24 de junio de 2021, 3:14:15
Opinión


Asesinato en Bengasi

Víctor Morales Lezcano


Hacia las 22.15 h., en la noche del 12 de septiembre pasado, un ataque sorpresivo de ciudadanos libios abordó el edificio del consulado general de Estados Unidos en la ciudad de Bengasi. En el asalto al consulado perecieron el embajador de Estados Unidos en Libia (Christopher Stevens) y tres miembros del personal adscrito al consulado de marras. Éste, casualmente, no estaba protegido ni siquiera por algunos marines, que sí se encontraban instalados, por el contrario, en la base americana de Rota (España). Los daños materiales ocasionados fueron considerables a causa de la violencia con que se comportaron las turbas movilizadas al grito de “¡Sólo Dios es grande!” y “¡Abajo America!”. El orden en la zona donde se produjo el asalto y en algunos puntos urbanos de Bengasi tardó en restablecerse.

En puridad, un asalto de características aparentemente espontáneas se llevó a cabo, sin embargo, justo veinticuatro horas después del día 11 de septiembre, coincidente con el undécimo aniversario del ataque del siglo, perpetrado contra las simbólicas Torres Gemelas de Nueva York.

Si se apunta en estas líneas a tal aspecto ¿sospechoso? del asunto que se aborda hoy en esta columna de El Imparcial, ello es debido a que, a las escasas veinticuatro horas después del ataque libio al consulado americano, varias cajas de resonancia estadounidenses (medios de comunicación, redes sociales, portavoces muy señalados, etc.) plantearon de inmediato una cuestión nada banal: ¿el ataque al consulado en Bengasi habría sido una mera, espontánea, manifestación de violencia -rencorosa y destructiva- a causa de la presencia del embajador Stevens en la capital de la Cirenaica?. ¿O, por el contrario, habría sido un asalto premeditado, prevista su ejecución la noche anterior, cuando de acuerdo con el calendario se cumplían once años del ataque por sorpresa a las Torres Gemelas, que tanto impacto visual causó a millones de habitantes de la galaxia televisiva?. Es evidente que hubo una causa, un detonante concreto del ataque, ¿pero no sería éste un pretexto para llevar a cabo el asalto?.

A la altura de la fecha en que nos encontramos ahora mismo, no se ha dilucidado esta cuestión. No que lo sepa, al menos, el autor de estas cuartillas. Si el ataque fue espontáneo -como quieren algunos- habría sido una manifestación de cólera multitudinaria contra una nación que, hace aproximadamente un año, contribuyó a la caída de Gadafi y de su régimen dictatorial, junto con Francia y el Reino Unido. Ambas potencias europeas aceptaron, a lo que parece, la consigna de la Casa Blanca: América guiará la operación desde la retaguardia. De acuerdo con esta opción interpretativa, en Bengasi se habría operado la noche del 12 de septiembre con indigna ingratitud hacia los Estados Unidos.

Ahora bien, si se llegara a demostrar que el ataque al consulado americano en Bengasi fue planeado con antelación para ¿celebrar? el magnicidio del 11 de Septiembre, dentro del marco de pugna que desde hace un decenio largo viene caracterizando las relaciones entre círculos activistas de inspiración islamo-radical tanto con el mundo euro-americano como, también, con no pocos musulmanes estigmatizados por sus correligionarios más intransigentes y beligerantes, las tornas de este affaire girarían considerablemente. Al cálculo operativo se sumaría el desquite brutal.

La primera de las hipótesis resulta, en puridad, más leve en sus resultados, no obstante el asesinato de cuatro ciudadanos estadounidenses, cometidos en el fragor del asalto a las dependencias diplomáticas y anexas en la ciudad de Bengasi. En consecuencia, un impulso colectivo, generado por un detonante al que nos referiremos en la segunda parte de este tríptico, habría encendido -por enésima vez- la susceptibilidad religiosa (y también cultural) de cientos de miles de musulmanes esparcidos por las naciones de los cinco continentes de nuestro cane mondo.

En caso de que fuese no ya Al Qaeda -la base y el fundamento del buen musulmán defensor del yihad, o guerra contra gentiles impíos y corruptos- sino cualquier otra mano magnicida que hubiese concebido el asalto al consulado estadounidense en Bengasi para “celebrar” el aniversario de marras y calculando que el punto de ignición libio podría activar un reguero de pólvora en el cosmos del Islam, entonces y sólo entonces, se podría recurrir al supuesto choque de civilizaciones. Es decir, al demiurgo del que se han valido algunos intérpretes simplificadores del entresijo global en que se encuentran inmersas las relaciones internacionales desde hace un par de decenios. Muy en concreto, a partir del 11-S y en el marco de territorios de civilizaciones complejas, como las del mundo árabe-islámico actual, pero que, desde hace catorce siglos, poseen una constitución anímica propia, y han incorporado comportamientos sociales muy condicionados por una versión drástica del Islam.

Para no forzar la interpretación del caso (permítasenos la licencia expresiva que se hace eco del lenguaje procesal, al tiempo que del detectivesco), sólo queda pendiente de añadir en este preámbulo que, en cuanto la noticia del asalto al consulado americano llegó a oídos del presidente Obama, éste no dudó en hacer una puntualización que dio la vuelta al mundo: “Que nadie se llame a engaño. Colaboraremos con el gobierno de Libia para ajusticiar a los asesinos que atacaron a nuestro pueblo”. A ello se sumaría la secretaria de Estado, H. Rodham Clinton, al añadir que no podía entender lo ocurrido en Bengasi a la luz de la mano tendida que Estados Unidos prestó a Libia en 2011 para que se desembarazara del dictador Gadafi y del régimen inicuo que él fue moldeando desde 1969. La chispa saltó, empero, cuando el candidato republicano Mitt Romney no tardó en apostillar lo siguiente: “Es penoso que el primer paso de la administración Obama no fuera condenar los ataques a nuestras misiones diplomáticas, sino intentar comprender a aquéllos que los perpetraron”. Fomentando la alta temperatura electoral en que está inmersa en estas semanas la población estadounidense, Romney añadió aquello de que “Obama se disculpó por ser los principios de conducta en América como son”.

La reyerta interna estuvo, pues, servida ab initio. No se olvide que la fecha del 4 de noviembre próximo lleva meses planeando sobre la sociedad americana con la fijación habitual que ciertas citas políticas han adquirido en la historia de la democracia en América. Al menos, desde el ciclo que se inició con los mandatos de F.D. Roosevelt en los lejanos años 30 del siglo pasado.

Ocioso es recordar que el presidente (Mohamed al-Magariaf) de la balbuceante república de Libia, sucesora del ente de ficción (Yamahiriya) que elucubró Gadafi, ha condenado el atentado y presentado sus disculpas a Estados Unidos. Algo más explícito ha sido el ministro libio de Asuntos Interiores, Wanis al-Sharaf, al admitir la hipótesis de una operación preparada con antelación, que hizo del vídeo made in USA la motivación del ataque.

Veamos a continuación el curioso, aunque no insólito, factor desencadenante de los Disturbios todos.
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