16 de octubre de 2021, 6:46:31
Opinión


El vídeo, las viñetas y Marine Le Pen

Ricardo Ruiz de la Serna


El mundo islámico sigue inflamado por el vídeo “La inocencia de los musulmanes”, demostrando una vez más el formidable poder que –por desgracia- los islamistas más radicales tienen en lo que se ha dado en llamar “la calle árabe”. Las cosas han cambiado poco desde la condena a muerte de Salman Rushdie por haber escrito “Los versos satánicos”. Todos los días se escriben blasfemias contra los cristianos y los judíos. Desde los monólogos a los chistes por internet, sacerdotes, monjas, obispos y, por supuesto, el Papa protagonizan toda clase de gracias, gracietas y chorradas. De las bromas sobre los judíos y el holocausto mejor no hablamos. Hay quien se ríe a costa del racismo, la pobreza, la discapacidad o el sufrimiento de los más débiles. A veces, el humor deja de ser la salida al horror cotidiano y pasa a convertirse en el ejemplo de la miseria moral de algunos.

Ahora bien, ni las monjas, ni los sacerdotes, ni los cristianos ni los judíos incendian Embajadas, ni asesinan gente ni arrasan las calles cuando algo los ofende. En Occidente, hay cierta noción de límite que imponen la razón y la ley. Sin duda debe evitarse y combatirse la blasfemia y la incitación al odio, pero la brutalidad y el fanatismo no son parte de la solución sino que son, en sí mismos, el problema. El ministro de Ferrocarriles de Pakistán ha ofrecido una recompensa de cien mil dólares por la cabeza del director del vídeo y ha pedido la ayuda de Al Qaeda y los talibán para matarlo. Francia ha cerrado Embajadas por las amenazas de atentados a raíz de la publicación de unas viñetas ofensivas en la revista Charlie Hedbdo. Lo mismo ha hecho Alemania mientras los Estados Unidos han reforzado la seguridad después de los atentados y agresiones sufridos en los últimos días. Hemos visto a líderes occidentales pedir disculpas por el vídeo, las viñetas y por toda ofensa –real o no- hecha al Profeta Muhammad o al Islam.

Esto es un error.

Quienes han reaccionado con la barbarie y la violencia se han deslegitimado. Ni el asesinato, ni el incendio ni las amenazas difundidas por el mundo pueden llevarnos a la confusión moral. Está mal ofender a la gente pero la incitación al odio, en este caso, es la de aquellos que prometen recompensas por asesinar a alguien, incendian y destruyen edificios y matan a otros seres humanos blasfemos o no. No me hacen maldita gracia las viñetas sobre el Profeta como no me río con los chistes racistas ni los de curas o monjas. El islam y el cristianismo están, de todos modos, por encima de las chorradas que un gracioso pueda escribir o dibujar. La risa y el humor son una cosa y la burla es otra bien distinta... Pero ni siquiera ésta justifica la barbarie desatada.

Por otra parte, Marine Le Pen ha propuesta prohibir el uso del velo y la kipá –ese pequeño sombrero usado en el judaísmo- en los espacios públicos de Francia. ¡Pobre República! Algunos aprovechan las amenazas que sufre para traicionarla y traicionar todo lo que ella representa. En Francia, los judíos gozaron de una libertad –gracias a la Revolución- inimaginable en buena parte de Europa un siglo antes. Zola salvó al dignidad de Francia y de Europa entera defendiendo a un oficial del Ejército acusado de ser un traidor sólo porque era judío. Sin Francia, nada de la literatura argelina, marroquí, tunecina, en general, africana, sería lo mismo que es hoy. Sí, hubo excesos y hubo crímenes pero también nació un modo de ser francés, y por ende europeo, capaz de integrar credos, culturas y tradiciones en el marco común de una República fundada sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sí, a veces la República se traiciona a sí misma pero de su proyecto sigue saliendo una fuerza nueva capaz de alumbrar a tipos como Jean Moulin. Por encima de las palabras de Marine Le Pen pidiendo prohibiciones y discriminaciones, siguen sonando –por fortuna- las voces que condenaron la tortura en Argelia.

Por desgracia, de vez en cuando, algún líder radical europeo nos recuerda que la sombra del antisemitismo, la islamofobia y el radicalismo se siguen alzando sobre Europa. Occidente se funda sobre la dignidad del ser humano, sobre su razón y su libertad, sobre la limitación de poderes y la confianza en la ley como forma de resolver los conflictos. Nuestra civilización debe ser la alternativa a los bárbaros que incendian Embajadas y quieren asesinar a jóvenes irresponsables que graban vídeos blasfemos o a viñetistas que ofenden a los creyentes. Occidente está llamado a ser el refugio y la esperanza de los perseguidos, los discriminados y los que sufren la tiranía y la teocracia. Aquí no creemos en la muerte de los blasfemos ni en la exclusión. Occidente sólo tiene sentido como defensa frente a los guetos. Marine Le Pen no ha entendido nada –al igual que nada entienden quienes queman Embajadas- de lo que significa nuestro modo de vida ni de la razones por las cuales sigue valiendo la pena defender todo aquello en lo que creemos. No es sorprendente que los nazis y los islamistas tuviesen las mejores relaciones. Los intolerantes se entienden entre sí porque comparten estructuras similares de odio por Occidente y la diversidad que representa. Otro día hablaremos de ello.

Por fortuna, los aliados vencieron y los nazis y los colaboracionistas fueron derrotados. Occidente se sobrepuso al fascismo, al comunismo y al nazismo. Millones de europeos, americanos, asiáticos y africanos murieron por esa victoria. Sin embargo, nada se gana para siempre sino que hay que defenderlo día a día frente a los radicales que – de un lado u otro- pretenden acabar con la libertad, la dignidad y la esperanza que Occidente supone todavía para la humanidad entera.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es