda y por la misma comezón que generan las promesas no cumplidas.

Los días de Tampa han servido también para perfilar la oferta programática de un partido que, como cabía esperar, quiere menos Gobierno y mas iniciativa privada, menor regulación, menos impuestos y un retorno a las valores tradicionales. Tanto Romney como Ryan ofrecieron una visión sin fisuras de esa apuesta, en tonos tan políticos como personales, cuya última eficacia, sobre todo por lo que se refiere a la figura del candidato a la presidencia y ex gobernador de Massachussets, solo se verá el día de las elecciones. De hecho la Convención realizó un visible esfuerzo para aproximar la hasta ahora distante y resbaladiza personalidad del candidato a los posibles votantes, a través de testimonios que insistían en su carácter familiar y compasivo.

Si de lo que se trataba es de motivar la adhesión de los propios, la Convención de Tampa ha sido claramente un éxito. Si de lo que se trataba era de motivar a los desencantados con Obama para que piensen en alterar su voto, y no pocos de los mensajes lanzados tenían claramente esa finalidad, solo los dos meses que restan para el 6 de Noviembre nos despejarán la incógnita. De momento, y para evitar errores de perspectiva, conviene recordar que la próxima semana tiene lugar la Convención del Partido Demócrata en Charlotte, Nueva Carolina, donde otras imágenes y otros programas rellenarán las pantallas de los televisores y las mentes de los votantes. También conviene recordar que Barack Obama, aun en sus horas bajas, retiene una importante capacidad retorica y un nada desdeñable seguimiento, en el contexto de la innegable polarización que divide a la población americana en dos mitades tan exactas como irreconciliables. La diferencia, y en ello radica el centro de la pelea, es que la demoscopia, aun concediendo una pequeña ventaja al actual inquilino de la mansión presidencial, hoy aproxima a los dos candidatos hasta dejar sus oportunidades descritas por un pequeño pañuelo de opciones, léase votos en el Colegio Electoral, que se dirimirán en aquellos pocos Estados conocidos por cambiar su voto según las circunstancias del momento. ¿Quizás sea de nuevo Florida, como lo fue en el 2000, en la reñida contienda entre Bush e hijo y Al Gore la que dirima la contienda en última instancia? ¿Ohio, Virginia, Wisconsin?

Las Convenciones, en cualquier caso, ofrecen espectáculo, meditación, análisis y pocas conclusiones. Juegan solo en campo propio. Quedan dos duros meses en el que, y las veremos de todos los colores, ataques y trampas se multiplicarán en una pelea sin concesiones que tiene como premio, ahí es nada, la Casa Blanca. Ya se sabe de la capacidad de Obama para navegar en esas traicioneras aguas. ¿Estará Mitt Romney, hoy más presidenciable que ayer a la altura de ese contrincante? ¿Sabrá convertir las expectativas de la Convención en realidades de poder? No es fácil pero tampoco imposible. Porque salvo imprevisibles de última hora, estas aparecen como unas elecciones relativamente abiertas. Basta ver la preocupación de los demócratas para comprobarlo.
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