31 de marzo de 2020, 11:09:31
Opinion


Venezuela, Argentina: un solo corazón

Enrique Aguilar


Si su salud se lo permite, al término de su próximo mandato Chávez habrá gobernado Venezuela por espacio de veinte años continuos. Sólo una democracia que se defina y se ejerza en abierta tensión con el constitucionalismo puede tolerar semejante grado de personalización del poder y de desprecio por la práctica de la alternancia.

Chávez se jacta del origen democrático de sus sucesivos mandatos. Las imágenes del domingo pasado, que mostraron a miles de personas esperando largas horas de pie para poder votar en una jornada que tuvo al mundo en vilo por las expectativas que se habían creado en torno al candidato opositor, dan testimonio de ello. Sin embargo, desde una concepción de la democracia que no desestime la calidad institucional y el reparto más equilibrado del poder (inclusive en contextos de arraigada tradición presidencialista), se podría afirmar, citando a Enrique Krauze, que Chávez “usó la democracia para acabar con la democracia”.

¿Cuál de las dos lecturas prevalece en Argentina? Las palabras que Cristina Kirchner envió desde su cuenta de Twitter no dejan lugar a dudas: “Tu victoria también es la nuestra. La de América del Sur y el Caribe. ¡Fuerza Hugo!” Esas son las compañías que preferimos, quizá por sentirnos cada día más cercanos. Los altos índices de inseguridad (aun cuando en Argentina estemos lejos todavía de los 14.000 asesinatos al año), una inflación del 25 % anual (en Venezuela ronda el 27 %), la corrupción enraizada en el gobierno, la ausencia de un poder judicial verdaderamente independiente, la estatización creciente de la economía, el llamado “cepo” cambiario, la inacción de los organismos de control, la desinversión en infraestructura, el ocultamiento de la realidad bajo la máscara del relato y la propaganda oficiales, la partición de la sociedad por odios deliberadamente exhumados … He ahí, entre otras, algunas pruebas de la semejanza creciente entre dos países con sociedades distintas, con sistemas productivos también diferentes pero que, con todo, se asemejan por un mismo estilo de gobierno y de gestión patrimonialista de lo público que ni el denodado esfuerzo de Henrique Capriles pudo frenar en Venezuela. ¿Podrá lograrlo en la Argentina una oposición incomprensiblemente atomizada?
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