28 de noviembre de 2020, 6:36:33
Cultura

CRÍTICA DE ÓPERA


Moisés y Aarón, con conocimiento de causa



Anoche, en el teatro de la plaza de Oriente se respiraba la atmósfera típica del mes de septiembre, la del inicio de curso escolar, aunque con esa evidente carga de los problemas propios de la madurez. Mucho más, en los duros tiempos que corren. También en el Real. Las protestas de algunos empleados del teatro, que ya se habían dejado notar en la calle la pasada temporada, volvieron anoche a tomar posiciones en los aledaños del coliseo madrileño y, en realidad, lo que se vio a la entrada fue un preludio de las reivindicaciones que también se escucharon dentro. Con las luces ya apagadas, los músicos y los miembros del coro ocupando sus puestos en el escenario, se repitió la protesta y volaron octavillas sobre un público que se dividió entre aplausos y reclamaciones de silencio.

Hasta que ese mágico mutismo expectante que anuncia el inicio de una obra, permitió que se escuchasen, sin más dilaciones, las notas de la ópera más espiritual del compositor Arnold Shönberg. ¿Schönberg? Sí, él. Como decía este jueves Gerard Mortier, director artístico del Real, una parte del público se asusta en cuanto escucha pronunciar su nombre. Tampoco es tan extraño, porque estamos hablando del padre del dodecafonismo y, en concreto, esta obra se configuró por completo a partir de una serie dodecafónica escrupulosamente pensada y, de hecho, está considerada el paradigma de la composición dodecafónica. Y eso, no gusta a todos. Ni, por otra parte, tendría por qué hacerlo. Mortier intentó tranquilizar a los más negativos, asegurando que sólo si la ejecución de esta obra – y de otras contemporáneas – es de una altísima calidad, puede gustarle al público.

Que muchas veces, cuando al público no le ha gustado, el fallo ha consistido en una interpretación que no ha sido impecable. Aún así, lo más probable es que nadie se tranquilizara del todo. No hasta anoche, cuando al público no le quedó más remedio – bendito remedio - que dejarse seducir por lo que acaecía en el escenario. Y eso, que era “sin escena”.

El director Sylvain Crambeling, armado con ese don de la impecabilidad, se puso al frente de 230 músicos – 10 solistas, 110 miembros del EuropaChorAkademie y 110 instrumentistas de la SWR Sinfonieorchester Baden-Baden-Friburg – y su interpretación fue, al final de la intensa obra cuyo liberto escribió el propio compositor, lo más premiado por los aplausos y los bravos del público. Aclamaciones de premio que cosechó asimismo el barítono Franz Grundheber que interpretó a Moisés, “Mi lengua es torpe, puedo pensar, pero no hablar”, expresándose con una gran solidez a través del canto hablado (Sprechgesang); en contraposición con la elocuencia de Aarón, más pragmático que fundamentalista, y que se expresa, en cambio, con el bello canto un tenor, papel que recayó en Andreas Conrad.

Esta ópera, en la que se encuentra la clave del pensamiento artístico y religioso de Shönberg, narra la huida del pueblo hebreo de Egipto y la proclamación de los Diez Mandamientos, ahondando especialmente en la cuestión de la esencia y la expresión de la fe a través de la dialéctica de Moisés, idealista y de pensamiento puro, y Aarón, hombre de acción y de elocuente palabra. Se trata, en todo caso, de un argumento profundo que el compositor alemán de origen judío, inicialmente agnóstico y posteriormente luterano hasta que la promulgación en 1933 del antisemitismo en Alemania le llevó a adherirse al judaísmo en prueba de solidaridad, utiliza para ahondar en la contradicción entre el anhelo de un dios que no puede ser representado y la imposibilidad de difundir su mensaje sin recurrir a una imagen. La ópera en la que Shönberg deja ver las cuestiones éticas y religiosas que más le atormentaban, tiene un final abierto, ya que nunca concluyó su partitura inicialmente estructurada en tres actos. Del último, sólo quedó el texto, por lo que la acción finaliza en el segundo acto, que fue escrito en Barcelona durante su estancia en casa del compositor catalán Roberto Gerhard antes de partir para su exilio definitivo en Estados Unidos.

En todo caso, la obra no deja sensación alguna de pieza inacabada y ahora, después de la primera de las dos únicas representaciones que tendrán lugar en la capital, se entiende que Mortier expresara su deseo de que el público madrileño tuviera, por primera vez, la oportunidad de asistir a la representación de esta obra, tan grandiosa que hace muy complicada su escenificación – Crambeling hablaba precisamente de la falta de espacio en el foso para dar cabida a una orquesta de semejantes dimensiones –, a pesar de que es evidente de que no iba a gustar a todo el mundo. Y volvemos, entonces, a recordar de nuevo otro tópico de la infancia como el de la vuelta de septiembre, aquel con el que siempre nos intentaban convencer los mayores: no se puede decir que algo no te gusta hasta que lo has probado. En Madrid, por fin, ya se puede hablar de Moisés y Aarón con conocimiento de causa.
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