28 de enero de 2020, 3:10:58
Opinion


La traición de los mediocres

Antonio Hualde


José Ortega Lara vivió una de las experiencias más terribles que nadie pueda imaginar. Casi dos años encerrado en un minúsculo zulo, sin contacto alguno con el mundo exterior y apenas con sus captores, quienes tenían la consigna de no dirigirle la palabra más que lo imprescindible. A una pésima alimentación había que añadir los “refinamientos” ideados por un tal Bolinaga: se le insuflaba humedad a conciencia para dañar las articulaciones del secuestrado, se le alteraba el sueño con cambios de iluminación y ruidos a cualquier hora, y todo el entretenimiento que se le proporcionaba era darle para leer recortes de prensa, censurados y casi siempre en euskera.

Fue la Guardia Civil -una vez más- quien puso fin a semejante pesadilla. El nacionalista vasco ese de apellido Bolinaga hubiese dejado morir de hambre y sed a Ortega Lara si no fuera porque la pericia de uno de los agentes de la Benemérita hizo que se descubriese la entrada del zulo donde lo tenían secuestrado. El mundo entero pudo ver lo que hace el nacionalismo con aquellos que piensan distinto. Felizmente, hoy Ortega Lara está en su casa y sus torturadores, en la cárcel. Pero uno de ellos está enfermo, y gracias a eso hoy es libre.

En un estado de derecho, quien delinque ha de pagar por sus actos, aunque sigue siendo sujeto de derechos y obligaciones. En prisión hay asistencia médica, talleres ocupacionales, posibilidad de estudiar, alimentación como es debido y actividades de ocio, amen de la posibilidad de comunicarse con familiares y amigos. El nacionalista vasco ese de apellido Bolinaga también tiene derecho a todo eso, por supuesto; esa es la diferencia entre los nacionalistas y el resto de los mortales: los primeros niegan lo que los segundos concedemos. Y por la parte que nos toca a quienes tenemos corazón, así debe seguir siendo.

Eso significa que si el tal Bolinaga necesita atención sanitaria, se le debe de prestar con las máximas garantías. Ahora bien, lo de premiarle ya es otra cosa, tan distinta como inmoral. Con la ley en la mano -Código Penal y Reglamento Penitenciario- en los supuestos de enfermedad grave con padecimientos incurables el interno que opte a la libertad condicional debe reunir una serie de requisitos. Más concretamente, desvinculación de la banda terrorista, petición expresa de perdón a las víctimas de sus delitos y la satisfacción de las responsabilidades civiles. No es el caso del nacionalista vasco ese de apellido Bolinaga, quien hasta la fecha sigue jactándose de ser un asesino de guardias civiles y el jefe de los torturadores de Ortega Lara.

Hay otros reclusos con la misma enfermedad que el tal Bolinaga recibiendo tratamiento en prisión. ¿Acaso ser nacionalista vasco da derecho a prebendas que no poseen otros presos? Pederastas, violadores y terroristas tienen todos algo en común: son delincuentes. Y están entre rejas por delinquir, no por su forma de pensar. ¿A santo de qué, entonces, hay que darle mimitos al tal Bolinaga? Eso es lo que se preguntan muchos españoles de bien, que asisten perplejos a todo lo que está pasando. No sorprende la postura de los “otros” nacionalistas vascos, esos que van de blanditos y comparten fines, aunque carezcan de pantalones para emplear los medios -Arzallus dijo aquello de “unos mueven el árbol para que otros recojamos los frutos”-. Tampoco la de algunos curas vascos, con las manos manchadas de sangre inocente; y menos aún la de la izquierda judicial y política. Pero sí la de gran parte del actual PP vasco, ese que orilló a gentes como Mayor Oreja, María San Gil o Carlos Iturgáiz “porque tenían demasiadas mochilas del pasado” -cito textualmente a una de sus personalidades más destacadas-. Y ese en el que no cabía Ortega Lara. Lo que no cabe es mayor indignidad. Si Gregorio Ordóñez o Miguel Angel Blanco levantasen la cabeza…
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