23 de enero de 2020, 16:27:42
Opinion


La España de los caprichos

José Manuel Cuenca Toribio


Por desgracia, ni siquiera estéticamente es la España goyesca, sino la muy reciente de los últimos decenios, en la que todos los delirios y embelecos tuvieron su asiento democrático, es decir, una extensión generalizada por todo el cuerpo social, sin, en diferentes escalas, claro es, excepción alguna.

Pues, en verdad, no hubo institución, estamento, profesión o individuo que no participara con protagonismo, a las veces, descollante y reiterado, en la espectacular e interminable kermese en que se convirtiera durante ese periodo la vida del país, con marcas de despilfarro y dilapidación imbatibles por los restantes pueblos de Europa que transitaron por idéntico escenario. Puestos a exagerar, los españoles somos sin duda alguna invencibles. Acomodado a ello, el anecdotario del fenómeno es igualmente inagotable. Cuotidianamente, ampliamos nuestro particular conocimiento con las noticias inagotables aparecidas en los periódicos de la península, sus archipiélagos y las dos antiguas plazas de soberanía. El censo de los despropósitos resulta sumamente difícil de recorrer por entero, y todavía más arduo, si ello es posible, se ofrece imaginar la variedad y universalidad de sus sumandos. Es posible, que a través de los tiempos, la fantasía humana no haya concebido tal riqueza de géneros y elementos a la hora de crear engranajes del Estado central y autonómico, modalidades culturales u oficios en todas las ramas del –teóricamente, en muchas ocasiones- sistema productivo, como en la España intersecular. Para que los espíritus incrédulos o incorporados a los postres de tan dionisíaco festín puedan comprobarlo y no pensar que se trata, también goyescamente, de algún sueño de la razón, todavía hay pecios, en las profundidades de la Administración, que testimonian –y, por lo demás, gráfica y elocuentemente- la exactitud del orgiástico cuadro. En la Comunidad Autónoma de La Rioja, gobernada por el Partido Popular, aún figura en su profusa y roborante burocracia un cargo como el de la Secretaría de Relaciones Internacionales; pero, como acaba de recordase, nada existe en la feria de los caprichos de la España hodierna que no pueda superarse; y, así, v. gr., en la Comunidad andaluza, rectorada desde el principio de los tiempos autonómicos por el PSOE, las funciones más estrambóticas con cargo al presupuesto regional, campean, en el fastigio de la crisis que nos devasta, como en pasadas y más felices épocas; et caetera de caeteribus a lo largo y ancho del territorio nacional.

Todo ello, obviamente, nos habla de falta absoluta de control, de la ausencia de un mínimo sentido de la autoridad en organismos y personas –muchas veces, investidos de la máxima representación política y social-, de una inconciencia o frivolidad colectivas indignas, desde luego, de un gran pueblo como lo fue el español en amplios tramos de la historia de Occidente. La gravedad y extensión de las secuelas son de tal magnitud –en lo que se atalaya, el ciclo está lejos de encontrarse en su etapa postrera- que exigen del lado de los ciudadanos y sus dirigentes una actitud de lamento y culpabilidad colectivos, sin trasvases de responsabilidades ni proclividad a rifirrafes que sólo sirvan a satisfacer egos mayúsculos, incapaces de una mínima autocrítica y solidaridad al servicio de ideas y conductas que nunca debieron deturparse.

La coyuntura, por supuesto, desborda las coordenadas españolas, al socaire -justamente por una infirmidad acentuada por la trayectoria señalada- de los vientos de fuera. Pero las consecuencias mayores de la situación las vivirán los españoles en los meses próximos al recorrer un paisaje de desolación ya visto en la más pequeña de las penínsulas del Mare Nostrum, impensable hasta ha muy poco que lo anduviese la mayor, hipnotizada por el crédito fácil, la demagogia generalizada y el pavoroso déficit educativo y cultural acumulado por una gestión en el curso del tiempo reciente que no merece más que la desaprobación absoluta.

La historia, sin embargo, no faltará a su misión y un día enjuiciara, sine ira et studio, el capítulo escrito por las generaciones de la época referida. Entretanto, hagamos con un plus de autoexigencia de esfuerzo a todos los niveles menos dramática y difícil la convivencia de los meses inmediatos, atenuando enfrentamientos y tensiones, que, en el estado presente de la nación, solo desembocarán en la esterilidad banderiza y en el ahondamiento de las fracturas que hoy debilitan toda la anatomía nacional.
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