27 de noviembre de 2020, 4:09:54
Cultura

crítica de cine


Abraham Lincoln: cazador de vampiros


El director kazajo Timur Bekmambetov, conocido por Guardianes en la noche y Wanted, rinde homenaje en su último trabajo al país en el que lleva siete años viviendo, a través de una extraña fabula que presenta a Abraham Lincoln como un experto cazador de vampiros.


La película está basada en la novela homónima de Seth Grahame-Smith, que participa en el proyecto como guionista, y lo primero que uno se pregunta después de ver la película es si la misma habría tenido una distribución tan importante a nivel internacional de no haber contado con el respaldo de Tim Burton. Famoso por sus obras y también por su inclinación hacia lo extravagante, lo cierto es que no es extraño que Burton se implicara en el proyecto porque, aunque la cinta no guarde grandes semejanzas con sus propios filmes, lo que está fuera de duda es que resulta irreal hasta rozar la parodia y en vez de un homenaje a una de las figuras más importantes de los Estados Unidos, lo que parece es una tomadura de pelo. Y no sólo porque el presidente estadounidense más famoso de todos los tiempos se nos presente aquí como un as manejando el hacha de lámina plateada especial para matar vampiros, además, ahora nos enteramos de que la guerra de secesión que enfrentó cruelmente al norte y al sur fue, en realidad, la lucha de las personas de bien contra un ejército de vampiros. Tal cual.

A Lincoln, al menos, le han buscado un actor que le da vida con toda la credibilidad y el respeto que le permite el guión. Así, hay que reconocer que Benjamin Walker salva en parte el despropósito, poniendo con su interpretación algo de fondo a una historia infumable a no ser que la misma se convirtiera en comedia. La historia comienza cuando Lincoln es aún un niño y presencia el asesinato de su madre a manos de un vampiro de fauces imposibles. Porque esa es otra, olvídense señores de la decadente elegancia de afilados colmillos blancos que beben sangre de cuellos lánguidos y apetecibles. En la cinta de Bekmambetov, las bocas de los vampiros se asemejan a las fauces de un tiburón que emite rugidos de dragón y no se limpia después de chupar sangre a granel. El caso es que, desde que presencia la terrible muerte de su amada madre, el joven Lincoln no puede dejar de pensar en la venganza. Claro que para entonces, aún no sabe que su enemigo es un vampiro, temible adversario donde los haya, y no le quedará más remedio que aprender las lecciones que le da Henry Sturges, un extraño caballero que parece tener su propia guerra con el peor de todos los vampiros, un tipo llamado Adam, a quien interpreta Rufus Sewell.

Paralelamente a esta especie de rocambolesca trama que se desarrolla a través de violentas escenas de sangre esparcida y dominio del hacha, Lincoln continúa con su vida real. Estudia derecho, conoce a la mujer de su vida, se mete en política y se convierte en presidente. Y en padre. Sin embargo, eso no significa que logre olvidarse de los vampiros. O mejor dicho, que ellos se olviden de él, una vez que han descubierto sus andanzas con el hacha y se la tienen jurada. Tan mal se pondrán las cosas que estallará una guerra entre norte y sur, la tristemente famosa guerra de secesión, de la que ahora, gracias a esta película, sabemos que fue no sólo a causa de la abolición de la esclavitud, sino también para acabar con los vampiros que amenazaban a los pobres ciudadanos, y que a Lincoln no le quedó más remedio que enviar urgentemente a los soldados munición especial fabricada con plata, la única forma de acabar con tan detestables enemigos.
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