12 de noviembre de 2019, 12:11:29
Opinion


Carrillo y el Partido Comunista italiano

Andrea Donofrio


Muchos italianos recordarán aquella famosa foto de marzo de 1977, en Madrid, en la que el entonces secretario del PCE, Santiago Carrillo, su homologo francés, Georges Marchais y el carismático líder del PCI, Enrico Berlinguer, apretaban sus manos en un acto a favor de la legalización del Partido Comunista español. Aquella Cumbre, que tenía que ser el bautizo del Eurocomunismo, terminó por ser un ejemplo de falta de audacia política e ideológica de los partidos comunistas occidentales, defraudando las expectativas de muchos militantes. El acto aumentó la popularidad del secretario del PCE y, quizás, creó más empatía entre el camarada Carrillo y los casi trece millones de votantes comunistas en Italia. Desde la Primavera de Praga, en la bota itálica, a Carrillo se le conocía sobre todo por el acercamiento de su postura a la del PCI y por su adhesión al Eurocomunismo, “una estrella fugaz en el firmamento político europeo”.

Junto con Berlinguer, intentó cambiar el destino de comunismo en los países occidentales, partiendo de la base de la necesidad de conjugar el socialismo con la democracia. Fueron años convulsos, marcados por el avance de la derecha y la crisis de la izquierda. Y con la Guerra Fría como escenario. Quizás por todo ello, Carrillo se acercó al PCI: puede que fuera más por oportunismo que por convicción, por cálculo interesado que por una decisión ponderada. Incluso puede que sintiera cierta envidia de un partido tan cercano al poder -a un paso del “sorpasso”- o admiración por la aportación teórica de sus dirigentes (de Gramsci a Togliatti). Pero ambos partidos –junto con el PCF- convergieron en el proyecto político eurocomunista. Carrillo intentó convertirse en el ideólogo del eurocomunismo, considerando el PCI como un modelo a emular -al grito de “hoy Italia, mañana España”-, un ejemplo de partido capaz de aproximarse al poder y postularse como principal fuerza de la oposición. Se hizo amigo de Berlinguer a pesar de contar con personalidades muy diferentes: el Secretario del Partido Comunista italiano era tímido, introvertido, tajante, con una profunda mirada, y que hizo de “la moralidad, la organización y el diálogo” su lema político (la gran herencia que el PCI desperdició). A quien le acusaba de faltarle aquel carisma que le permitiera aparecer como “el enviado de Dios” o el “nuevo Duce”, el político sardo respondía: “una personalidad demasiado fuerte, auténticamente carismática, a la larga puede crear graves problemas: una atrofia en la discusión interna, por ejemplo, una éxtasis cultural, el culto a la personalidad, el peso de una secretaría vitalicia”. Por otro lado, la personalidad de Carrillo resultó más difícil de comprender y su actuación política recibió muchas más críticas, generando, a la vez, desconfianza y admiración. Tenía más carisma pero también una gran dosis de autoritarismo y personalismo. No admitía desacuerdos, ni estar en un segundo plano (ni siquiera en la etapa de la clandestinidad). Se convirtió en el centro del Partido, expulsando las voces críticas (como Claudín o Semprún) y tomando las decisiones personalmente.

Ambos creyeron en el proyecto eurocomunista, con diferente intensidad y siempre con la mirada puesta especialmente en su situación interna. Ambos vivieron la política con pasión y habilidad. Con sentido de responsabilidad y pragmatismo, ambos jugaron un papel decisivo en la política nacional de sus respectivos países, en la difícil etapa de la Transición o bien en los dramáticos años de plomo en la lucha contra el terrorismo. En sus discursos y planteamientos políticos, consideraron la adopción de la democracia como un valor irrenunciable en el camino hacia el socialismo. No obstante, el eurocomunismo fracasó, fue el canto del cisne del PCI y del PCE, dejando a los partidos lacerarse en unas estériles luchas intestinas. A casi 30 años de distancia, en Italia seguimos añorando una figura de la talla de Berlinguer, honrada y pasional. En el caso de Carrillo, será el tiempo quien dirá.
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