12 de diciembre de 2019, 0:21:20
Opinion


Peligrosas elecciones

Manuel Ramírez Jiménez


De nuevo andamos envueltos en procesos electorales en distintas partes de la geografía nacional y una vez más estamos ante la imposibilidad de hablar de elecciones modernas, propias de democracias consolidadas. Una y otra vez hemos señalado cómo uno de nuestros males permanentes suele residir en hacer culpable al pasado, cuanto más cercano mejor, de los males del presente. Es la “nefasta herencia” que condiciona lo recién llegado. Sin importar que se trate de una mejor o peor manipulación de los datos. A ello ha acompañado la rápida devolución de la culpa: “Y más tú”. Así se pretende esconder lo que se quiere descalificar. Y mediante estos dos archiconocidos malos caminos se estima que los argumentos lleguen “limpios” al oyente. Craso error, salvo cuando en la disputa no hay nada nuevo que ofrecer o la cultura política de los ciudadanos sea casi nula.

Pero ocurre que, en esta elección y sobre todo en Cataluña (el asunto ha salpicado ya al País Vasco), topamos con un rasgo nuevo. Como es sabido, el Presidente Mas comenzó la andadura con la pretensión de un referéndum en Cataluña para comprobar la cifra de los partidarios de la independencia (por supuesto, de una forma u otra anunciada). Y, así, visitó a Rajoy, que desestimó dicha pretensión. La Constitución y su desarrollo legislativo impedían tal dislate. Vuelto a Cataluña, enseñó sus auténticas cartas. Convocaría elecciones. Se renovaba el Parlamento catalán y éste podría aprobar lo que quisiera.

Hasta aquí, nada especialmente peligroso. Lo diabólico está en que el partido o los partidos con mayorías aprueben en el hemiciclo la fórmula que dé pie a alguna solución que conduzca, de una u otra manera y más tarde o más temprano, a la “ansiada” independencia. El choque con el Parlamento español se alumbra de inmediato y lo que diga el Tribunal Constitucional o se podrá leer de varias formas o, lo que es peor, no se leerá.

El problema no es de hoy, ni de ayer. Lo arrastra una España que no quiere ser troceada desde hace mucho tiempo. Y, por supuesto, sin solución. Por eso, cuando se discutía el tema del Estatuto catalán durante la Segunda República, en un largo discurso, Ortega habló de “conllevar”. Como se pudiera y hasta que se pudiera. Pero con el paso del tiempo. Si se quisiera solventar de una vez, forzando las cosas, sería peor: crecería el problema. Por el contrario, conllevar significa que ambas partes caminan cediendo unas veces o renunciando otras. A lo mejor acertaba de nuevo Ortega. Antaño y hogaño. ¡Qué le vamos a hacer!
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